Epifanía

Eliana A. Ross

Es una tradición en el mundo del ateísmo, contar la historia de deconversión de cada uno. Esto que están a punto de leer puede funcionar en ese sentido, aunque yo prefiero llamarlo Epifanía o mi eterna búsqueda de libertad.

A la memoria de mi padre
y el amor de mi madre.

Capítulo 1.

No puede ser. Algo no está bien. Mi padre ya se pasó veinte turnos moviendo las piezas de su lado y no parece que inicie el ataque. Salvo por el gambito frente al caballo de la reina que me tiene atrapada por ese lado no veo ninguna preparación de ataque. Se está defendiendo. Organizando la defensa para luego lanzar el asalto final a mi fortificación. Pero y qué, yo tengo mi defensa italiana bien hecha... creo.

No veo nada, maldición. Se defiende bien. Y hasta parece un insulto que me deje ese casillero en diagonal a su rey libre, como diciendo “atrévete a atacarme por allí”. Es una trampa sin dudas. Es un trampa. Siempre lo hace. Si tan solo sacara su caballo descubriendo ese casillero. Si tan solo pudiera meter mi reina allí. Pero ¿con qué la protejo?. Este alfil me podría servir, solo moverlo un casillero a su derecha y tengo línea directa de protección. Pero él se dará cuenta. Siempre se da cuenta. Cuando vea que yo muevo este alfil verá todo mi plan. Si tan solo quitara ese caballo de allí...

- Bueno, vamos... Dice él. Con convicción. ¡Ahy mamita, tiene un plan!.

Y mi padre adelantó un peón. ¡Ahy no, viene el ataque!. ¿Y ahora qué hago?. Tengo que frenar esos peones antes que entren en mi territorio. Y si eso sucede podrá meter sus caballos y armar desastre detrás de mi línea. Bueno, bueno, parece que después de todo sí tendré que mover el alfil. Me estoy protegiendo. Ya perdí. Puta madre. Ya perdí. Siempre comienzo a perder cuando dejo que me ataque. ¿Por qué nunca comienzo yo?. Ok. Aquí va. Tú, alfil, muévete para allá.

Los azules ojos de mi padre van y vienen de mi frente al suyo. Está midiendo el camino. Viene a por mi.

- ¡Eli, mira, está Twiggi en la tele!. Grita mi hermana desde la sala.

- Dani... deja en paz a tu hermana que está jugando con tu padre. Le recrimina mi madre cocinando junto a nosotros que estamos en la cocina.

- Uhm... uhm... Interjecta mi padre. – Je... Good move.

Good move?, ¿qué significa eso?. Mi padre toma el caballo y lo pone detrás de los peones de avanzada. Claro, mi alfil le está amenazando directamente pero no yo sería tan tonta de regalarle un alfil mandándome de cabeza a semejante suicido. Y ese caballo ahora está allí, fuertemente protegido por los peones de avanzada. Pero qué demonios, ese casillero, fundamental en mi plan está libre. No puede ser tan fácil. ¡No puede ser tan fácil!. Ufff. Las piernas me tiemblan, me sudan las manos, el corazón me retumba en los oídos. A ver, Eliana, cálmate de una vez y mira el tablero, no la cara de tu padre, no le prestes atención a la sonrisa escondida detrás de su barba y bigote. Sabe que vas a cometer un error pero esta vez no vas a cometer ningún error. Ese mondrigo caballo está allí. ¡Tienes que frenarlo, Eliana!. ¿Pero cómo?, ¿sacrifico un peón?, ¿le tiendo una trampa?. Sé conservadora esta vez, no muevas sin pensar. Pero y qué, la única forma es que no sobrepase esos peones. No puede proteger los dos peones al mismo tiempo con un solo caballo. ¿Qué hago?. Pongo la reina. Protegida con mi línea de peones. ¿En este casillero o en el otro de más allá?. No, mejor en este, porque si saca la torre de allá puedo intercambiar peón por peón sin resignar la reina y él no puede mover el caballo a menos que quiera cambiarlo por otra cosa. Ok. Muevo la reina. No sé qué puede hacer ahora, quizá ir al choque por ese espacio de tablero. Está en disputa pero no sé cómo le da ventaja en ello. Ah, ah. Un momento, ahora entiendo. Mi defensa está débil por ese lado. Hay muchos casilleros vacíos. Tan vacíos como ese casillero en la diagonal del rey, ese que está en línea directa a mi alfil de la izquierda. ¿Y ahora qué hará?.

Mi padre se revuelve en su silla, al otro lado de la mesa de la cocina. Encima de la cual estamos jugando ajedrez.

- Uhm...

¿Uhm?, mueve ya papá, qué esperas.

Su mano se va a la izquierda de su lado, adelanta el peón de la torre. ¿Por qué?. ¿Qué gana con eso?, ¿sumar más protección a su caballo?. Ya sé. Viene a por mi reina. ¡Pero claro, qué tonta!, puse mi reina donde con un solo movimiento de sus peones, tengo que perderla cambiando un miserable peón. Eliana estúpida. Muevo la reina un lugar a la derecha. Casualmente esto es exactamente lo que había pensado lograr desde que vi ese casillero libre en diagonal a su rey. ¡Fatal error!, él adelanta el otro peón desde atrás amenazando a mi reina.

- Uhm... tu reina es muy deliciosa, je. Comenta. Perdí. Otra vez perdí. Si no saco mi reina me la come. Y si la saco dejo un cuarto de tablero libre para que haga lo que quiera conmigo. Cierro los ojos. Me resigno. – Eli, te toca mover, je.

Abro los ojos. Bueno, sea entonces. Ahora comienza la tortura, la agonía, otra vez la cacería del gato y el ratón. Pero, ¿y si le meto el alfil donde había pensado hacerlo?. No, aquí hay una trampa. No puede ser tan fácil. Veamos, solo el rey puede comer el alfil si lo pongo allí y el rey está encerrado entre sus piezas, es el único casillero donde puede moverse. Pero si lo hace es jaque mate con mi reina. El caballo, que era la única pieza protegiendo ese casillero ya no está allí para hacerlo. Pero si me come la reina, ¡es jaque mate con mi alfil!. No, no, ¡no!, no puede ser tan fácil.

Y mi cuerpo comienza a temblar, como si estuviera volando en fiebre. ¡No puedo creer que le gane tan fácilmente a mi padre, por primera vez en mi vida!. ¿Y si no es así?, ¿y si hay alguna otra pieza que sí esté protegiendo ese casillero?, a ver... sus torres están tapadas. Los peones no mueven hacia atrás, el otro caballo no llega a ese casillero, la reina está cubierta por este otro peón, sus alfiles no tienen línea ¿qué más?, ¡no hay nada más!.

- Eli, te toca mover. Mi padre se recuesta en el respaldo de su silla. Le miro a los ojos. – Tranquila, hija, es solo un juego. Sí pero te voy a ganar, papá. Muevo la reina. Se le ilumina la cara. – Je, ¿perdiendo la reina tan pronto?. Él con toda tranquilidad adelanta el peón poniendo en jaque a la reina y me mira sonriendo. - And now, what are we gonna do?.

- Ahy, Ian, no le hables en inglés. Se queja mi madre.

- Ella me entiende, ¿verdad, Eli?.

- Ejem... sí. Tengo la garganta seca. Esto es surrealista. Mi padre jamás comete errores como este ¿o será que antes yo no los veía?. Bueno, Eliana, todo o nada, a por la gloria o por la derrota. Tomo el alfil y lo pongo junto a su rey, para mi es jaque mate. – Jaque mate, papá.

- ¿Mmm?.

- Check mate, papá.

- ¡¿Mmm?!. Sus ojos azules van y vienen por el tablero, está serio, ¿está enojado?. – A ver... Su mano quiere mover el rey pero sus ojos se chocan contra mi reina. - ¡A ver!. Alza la voz.

Sus labios apretados comienzan a dibujar una sonrisa, perdida entre su barba. Y luego deja escapar una risa desde el pecho, y luego otra, abre la boca para reirse.

- Me ganó... Dice sonriendo. - ¡Jajajaja, me ganó! Grita eufórico. Se ríe ruidosamente, como si estuviera en la cabina de su barco, allá, perdido en la soledad del Pacífico. - ¡Mira, Elena, Eli me ganó!, ¡mi hija me ganó!. Y se pone en pie, va a buscar a mi madre. - ¡Mira, mira, me ganó!. – Y la trae para que corrobore lo que dice. Mi madre sonriente observa el tablero abrazada por él. - ¡Mira qué belleza!, ¡y yo preocupado por su reina me puso el alfil ahí, mira qué belleza!.

- A ver..., a ver... Eli, ¿le ganaste a papá?.

- Pues sí... Respondo tímidamente.

- ¡Me ganó, Dani, ven a mirar cómo me ganó Eli!. Sus grandes manos me toman de los brazos arrancándome de la silla, me levantan para abrazarme. Su barba, suave, con olor a tabaco, se pega a mi mejilla y me pone un beso allí. – ¡Eli, me ganaste, Eli!. Sonrie, se le caen las lágrimas, está feliz, perdió pero está feliz. Sonrio y le abrazo. – Eres una genius, eres una genius!.

Yo tenía 11 años cuando eso ocurrió. Allá en México. Fue uno de los momentos más felices de mi vida, ver a mi padre hacer una fiesta porque perdió al ajedrez. Era un ritual. Mi padre me enseñó a jugar cuando yo tenía nueve años y fui la única que demostró interés por ese juego. Mi padre, como todo padre, estaba orgulloso de mi por eso, decía que tenía talento para jugar aunque no me explico cómo alguien que siempre perdía podía demostrar ese talento, quería que fuera a un club para que aprendiera los más profundos secretos del juego ciencia, yo no quería, era tímida. Me costaba mucho relacionarme con la gente. Se debe a que mis curiosidades eran otras. Me encantaba el ajedrez porque me hacía pensar, fue mi primer acercamiento hacia la lógica, podía ver que lo que yo pensaba se reflejaba en la realidad, tanto si la estrategia la planeaba yo o adelantaba los movimientos de mi padre.

Lo que siguió después fue hambre por saber. Mi padre era marino mercante. Consumía su soledad en el barco leyendo. Recuerdo que al preparar su equipaje de viajes llevaba siempre dos bolsos, el primero con efectos personales y el segundo con una inmensa cantidad de libros. Luego, de regreso traía libros de otros lugares. En casa de aquella época teníamos una habitación libre donde los libros reinaban sin orden, anarquía del conocimiento que lentamente, guiada por mi padre fui consumiendo lentamente. En especial me agradaban los libros de aventuras y los policiales de misterio. Sherlock Holmes y Hércules Poirot eran mis amigos. Y Julio Verne me introdujo en la curiosidad por las ciencias.

Razonaba por intuición, sin método, por instinto, usando a mi padre para corroborar que estaba en lo correcto. Todo se fue reduciendo a un problema de lógica. Desde pequeños inconvenientes diarios hasta los más profundos misterios filosóficos. Pero había un misterio que parecía intocable: Dios.

Mi padre nunca me dijo el nombre de aquello pero luego supe cómo se llamaba: ateísmo. Mi madre es católica aunque no practicante, fue ella quien me introdujo primero en el concepto de Dios y ese Dios era, por supuesto, el cristiano. Mi madre me leyó la Biblia, la extraordinaria historia de Jesús el cristo y sus grandes enseñanzas y me dijo que eso debía creer porque era bueno. Siendo una niña, no podía percatarme de la verdadera dimensión del asunto. Mi padre al margen. Agradezco esa decisión. Eliana debía formar sus propias opiniones.

Una tarde, tiempo después de aquella memorable partida de ajedrez, estaba yo sentada, leyendo, a la mesa del patio de mi casa, y me quedé pensando en un problema que lentamente invadía mi mente.

Si Dios era el ser absolutamente bueno y todo lo puede ¿por qué existe el mal en el mundo?.

Escuchar a mi padre lavarse las manos cerca de mi luego de trabajar en el jardín no me distrajo de mis cavilaciones, solo cuando él se acercó a sentarse junto a mi y me habló.

- ¿Qué estás leyendo, Eli?. Levanté el libro para mostrarle la portada. – Ah, bonita historia, ¿la entiendes?.

- Sí, mmm..., sí.

- ¿Y qué te ha parecido?.

- Buena...

Mi padre se puso pacientemente a preparar su pipa de caña. El olor dulzón del tabaco siempre será el recuerdo de él, como la manifestación espiritual de su ser.

- Papá... ¿por qué existe el mal en el mundo?.

Mi padre no dejó de contemplar el infinito al escucharme.

- Es una buena pregunta, a veces yo me pregunto lo mismo.

- Dios debería hacer algo al respecto, ¿no crees?.

- Es posible... quizá Dios está ocupado en otros asuntos.

- Pero... esta mujer... Argumenté señalando el libro. – Aquí dice que perdió a su esposo, eso es algo muy triste, lo mató un tipo y ella no lo recuerda, eso es muy malo, ¿por qué Dios permite estas cosas?.

- Bueno, Eli, es solo un libro.

- Pero puede ser verdad, hay gente que le ha pasado eso.

- Es verdad, Eli... Si le preguntas a tu madre te dirá que Dios así lo quiso.

- ¿Y tú?.

- ¿Yo?, yo no opino sobre Dios.

- Pero dime, papá, ¿por qué Dios deja que pasen cosas malas?.

Mi padre me miró por lo bajo.

- Tendrás que resolverlo tú sola.

- Tú no piensas como mamá.

- Pues no.

- ¿Por qué la gente no piensa igual sobre las mismas cosas?.

- Porque cada uno ve el mundo de diferente manera, Eli. Cuando estás con tu hermana viendo televisión tú no opinas que el show es tan bueno como tu hermana dice.

- Sí.

- Ahí tienes, Eli... todos vemos el mundo de forma diferente.

- Dios lo ve todo, no puede dejar de ver que lo que le pasó a esta mujer es injusto.

- Si yo fuera Dios, hija mía, haría algo con eso...

Pero mi padre no era Dios. Dios era Dios.

El problema del mal. El “dilema de Epicuro”. Doce años existiendo en el mundo y ya había encontrado un grave problema con él. Un problema sin solución. ¿Cómo es posible que existiendo Dios no sea capaz de ver que la gente sufre, muere injustamente y ocurren calamidades?.

Entonces la pregunta final.

- Papá... ¿tú creer que Dios existe?.

- Uhm... no, Eli, no creo que Dios existe.

Eso es imposible. Este barco no va a ninguna parte sin un buen capitán. Me negué a pensar en la posibilidad de que estamos a la deriva, alguien debe llevar el timón de este barco llamado mundo, pensar otra cosa es estar a merced de las tormentas. Y sin embargo el mal seguía allí, matando, destruyendo, sembrando la infelicidad.

Con el tiempo comencé a pensar que Dios existe pero no es omnipotente, hay cosas que Dios no puede hacer. Un compañero mío de la escuela me planteó un problema paradójico: “si Dios es todopoderoso ¿puede crear una piedra tan pesada que él mismo no pueda mover?”, el problema era evidente, si puede hacer tal entonces no puede moverla pero si no puede crearla no lo puede todo, por un motivo o el otro Dios es impotente. Esa debía ser la solución. Simplemente Dios no lo puede todo. Pero si el problema era de tan sencilla solución ¿por qué solo yo me lo creía?, ¿por qué todo el mundo comenzando por mi madre creían que Dios sí lo podía todo?.

Dios puede multiplicar panes y peces, puede sanar a los ciegos, resucitar de los muertos pero no puede crear una piedra que él sabe no va a poder mover. Dios debe saber que sufrimos pero no hace nada porque no puede, pobre tipo es Dios; o Dios puede hacer desaparecer el mal pero no hace nada, qué mal tipo es Dios. Y sin embargo mandó a su hijo a morir por nuestros pecados, tuvo que hacerlo porque él mismo no puede eliminar el mal, el mal es más fuerte que Dios. O sea que Dios no es tan diferente a nosotros, él también está a merced de las olas. La solución estaba delante de mis ojos pero yo no quería verla.

- Eliana, ¿por qué le robaste el cuaderno a tu hermana?, ¿no ves que es injusto para ella?.

- Lo siento, papá.

- ¿Aceptas que cometiste una falta?.

- Sí, papá, no me pongas de castigo.

- Yo no lo haré, tú lo harás, ve al rincón a pensar sobre lo que hiciste, y si quieres un cuaderno igual no tienes más que trabajar por ello, mañana mismo quitarás la hierba mala del jardín, toda ella, hasta que no quede ninguna y entonces te compraré un cuaderno igual.

El mal lo hacemos nosotros. Yo quería el cuaderno de mi hermana, para mi, porque yo lo quería, porque lo deseaba. El mal está en los deseos de las personas.

Y sin embargo Dios lo sabe todo y lo puede todo, él sabía que yo deseaba hacer el mal, ¿por qué no hizo que yo no deseara el mal?, si Dios quitara los malos deseos de las personas, el mal no existiría. Dios es un mal tipo, puede pero no quiere, Dios es malo. La culpa es de Dios.

A los doce años es muy fácil caer en el facilismo de encontrar culpables de las cosas malas. A mis doce años, parecía muy fácil decir que hice el mal porque Dios me lo permitió. No podía pensar que era yo misma quien así lo había decidido.

Capítulo 2.

La mañana del 30 de Agosto de 1995 fue una mañana hermosa en México. Un cálido día de verano y vacaciones. Muy temprano mis padres se fueron a sus trabajos, mi hermana a corretear con sus amigos y yo con las recomendaciones del día: “limpia bien tu dormitorio antes de desayunar, luego ve a hacer las compras y no salgas de casa hasta que regresemos”. El crucigrama de la revista y la música en la radio eran toda mi compañía. Esa mañana de miércoles, verano, hacía calor.

El destino, ese ser que nos tiene preparadas todas las trampas del laberinto de la vida. Ese que ya sabe qué elección haremos en cada encrucijada hizo su movida. Le tendió una trampa a mi padre. Destino fatal. Pedazo de acero como proyectil. Un indicador de presión mentiroso y la mano inexperta de un empleado que movió la válvula incorrecta. Mi padre llegó a la empresa y como primera actividad fue a verificar por qué funcionaba mal esa caldera. El tubo de vapor de agua a presión parecía tapado y estaba caliente. El manómetro que indicaba lo que quería, que todo estaba bien. El engaño mortal. Acero impotente, incapaz de contener la presión, cedió al capricho de las circunstancias y se llevó con él a mi padre y al empleado que estaba con él. Acero fatal que atravesó el pecho de mi padre. Acero traicionero, así le agradeció las horas de reparaciones que mi padre le ofreció durante cuatro años. Y Eliana sentada a la mesa de la cocina tratando de encontrar un sinónimo para “atar” mientras en la radio el locutor dice que el presidente dijo que le dijeron que alguien había dicho. “No salgas de casa hasta que regresemos”, nunca salí de casa.

El teléfono que suena.

- Hola. Quejidos, muchos quejidos se escuchan del otro lado. - ¿Hola?, se escucha mal, hable...

- Elisita... Mi madre, rota, despedazada, como un tubo de acero reventado por la presión.

- ¿Mamá?.

- Elisita... Llantos, sollozos...

- ¡Mamá, qué pas...!.

- Quédate ahí...

Y cortó.

Me quedé allí y nadie vino. El Sol partía la tierra a pleno al mediodía del 30 de agosto del 1995. Un miércoles.

La puerta de entrada de casa se abrió, la escuché de lejos, habría deseado que no se abriera nunca. Entré al living. Mi madre, mi hermana y otro señor, amigo de mi padre las traía a las dos. Ambas lloraban.

- ¡Mamá, qué pasó!.

Me abrazó tan fuerte que no necesitó decir nada más. Solo su llanto era suficiente para desgarrarme por dentro, aún sin saberlo lo sabía.

- Que... que... que tu padre... que tuvo un accidente...

Y nunca lo dijo. Lo sabía. La cara desfigurada por el llanto era suficiente. Sus lágrimas eran suficientes. Eliana comprendió sin mediar palabras. Ian se fue para no volver. Y yo no salí de casa nunca más, no hasta que ellos regresaran.

A partir de allí, todo fue neblina en mi mente. Pasé a otra dimensión. El mundo perdió profundidad y los colores desaparecieron. Veía todo en tono de grises, como una vieja película proyectada en un cine que se cae a pedazos. El Sol no brilló más para mi ese verano.

Un cajón. Un ser humano dentro de él. Y su barba pelirroja adornando esa cara de paz. Dos minutos de despedida. Nada tenía color excepto el pelirrojo de su barba. Ian estaba en paz.

El cura que decía “Dios le llamó a su lado”, “está en el paraíso cuidándolas desde allá”. El nicho con una placa de acero, brillante, Ian, Ian, Ian, “amado padre y esposo”. El paraíso es una caja de cemento con una placa de acero a un lado que dice “amado padre y esposo”. Mis ojos ya no tenían más lágrimas qué derramar, nada podía hacer que no viera el paraíso: una caja de cemento con una placa de acero que dice “amado padre y esposo”. Ian me cuida desde allí.

El calendario decía, frió, implacable, que dos días habían pasado, para mi no había pasado nada. Solo una mala película, en blanco y negro, proyectada en un cine que se cae a pedazos. Horas como días, días como segundos, escenas tras escenas, cámara lenta y cámara rápida. Eliana, acostada en una cama mirando el techo, la pintura del cielorraso forma figuras etéreas que bajan desde las alturas. Dios le llamó a su lado, allí debía estar, en paz. Papá, solo espero que puedas jugar ajedrez y puedas leer un buen libro... y si tienes tiempo pregúntale a Dios lo que te pedí, hazme saber la respuesta.

Mi tío Julio llegó desde Argentina a darnos su apoyo moral. Otra cosa no podía hacer. Nadie vuelve de la muerte excepto Dios. Y los que quedamos aquí solo podemos esperar que el destino nos haya preparado algo mejor. Julio, mi tío, me abrazó un día de verano y me dijo al oído mientras él contenía las lágrimas.

- Eliana querida... cuánto lo siento.

Yo ya no lo sentía. Las figuras del cielorraso habían sido las últimas testigos de mis últimas lágrimas. El almacén de llanto estaba vacío.

- ¿Cómo estás, Elena?.

- Bien, Julio, como podrás ver... solo perdí al padre de mis hijas.

- Está bien, solo quiero saber si estás bien de salud.

- Sí, sí... qué bueno que hayas venido, te agradezco mucho.

- Tenía que hacerlo, lamento que Mari no me acompañe pero por los “gurises” tuvo que quedarse.

- Está bien, Julio, no te preocupes.

Mi tío hablaba raro. Mi tío se veía raro. Es el hermano de mi mamá pero parecía un extraño.

- Elena, tengo que preguntarte, ¿qué vas a hacer ahora?.

- Cuidar a mis hijas, por supuesto, Ian así lo quería.

- ¿Te puedo ayudar?.

- No sé, Julio, no sé... Ya vez, Dani está destruida... Eliana parece mucho mejor pero me preocupa, ha llorado mucho pero ya no lo hace. Agaché la cabeza. Me pareció que me reprochaba no sufrir más, ¿cuánto más debía sufrir?.

- Es una “gurisa” fuerte, Elena.

- Sí, es lo que siempre me dice Ian... me decía Ian... Mi madre estuvo a punto de quebrarse, otra vez.

- Calmáte, Elena, Ian tenía razón, es una chica muy fuerte.

Este señor que es mi tío, se veía como mi tío. Me conocía, aunque yo no recordaba haberlo visto antes. Este señor era mi familia.

- Julio, no sé qué hacer... me siento tan sola, tan sola.

- Elena, en lo que pueda ayudarte, solo decime. Lástima que las distancias no ayudan, a mi me gustaría estar más cerca de vos, me da mucha pena que críes a tus hijas vos sola aquí en este país...

Este país ya no tiene nada para nosotras. Mi tío regresó a ese lugar llamado Argentina. Y mi mamá comenzó a regresar también. A los pocos días mi mamá nos reunió una mañana en la cocina y se puso al frente de esta familia. Mi mamá comprendió que una muerte era demasiado para nosotras, no necesitábamos otra muerte, aunque solo sea su muerte en vida. Ella viviría en razón de nosotras. Allí reunidas nuestra líder, solitaria, habiendo recuperado la compostura, nos anunció su decisión: vendería todo lo que teníamos en México y regresaríamos a Argentina. Regresar a un lugar del que nunca partí.

Regresar para dejar los recuerdos atrás. Mi madre trataba de hacernos creer que el paraíso era Argentina. México estaba indisolublemente atado al recuerdo de Ian. Aún ahora así lo creo. Mi madre nos habló de la que sería nuestra nueva ciudad, de lo tranquila que era, de lo cálida que es su gente, de lo bueno que fue Julio al conseguirle trabajo y una casa para comprar, y de toda la ayuda que nos prestó para que Elena pudiera llevarse todo para allá. Mi tía, a la que no conocía, era un amor de mujer, mis primos a los que no conocían eran muñequitos vivientes que me harían compañía, serían mis mejores amigos. Nos reiríamos las tres y seríamos fuertes, seríamos familia, porque así lo quería Ian desde allá, desde el cielo.

El 16 de septiembre, más o menos a las tres de la tarde el avión despegó desde la ciudad de México rumbo al sur, rumbo al paraíso, donde no estaba mi padre. Daniela soltó sus últimas lágrimas en silencio cuando el avión tomó altura y mi madre le abrazó diciendo “ya, ya, Dani... hay que seguir viviendo”. ¿Y Eliana?, Eliana durmió todo el viaje.

Cuando me hablan del cielo. De ese cielo de los muertos. Mi imagen mental son nubes naranjas sobre un horizonte difuso que se pone gris y azul obscuro. Es lo que vi por la ventanilla del avión cuando estuve en el cielo. Ojalá papá tenga buen abrigo allí arriba, pensé.

Imaginen una chica de trece años super curiosa, con todas las expectativas creadas acerca de este nuevo lugar llegando a él. La primera cosa que me hizo creer que realmente estaba en otro país fue el acento del oficial de migraciones y su tira en la camisa que decía “Argentina”. Y sonreía al verme. “Oiga, oiga, señor, ¿estamos en Argentina?”, “sí, pibita, estás en Argentina ahora, je”. Pibita, gurisa, todo nuevo, todo celeste y blanco. Estaba en otro país.

El aeropuerto tenía grandes salones, atestados de gente y por allí caminábamos mi madre, mi hermana y yo, empujando un carrito con nuestro equipaje. Allí nos esperaba la familia de mi tío. En Argentina la gente sonríe. Mi tío sonreía, mi tía también y esos dos niños, mis primos también.

- ¡Elena, bienvenida de regreso a casa!.

En casa, nunca había estado en casa. “No salgas de casa hasta que regresemos” me habían ordenado, ahora lo entendía, no podía salir de un lugar en el que nunca estuve en primer lugar.

Y después el carro, autos, le llamaban aquí. Julio había alquilado un vehículo en el que cabíamos todos porque su carro, perdón, auto, era muy chico y él quería que toda su familia estuviera en el aeropuerto para recibir a Elena y su familia, de regreso a casa.

El cielo de Argentina tiene estrellas distintas a las de México, allá arriba, donde está mi padre, tiene una cruz, la cruz del sur. “En el sur hay una cruz en el cielo”, me contó mi padre. En la cruz del sur está mi padre. Aunque solo sean cuatro estrellas formando una cruz, éstas están en el cielo. Mi padre está en el cielo y allí, en Argentina se ve la cruz del sur. Mi padre está en el sur con nosotras.

En la carretera de noche, perdón aquí le llaman ruta, hacía frío. Era invierno en el sur y sin embargo yo estaba caliente. Seis horas duró ese viaje. Mi mamá y mi hermana se durmieron, a pesar de la excitación que ellas sentían. Mi tía me hablaba sonriendo. La mitad de las cosas no le entendía con palabras, pero estaba en casa y en casa sobran las palabras. “Ya vas a ver, Eli, los gurises de Concordia son buenos amigos, vas a tener muchos amigos”.

Capítulo 3.

Dinero, bancos, giros internacionales, vender, comprar, trabajo, trámites. No me interesa todo eso, yo quiero leer, quiero mi propia habitación y acostarme a leer. Los primeros días en Argentina vivimos en casa de mi tío, yo en la misma habitación que mi hermana y salí solo al patio de la casa de mi tío, que no es poca cosa pues tenía todo un bosque por detrás, pero no, yo quería mi cama para leer. “¡Mamá, dile a Eli que apague la luz que no me deja dormiiiiiiir!” gritaba mi hermana a la noche. Es que aquí los libros dicen otras cosas.

Pocos días duró esa situación. Una tarde mi madre vino feliz, tan feliz como mi hermana pues habían comprado una casa. “Eli, no vas a creer, tiene una habitación para cada una, está poca madre”, dijo mi hermana. Y luego mi madre gastó mucho para llenarla de muebles. Prácticamente se lo gastó todo, la entiendo, quería suplir con cosas materiales lo que era evidente que allí faltaba. Gracias, mamá, te lo agradezco. Y más te agradezco esta habitación con esta cama y el enorme librero vacío listo para ser llenado... ah, el equipo de música es un plus que te agradezco muy especialmente, ¡jaja!.

Estaba feliz, realmente feliz, habían pasado dos meses desde que no me sentía así de feliz. La casa era grande, tenía patio enorme, en barrio tranquilo, aquí sí se podía salir a la calle sin problemas. Los vecinos te saludan cuando te ven. Aunque no te conozcan “¿mamá, quién es ese wey que te saludó?”, “no le digas ‘wey’, es nuestro vecino”.

Mi primer contacto serio con los indígenas, perdón, los habitantes locales, sin estar al amparo de mi madre o mi tío, sucedió el día después de mudarnos a la casa. “Mira, Eli, hay que comprar las cosas, sales de aquí, doblas la esquina para allá, haces dos calles y a tu derecha verás un almacén, aquí le llaman despensa, entra allí y compra pan y leche”, “¡sí, mamá!”, “toma, aquí tienes el dinero y no te tardes demasiado, ve”. Eliana caminado por las calles de este barrio en las afueras de esta ciudad pequeña. La mañana era fresca, prístina. Dos chicos como de mi edad caminaban detrás de mi hablando en su dialecto, para mi era un dialecto, esta gente habla raro.

En el almacén, perdón, quise decir despensa, una tiene que esperar a que el dueño te atienda, o su esposa o su hija, detrás de un mostrador. Y estas señoras que hablan rápido y no se les entiende nada. Los chicos que me seguían entraron detrás de mi, se ríen, bromean entre ellos, siempre en su dialecto.

- ¿Gurisa?. Me dice el despensero, ¿o almacenero?.

- No, Eliana. Le digo. Se ríe.

- Qué vas a llevar.

- Pan y leche.

- ¿Cuánto de pan?.

- Eh... Y los chicos detrás de mi que se ríen... de mi. - ¿Un kilo?.

- Bien.

- Che..., che... Los dedos en mi hombro. Volteo a ver. El chico está guapo. - ¿Vos sos la nueva del barrio?. ¿“Vos sos”?. En Argentina la gente habla raro.

- Eh... sí.

- Cómo te llamás.

- Eliana.

- Yo, Roberto, pero me dicen Tito, ¡jajaja!

- Está bien. Sonreí.

- Y yo soy Lorena, somos vecinos, ¿sabés?. Se presenta la chica que está con él.

- Está bien, jeje. Reí.

- ¡Ah, vos sos una de las hijas de la señora que compró la casa linda de la otra cuadra!. Se sorprende la señora que está a mi lado. – Bienvenida al barrio, yo estuve hablando con tu mamá ayer, ¿sabés?.

¿Y?.

- Sí... Me siento atosigada.

- Vos sos la más chica.

- ¿Cuántos años tenés?. ¿Qué es “tenés?.

- Vinieron de México... Me acusa la señora.

- ¡En serio!, wow, qué loco, ¿por qué se vinieron para acá?. Insiste el chico.

- Para vivir, boludo, para qué más va a ser. Le recrimina la chica que se llama Lorena. ¿Qué es “boludo”?.

- Perdieron al padre. ¡En Argentina todo el mundo sabe de mi!.

- ¡Ah, bueno!.

- Acá tenés, gurisa, dos con treinta. Me dice el almacenero con el pan y la leche en el mostrador.

- ¡Pará no te vayás!. Me pide el chico.

No sé qué hacer. Los indígenas, perdón, los habitantes locales, son muy amistosos. Les espero. Salimos los tres, yo, el chico guapo y la chica que se llama Lorena. Olvidé el nombre de él. Creo que me dijo “Tito”, qué nombre más raro.

- ¿Y a qué escuela vas a ir?.

- ¿Se van a ir de acá?.

- ¿Cómo es México?.

- ¿Qué música te gusta?.

- ¿Tenés más hermanos?.

...

Mi madre me ha visto despedirme de ellos en la puerta de la casa. Me ve entrar a la cocina con las compras, estoy sonriendo. Y ella sonríe.

- Ahora sé por qué te tardaste, Eli, ¿hiciste amigos?.

- Je, jeje, ¡jeje!, no... son vecinos, medios tontos, no saben hablar bien, no les entiendo.

- Acá se vosea, Eli, ya te lo dije.

Extraño momento de mi vida. Cuando salimos de México culminaban las vacaciones y yo debía entrar a la secundaria. Cuando llegué a Argentina las clases estaban a punto de terminar. De modo que fueron las vacaciones más largas de mi vida. De junio a marzo.

- Mamá, estoy aburrida, aquí no hay nada para leer.

- Mira televisión.

- No, yo quiero leer.

- Ok, esta tarde iremos a una biblioteca, ahora ve a mirar televisión, o prefieres ayudarme con la cocina.

- Dime qué hago...

Y fuimos a la biblioteca del barrio, o casi. Y me hizo socia. Y me traje montones de libros. Y me acosté a leer todo el día. Mi madre diría que fue la catársis que usé para olvidarme de la muerte de mi padre. Yo digo que tenía ansias de conocimientos. Jamás nos pondremos de acuerdo.

“El señor de los anillos” de Tolkien y la serie Fundación de Asimov. “Crónicas marcianas” de Ray Bradbury y “Laberinto de Muerte” de Phillip K. Dick. La fantasía y la ciencia ficción eran mis géneros literarios.

- ¿Eliana por qué no te llevás esos libros a tu casa y los leés tranquila?. Me recriminaba la bibliotecaria.

- No puedo, ya saqué todos los libros que me permiten.

- Ahj, llevate esos libros que te los anoto igual...

Es que la biblioteca estaba por cerrar. Tomé todos los libros de Asimov que encontré y los puse en mi mochila, sería un fin de semana muy largo.

Me puse criticona. Odiosamente criticona. Ni mi hermana ni mi madre pudieron soportarme más. “¡Ahy cuándo comenzarán las clases así no tengo que soportarte más!”. Se quejaba mi mamá. No tenía derecho a hacerlo. Después de todo cuando comenzó a trabajar en la misma empresa que mi tío ella no estaba casi nunca en casa. Solo mi hermana y yo. Y ya habían pasado varios meses desde que estábamos en Argentina. Hubo un momento en el que realmente sentí interés por saber en qué lugar estaba viviendo y tomé una enciclopedia de Argentina y me lo leí todo. Y luego leí libros de historia. Pero un momento ¿clases?, ¿dónde?.

A mediados de febrero del 1996 mi madre nos llevó a mi hermana y a mí a un colegio, para inscribirnos y para que viéramos cómo era. Debido a las equivalencias en la currícula entre las secundarias de México y Argentina, yo abandoné México habiendo cursado el primer semestre de secundaria de aquél país, ingresaría directamente en segundo año de Argentina. Una situación bastante complicada ya que yo legalmente también soy argentina por lo que legalmente no deberían exigirme rendir los “exámenes de adaptación”.

Las clases aún no comenzaban. El colegio estaba a solo 10 calles de casa, era privado, secular y laico. Usaban un método que ellos llamaban “de Russell”, no tenía ni idea qué quería decir eso, lo que más me atrajo era ¡que usaban uniforme!. Mi hermana dijo “parece el disfraz de una prostituta de cabaret” pero yo estaba encantada con él. Y otra cosa más. El colegio, que era grande, tenía un gimnasio con piscina, perdón, pileta de natación y ese era uno de los deportes optativos que una podía elegir. Cuando salimos del colegio luego de la inscripción yo estaba doblemente encantada pues la natación era mi deporte favorito.

Cierto día faltando muy poco para comenzar las clases, regresaba a cada de un mandado y pasé por una plaza, otra vez detrás de mi siguiendo mis pasos caminaba un chico que reconocí. Era el mismo que estaba en el almacén, perdón, despensa.

- Che, eh, vos, che... Llamó mi atención. Me detuve a esperarle.

- Qué quieres, wey.

- ‘Perá, vamos juntos... Me dijo invitándome a continuar. – Vivimos para el mismo lado... vos sos la que vino de México, ¿te acordás de mi?.

- Sí, wey...

- ¿Qué es “wey”?. Me preguntó, me dio vergüenza.

- Nada...

- Me shamo Roberto pero me dicen Tito, ¿voh?.

- Me llamo Eliana pero me dicen Eli.

- Bueno, Eli... jeje, ¿vas a empezar la escuela?.

- Sí, en unos días, ¿tú?.

- “Tú”, jejeje!, también. Habláh como “El Chavo”!, ¡jajaja!.

Y tú, “Tito” hablas como... mmm... bueno, hablas raro.

Y seguimos nuestro camino, platicando, perdón, charlando de cualquier cosa. Me enteré que él también iría al mismo colegio que el mío y comenzaba segundo año, igual que yo, solo faltaba que nos pusieran en la misma división. Tito era divertido, de hecho todo el mundo aquí era divertido, y era guapo el chavo, perdón, el gurí. Nos quedamos hasta que obscureció platicando en las puertas de mi casa. Él solo vivía cuadra y media de allí, doblando la esquina y se sentía curioso por saber por qué no me dejaba ver por el barrio. Yo me pregunté ¿y por qué debía hacer eso?. Tito me dijo que habría sido buenísimo que yo le acompañara junto a sus amigos a “chivear” por ahí. Yo no sabía qué era eso pero supuse que se trataba de mentar la madre o algo así.

El primer día de clases en Argentina lo recuerdo bien. Fue el martes 5 de marzo del 1996. Prácticamente no dormí esa noche esperando para ir y cuando mi mamá me llamó me vestí con mi flamante uniforme de falda escocesa, blusa blanca, corbata, medias a la rodilla y zapatos mucho antes que mi mamá entrara en la cocina. Y preparé el desayuno. Mi hermana estaba quejosa, no quería ir pero yo sí, yo sí quería ir a la escuela, conocer a los maestros, perdón, profesores, y a mis cumpas, perdón, compañeros.

Fuimos caminando a la escuela, yo las arrastré a ir más rápido. Llegamos a ella y era un mundo de gente. Mi madre nos hizo esperar cerca de la puerta y ella fue a hablar con alguien. Estando allí aparece Tito.

- ¡Hola, che!.

- ¡Hola, wey, cómo estás!.

Y él estaba con otra chica, de uniforme, cargaba carpetas en los brazos.

- ¿Mirá, te acordás de ella?, Lorena.

- Hola. Saludó la chica.

- Hola.

- Ella es Eli, la de México, ¿te acordás?.

- Sí, me acuerdo, no se te ve por acá.

- Ehm... ella es mi hermana. Sonreí.

No tenía habilidades sociales y me daba pena.

Mi madre nos apartó de ellos llevándonos con una señora, bien vestida a la que nos presentó como la preceptora y se llama Mary. Nos dejó a su cargo. Primero me llevó a un rincón del patio donde había grupúsculos de alumnos parloteando entre ellos, allí estaban Tito y Lorena con otros chicos, perdón, gurises más. Me dejó allí diciéndome “acá están los de segundo, después los voy a llamar por sus apellidos para organizar las divisiones”.

Tito conocía a todos o casi todos allí. Me quedé callada mirando las caras desconocidas. Nunca antes había visto tanta cantidad de indígenas, perdón, habitantes locales reunidos todos juntos, todos hablando al mismo tiempo. Me sentí totalmente ajena a todo eso y esperaba que Tito hiciera algo por mi, era al único que conocía... o casi. Lorena me tomó del brazo diciéndome “vení, che, te presento a las chicas, no te quedéh ahí parada como pavota”. Ella me presentó a las chicas por sus nombres. Nombres que olvidé inmediatamente después de oírlos.

Mari apareció después con una lista y me llamó casi a lo último. Hizo dos grupos, la división A y la B, me tocó la A junto a Tito y Lorena. A partir de allí éramos segundo A. Y junto a nosotros había una veintena de chavos y chavas, perdón, gurises y gurisas.

Hubo un acto en el patio grande, donde había un mástil. Izaron la bandera argentina cantando el himno, el cual en mi vida había escuchado. Un señor gordete, medio calvo y de bigote pronunció un discurso, era el director del colegio. Terminado el cual Mari, la preceptora, nos guió a las dos divisiones hacia los salones de clases que estaban en el segundo nivel del edificio. Segundo A nos encerramos en un aula que estaba en la parte posterior del edificio del colegio. Yo elegí un pupitre en el centro del salón, a mi izquierda se sentó una chica rubia que tenía el pelo ensortijado con lazos rosa y tenía los labios pintados de rojo, hablaba con otra chica en el pupitre delante de ella, esta otra también era rubia y también tenía los labios pintados. Esto me llamaba la atención. Estas chicas se pintaban. Detrás de ellas estaba Lorena. Y Tito de sentó a mi derecha. Cuando se fue Mari entró un señor joven, de camisa, corbata y saco. Dejó un portafolio encima del escritorio al frente del salón y se presentó como el profesor de matemáticas. Y así comenzó mi primer día de clases.

No sé cómo ocurrió, pero cuando tocó el timbre para el primer receso, perdón, recreo, todo el salón de segundo A ya sabía que yo era extranjera. El profesor se retiró del salón y detrás de él la mayoría de los alumnos. Yo no lo hice, me quedé sentada mirando la nada.

- Che, vamos, no podéh estar acá en el recreo. Me previene Tito.

- ¿No?, ¿por qué?.

- ¿No leíste las normas?, no se puede estar en el aula durante el recreo, vení.

Salí con Tito y el siguió su camino. Yo me quedé en el pasillo a un lado de la puerta. Haciendo nada. Los minutos pasaron y nada pasaba. Hasta que Lorena apareció con las otras dos chicas rubias de labios pintados.

- ¡Che, decileh, decileh, ¿no eh cierto que vos soh mexicana?!.

- Ehm.. sí.

- ¿Ven?, ahí tenéh.

Las otras dos chicas se llaman Micaela y Mariana. Y me bombardearon con preguntas. Se rieron de mi acento. No les entendí la mitad de las cosas que me decían y ellas se daban cuenta y se tapaban la boca para reírse de mi.

- Bueno, che, paren que la están asustando.

¿Eliana asustada?, no, estaba con un serio ataque de vergüenza.

“Vas a tener muchos amigos” dijo mi tía. Y fue verdad.

En el primerísimo primer día de clases, ya se había gestado la prehistoria de lo que luego serían “los disidentes”. A esta altura del relato ustedes se preguntarán qué tiene que ver todo esto con el propósito del relato. Mucho, muchísimo. Claro que en ese momento no lo sabía.

Micaela y Mariana fueron juntas a la primaria y son parientes lejanas entre ellas. Lorena conoce a Micaela por haber coincidido en una actividad extra clases. Tito conoce a Lorena del barrio, al igual que yo, eran vecinos. Mariana conoce a Gabriel, alias “Gabi”, por otra actividad extra clases, y éste conoce a Rodrigo, alias “Pucho”, por ser amigos de la infancia, todos nosotros coincidimos en segundo “A” de la secundaria. Haber elegido ese pupitre, en medio de Tito y Micaela, a distancia de brazo de todos ellos hizo la diferencia.

La verdad es que yo era muy tímida. La barrera del lenguaje me hacía muy difícil relacionarme. Solo hablaba en monosílabos para no disparar las críticas de mis compañeros. No sabía vosear, no sabía el “slang”, no sabía las costumbres. Y todo esto me parecía muy interesante. Solo callaba y observaba.

Hubo otros compañeros que se hicieron cercanos al principio, tal como Guillermo, alias “Willy”, pero no demostró tanto interés. Otra fue Carolina, alias, “la Caro”, que me causó rechazo luego de un tiempo, por ser muy arrogante y engreída. Micaela, alias “Mica” nunca andaba separada de Mariana, a veces se les unía Lorena. Gabi y Pucho también eran buenos amigos, se sentaban juntos, a mi derecha y atrás, justo detrás de Tito. Tito fue durante semanas el único que me daba charla espontánea pero lo mismo hacía con Lorena, con la que parecía tener mucha afinidad.

Cierto día, antes de mi cumpleaños número 14, la profesora de biología nos dejó tarea para la casa. Había que hacer un trabajo de investigación sobre células. Tito, Lorena y yo solíamos salir caminando rumbo a nuestras casas pues vivíamos muy cerca entre nosotros. Al salir ese día, Tito se quejó del trabajo que había que hacer porque era muy largo y propuso reunirnos los tres en su casa, en la tarde, para hacer la tarea juntos. Inmediatamente observé a Lorena para estudiar su reacción, se lo tomó con la más natural de las actitudes. A mi esto me pareció sorprendente. En Argentina la gente invita a sus amigos a sus casas y estos lo aceptan sin problemas. Eso no ocurre en México.

Por supuesto, me ofreció la propuesta a mí también. Pero yo no sabía qué responder. Suponía que mi mamá, no me iba a dar permiso. Estando en México nunca iba a la casa de mis amigas. Tito, al saber esto, hizo el primer acto de caballerosidad del que tengo memoria. “Bueno, entonces yo voy a tu casa y le digo a tu ‘vieja’ que venís a mi casa y listo”. Y lo dijo como si fuera la cosa más natural del mundo.

Eso pasó. Mi madre regresaba de trabajar todos los mediodías, mi hermana y yo teníamos la responsabilidad de cocinar pues llegábamos primeras. Cuando mi madre estuvo en casa notó mi preocupación y no tuve más remedio que comentarle. Y ella sonrió. Tito llegó tal como había prometido, charló con mi madre quien parecía feliz por el evento y Tito me acompañó a su casa. Poco después llegó Lorena y nos pusimos a estudiar (para la anécdota, esa fue la primera vez que tomé mate). La sinergia fue casi inmediata. Me encantó el equipo que hicimos, en poco más de tres horas teníamos la tarea hecha y dedicamos el resto del tiempo a platicar entre nosotros.

Se sucedieron varias reuniones de este tipo. Hasta que yo fui la anfitriona. Mi madre parecía feliz por estos eventos. Finalmente supe el motivo: “te estás integrando”. Era verdad. Tito y Lorena fueron mis primeros amigos “indígenas”. Los llegué a respetar y a querer. Gracias a ellos, a su predisposición para enseñarme cosas, aceptando mis consejos sin malicia, integrándome.

Lentamente comencé a interactuar con mis compañeros. En los recreos. Ayudando durante los exámenes. Platicando con ellos. Y ellos solicitándome cosas. Eso era lo que más deseaba. Que me pidieran cosas. Tomé confianza. De a poco me animé a bromear con ellos. A las chicas les llamaba “weyas”, a los chicos “wey”. Les sonaba divertido aunque en realidad esos eran pequeños insultos heredados de México. El duo Micaela-Mariana me causaba cierto recelo. Las chavas se veían muy bien. Siempre bien arregladitas. Más que yo, que no sabía nada de eso. Me daba la impresión que eran “fresitas”, según la jerga mexicana. No fue así. El evento que causó que ese duo, el trío Tito-Lorena-Eliana y el otro dúo Gabi-Pucho por fin nos uniéramos fue a mitad de año escolar, había que hacer trabajos prácticos para diferentes materias. Cada uno tenía su área de interés, o que era más habilidoso, el mío era matemáticas. Micaela nos invitó un día a todos a su casa. Y esta vez mi madre personalmente me llevó a ella (había comprado un automóvil usado y a la misma hora que comenzó la reunión ella iba a trabajar), charló con la madre de Micaela y me dejó. Tres chavos y cuatro chavas todos juntos estudiando en una gran mesa llena de carpetas, libros, papeles, lapiceras y... mate amargo. “Che, Eli, ¿está bien esto?”, “che, Eli, ¿cómo era la regla de los signos?”, “che, Eli...”, “che, Eli...”. Amé que me llamaran así. Les importaba. Me querían. Les resultaba útil. Y ellos a mi. Me recriminaron que no les haya dicho que había sido mi cumpleaños. “Pero, boluda, ¡podríamos haber hecho una fiesta!” dijo Mica. Me recriminaron por qué no les daba el número de teléfono de mi casa “así te llamamos para invitarte a hacer parties”. Me querían. Fui feliz.

Y Tito comenzó a ir a casa, por su cuenta, en las tardes. A mirar TV, a platicar. Resultó que él también leía por placer. Y se notaba que el chavito había leído cosas. Me recomendó libros y yo a él. Me los prestaba y yo a él. Y charlábamos sobre cosas de la vida, no necesariamente serias pero algunas sí lo eran. Tito fue mi primer gran amigo. Tuvo el honor de ser el primero de ligar un beso de mi parte (en la mejilla, aclaro). Y tuvo el honor de ser mi primera visita espontánea a casa ajena. Y le extrañé muchas veces.

Pasada la mitad del año escolar varias cosas sucedieron que aumentaron los lazos de amistad entre lo que luego serían los “disidentes”. Primero en ese período optamos por lo que llamaban “talleres”. Eran clases complementarias que se daban en la tarde. Había muchos para elegir y yo imité a Tito y opté por computación, uno de los aciertos fortuitos de mi vida. Mi motivación fue más mi amistad con Tito que mi real interés por la materia, de hecho nunca en mi vida había tocado uno de esos aparatos, no tenía ni idea de computadoras, pero pronto sentí el gusto. Programar es como jugar ajedrez, es la más simple, llana y pura lógica. Destaqué. Mi profesó, Leo, vio en mi el talento escondido y me tuvo preferencia por sobre el resto. Computación fue una de mis materias favoritas y un nexo de interés más con Tito.

El segundo evento importante fue educación física. Durante ese primer año no teníamos clases de educación física. Pero para tercero era obligatorio. Podíamos optar por dos opciones, o tomar clases regulares de atletismo o elegir uno de los equipos de deportes de la escuela y si teníamos aptitudes para ese deporte podíamos quedarnos en él tanto como la profesora lo considerara. Y así fue. Casi a final del segundo curso me presenté para las pruebas de natación. Junto a mi lo hizo Mica y ambas entramos. Nuestra profesora fue Esther. Esto causó que Mica y yo intensificáramos nuestra relación de amistad.

Y llegaron las vacaciones de verano. Mis amigas “huyeron” de la ciudad. Incluso Tito. Las vacaciones más aburridas de las que tengo memoria. Me la pasé leyendo todo el tiempo. Extrañaba a mis amigas, a Tito y la computadora. Muy diplomáticamente le pedí a mi mamá que me comprara una y me la regaló “te lo ganaste por las buenas notas en la escuela”, fueron sus palabras.

Tito volvió antes de comenzar las clases y me la pasé con él tonteando con mi nuevo juguete (la computadora, no Tito, jaja).

Año 1997. Tercer curso de secundaria. Mi fiesta de 15 años. Mica y Mariana que querían hacer de mi una pobre imitación de la muñeca Barbie. Yo que bromeando con ellos les señalé las diferencias de actitudes de nuestros compañeros de clases diciéndoles que había tres grupos. “Los fresa”, que eran la mayoría, estos eran los nenes de mamá, que iban a la escuela solo por cumplir y solo les interesaba corretear chicas o chicos y pensar la próxima salida a la disco; ellas todo frivolidad, ellos todo estupideces de adolescentes. “Los marginales”, estos ni siquiera estaban allí para cumplir, no querían estar allí y nunca participaban de nada, siempre en el fondo y aplicando la ley del mínimo esfuerzo. Y luego “los disidentes”, entre los que me encontraba yo misma, y era el grupo de mis amigos, éramos los responsables, los que teníamos asegurada la confianza de los profesores y nos odiaban por lo “nerds” (en especial yo) y porque siempre estábamos en desacuerdo con las decisiones de la mayoría (de allí el nombre de “disidentes”). Mientras que los “fresas” se dejaban llevar por el fuego adolescentes, nosotros lo racionalizábamos todo, y a veces le dábamos la razón a los profesores y directivos de la escuela y nos tildaban de “vendidos” y “chupamedias”, pero a veces sí estábamos de acuerdo con la mayoría cuando detectábamos una injusticia. Lorena es bastante sanguínea cuando discute y chocaba mucho con Carolina, la que parecía ser la líder de los “fresa”, de hecho tenían una enemistad declarada, a mi me tocaba hacer la diplomacia. Más de una vez, cuando debimos plantear un problema frente a Mary, nuestra preceptora, por alguna injusticia cometida por algún profesor, Carolina y yo éramos las que teníamos que dar la cara por todo el curso. El otro que tomaba la voz era Willy, quien era calmado pero insistente. Más de una vez nosotros tres íbamos a la preceptoría a presentar quejas formales.

Me gané un sobrenombre: la weya. Gracias a mi insistencia de llamar por ese apelativo a las chicas, me trasladaron el término a mi como sobrenombre. Me curé de esa mala costumbre y la cambié por “chavo” y “chava” hasta el día de hoy.

Se sucedieron muchas aventuras por parte de los disidentes. Todas de carácter académico. Éramos el “dream team” de estudiantes, los nerds del colegio. Nuestras notas lo reflejaban, la confianza de los profesores lo garantizaban. Nuestro secreto, las grandes reuniones en casa de alguno de nosotros, especialmente la de Mica, quien contaba con una habitación, su dormitorio, que tenía una mesa grande y espacio suficiente, además de relativa intimidad. Esas reuniones eran memorables. A pesar de la frivolidad de Mica y Mariana, que bien podría haberles hecho ganar un puesto dentro del grupo de “fresas” resultaron ser intelectuales. Y así nos veíamos, como los intelectuales del colegio. Las discusiones, debates, argumentaciones, fueron subiendo de nivel. Especialmente Gabi quien demostraba tener gran interés por la filosofía. Hasta que llegó el momento cumbre, la discusión definitiva: la existencia de Dios.

Esa tarde, no recuerdo la fecha, a pesar que yo llevaba un diario personal, pasadas las vacaciones de invierno, Gabi trajo el tópico a la mesa de estudios. El problema del mal, la religión católica, la Biblia, argumentos en contra y a favor. No llegamos a nada. La discusión subió de tono y fue cortada por el pedido de moderación por parte de Mariana. La más moderada del grupo.

Capítulo 4.

El tema picó en mí, y recurrí a la única fuente de información con la que contaba y sabía manejar: los libros. La biblioteca del colegio estaba surtida de libros de filosofía, teología y religión, ya que el estudio de las religiones era tema de una de las materias. Hasta ese momento yo era una suerte de agnóstica, de a ratos deísta, de a ratos cristiana escéptica. El primer libro que leí con motivo de mi investigación personal fue “Guía para leer la Biblia” de Isaac Asimov. Compré una Biblia y me puse a leerla. Saltó de inmediato que esto no se trataba más que de una colección de mitos. Qué quería encontrar en la Biblia, no lo sabía con exactitud. Lo cierto es que nunca la había leído antes. Por supuesto que conocía las partes más famosas, sobretodo del Nuevo Testamento y algunas partes del Viejo Testamento, como el mito de creación, el diluvio, Moisés y alguna que otra cosa más que se suele citar generalmente. Pero las palabras exactas no las sabía, nunca las había leído.

No tuve mayores problemas en “salvar mi fe” luego de leer el mito de creación, en alguna parte de mi cerebro había florecido la razón y al menos me servía para ponerla a salvo argumentado para mi que esto no era más que un mito. Una explicación para ignorantes críacabras del desierto. Algo igual me sucedió pasando a la historia de Noé y el diluvio (¿meter todos los animales de la Tierra en una barca de madera?, sí, cómo no). Pero ya no pude seguir luego de leer la historia de Sarai o Sara, ¿y quién es Sara?, pues era la esposa de Abram o Abraham (Génesis 11:29). Si Abram existió realmente debe de ser el tipo más bastardo sobre la Tierra, pensé yo. El tipo es mentiroso (Génesis 12:13). Es un tramposo y ladrón, con la complicidad de Dios (Génesis 12:17ss). Y por si fuera poco, proxeneta, obligando a Sara a hacer de puta para que un reyezuelo le diera bienes (resto del capítulo 20 del Génesis). Todo con complicidad de Dios. ¡Un momento, esto no puede ser obra de Dios!. Si Dios existe, no puede ser el de la Biblia, pensé. Seguí leyendo. Y cuanto más leía, más me daba cuenta que esto no era más que un rejunte de cuentos partidistas para ensalzar a un pueblo. “Dios” parecía jugar según los intereses de los israelitas.

El colmo de todo llegó cuando pasé al Éxodo y me encuentro con la absurda historia de Moisés y el Faraón. Se supone que los israelitas eran esclavos en Egipto y “Dios” se acuerda de ellos (¿qué hizo para evitar que fueran esclavos en primer lugar?) entonces no se le ocurre mejor idea que salvarlos de la esclavitud, muy bien, ¿y qué hace para lograrlo? ¡endurecer el corazón del Faraón! (Éxodo 4:21, 7:3) ¡¡para así poder hacer sus prodigios: las plagas de Egipto!!. Basta. Esto es un mal cuento. Definitivamente este ser del que habla la Biblia no es Dios, es el demonio haciéndose pasar por Dios.

Y seguí leyendo, de a saltos. Encontré los famosos 10 mandamientos repartidos en varios lugares, diferentes versiones, ligeramente cambiadas. Y más leyes. Todas absurdas. Se tolera la esclavitud por ejemplo. No hay ninguna condena a esto. Y todo rociado con una buena cantidad de misoginia, no digamos ya machismo, sino lisa y llana misoginia. La mujer no vale nada, es una sirvienta. ¿Dónde está el Dios de amor que predican los cristianos?, ¿dónde las altísimas normas morales?. Por ejemplo, la famosa tierra prometida, ¡es un lugar habitado!, ¡¡que los israelitas desalojan usando el método del exterminio masivo!!, perdón, ¿en qué parte me perdí?, ¿es esto la Biblia o Mi Lucha de Hitler?. El cuento de la tierra prometida no es más que la historia de un robo a mano armada, con premeditación y alevosía, seguido de genocidio.

Tomé el libro de Asimov y me puse a leer. Es un libro gordo, como de 1500 páginas, tantas como la Biblia misma, solo leí unas pocas páginas del principio, allí se menciona a una persona Robert G. Ingersoll. Abandoné esto y fui a la biblioteca del colegio. Allí me trajeron lo único que tenían de Ingersoll, una colección de ensayos y discursos. Luego de la lectura de este autor acuñé la frase: “una biblioteca libre es la mejor fábrica de ateos”, ¿por qué?, porque pude leer a Ingersoll. Un ensayo en particular, el que despertó mi mayor interés, se llama “Acerca de la Sagrada Biblia”. Es una crítica a la Biblia que me pareció tan lúcida. Comienza con palabras valientes, algo que esperaba leer de alguien, quería leer algo como esto:

Alguien debiera decir la verdad acerca de la Biblia. Los predicadores no se atreven, porque serían echados de sus púlpitos. Los profesores de escuelas no se atreven, pues perderían sus salarios. Los políticos no se atreven. Serían derrotados. Los publicistas no se atreven. Perderían subscriptores. Los comerciantes no se atreven, porque perderían clientes. Las personas de la sociedad no se atreven, por temor a desprestigiarse. Ni siquiera los oficinistas se atreven, porque serían despedidos. Y por lo tanto lo haré yo.

¡Muy bien!, yo quería que alguien dijera la verdad acerca de la Biblia, tal como la había descubierto yo.

Gracias a Ingersoll y Asimov pude continuar la lectura de la Biblia. Leía a Ingersoll en su ensayo, luego me remitía a la Biblia para leer los pasajes relevantes y luego a Asimov para ponerlo todo en contexto histórico. Algo estaba muy mal con lo que me habían contado acerca de este supuesto libro sagrado. Todo estaba al revés a como debería ser. Por ejemplo el diablo. Lo único que encontré de malo en la Biblia acerca de este supuesto personaje, príncipe del mal es una urticaria provocada a Job, mientras que “Dios” mata a diestra y siniestra por tonterías como un censo mal realizado (2 Samuel 24:1 y 24:11ss). Ingersoll dice con palabras claras lo que yo intuía por ejemplo respecto de Moisés y sus supuestas charlas con “Dios” en el Monte Sinaí: un bulo, un engaño, una estafa. ¿No es evidente que Moisés se inventa todo eso a su conveniencia?. Cuando las cosas salen mal en su éxodo por el desierto es Dios que castiga a los israelitas por no ser fieles, no es porque Moisés es un mal líder, cuando los israelitas intentan hacerle un golpe de estado es “Dios” quien les castiga pues ha ordenado que se maten entre ellos. Y todo así, siempre “Dios” habla a través de Moisés, en la soledad del monte o en la soledad de una carpa. Y esto es así porque todo el que ve la cara de “Dios” cae muerto en el acto... ¿no será que al darse cuenta del engaño Moisés lo mata?.

Después de revolver todo el Antiguo Testamento, no encontré nada de valor en él. Los únicos más o menos pasables son El Cantar de los Cantares donde no se menciona a “Dios” para nada y tiene una evidente carga erótica. El otro es Eclesiastés, donde tampoco se menciona a Dios ¡de hecho parece un libro escrito por un no creyente!.

Ingersoll enumera algunos puntos que deberían cumplir aquellos libros que se pretendan inspirados por un dios, aquí están esos puntos:

Debería contener la perfección de la filosofía.

Debería estar en perfecto acuerdo con todos los hechos de la naturaleza.

No debería contener errores de astronomía, geología, o de cualquier otro sujeto o ciencia.

Su moral debería ser la más elevada, la más pura.

Sus leyes y reglamentos para la regulación de la conducta deberían ser justos, sabios, perfectos, y totalmente idóneos para lograr los fines deseados.

No debería contener nada calculado para hacer al hombre cruel, rencoroso, vengativo o infame.

Debería estar lleno de inteligencia, justicia, pureza, honestidad, misericordia y espíritu de libertad.

Debería manifestarse contra las luchas y guerras, la esclavitud y la concupiscencia, la ignorancia, la credulidad y la superstición.

Debería desarrollar el cerebro y civilizar el corazón.

Debería satisfacer el corazón y el cerebro de los mejores y más sabios.

Debería ser cierto.

Pues no. La Biblia solo repite lo que se esperaría de una tribu de ignorantes críacabras del desierto. ¡Falla en todos los puntos!.

Respecto a los Diez Mandamientos, Ingersoll usa unas palabras que siempre recuerdo de memoria: “de los Diez Mandamientos, todos los que son buenos son viejos; todos los que son nuevos son estúpidos”.

Y pasé al Nuevo Testamento a ver si la cosa mejoraba. Primero lo leí de corrido, al menos los cuatro evangelios, sin la guía de Asimov ni Ingersoll, excepto por un mapa de Palestina. Pero algunas lecciones había aprendido, ese algo que luego sabría se llama escepticismo. Muy bien, ¿qué podemos extraer de todo esto?. Resulta que los cuatro evangelios cuentan lo mismo, vida y obra de un tal Jesus. Dos de ellos cuentan la infancia de Jesús, los otros dos no. Dos de ellos dan la genealogía de Jesús, los otros dos no... y no coinciden. ¿Quién era el abuelo de Jesús?, ¿Elí o Jacob?. Mateo se mata redactando una genealogía que se remonta a Abraham (sí, ese, el proxeneta de su esposa Sara) para inmediatamente después decir que Jesús no tiene nada que ver con José su supuesto padre, que su padre es el Espíritu Santo. ¡Acabemos, hombre!. ¿A santo de qué viene la genealogía?, de nada, solo tratar de demostrar que Jesús está en línea directa con David y por eso es aspirante al trono de un reino que no existe porque Israel ha sido destruido por los romanos.

La matanza de los inocentes. Lindo cuento. El problema es que el mezquino “Dios” da aviso a Maria y José para que se lleven a Jesús a Egipto pero no hace nada para prevenir a los demás padres de bebés recién nacidos acerca de las intenciones de Herodes de matarlos a todos ¿y todo para qué?, para cumplir una supuesta profecía dicha cientos de años atrás.

Me adelanto un poco y voy hasta el final, no creo necesario que comente qué pasa con Jesús ya que la historia a grandes rasgos es archiconocida. Sucede que Mateo finaliza con algo que no esperaba ¿y la ascensión al cielo dónde está?, no la menciona para nada. Simplemente dice que está con nosotros hasta el fin de los tiempos o algo así. Marcos sí dice que Jesús ascendió a los cielos, de hecho sabe, vaya una a saber cómo, que está sentado a la derecha de Dios. ¿Mateos no le encontró ninguna importancia a este singular y maravilloso hecho?. Marcos dice que Jesús, luego de resucitar, se aparece ante María Magdalena, un momento, Mateo dice otra cosa, que se apareció a un grupo de mujeres, no dice nada de María Magdalena. Inmediatamente me fui a ver qué dice Lucas al respecto. Hay un grupo de mujeres, está María Magdalena, incluso su madre, entre ellas ¡pero no ven a Jesús sino a dos hombres deslumbrantes!. Muchachos, será mejor que suelten la mota. ¿Y qué dice Juan?, que Maria Magdalena ve primero a dos ángeles (no dos hombres) ¡y después Jesús le habla!. Alguien MIENTE.

A lo largo de los cuatro evangelios se relatan múltiples milagros obrados por Jesús. Algunos cuentan más que otros, otros cuentan milagros que los unos no cuentan. Me llama la atención por ejemplo el milagro de la resurrección de Lázaro. Solo Juan la cuenta. Los otros tres parece que no estaban presentes cuando ocurrió. Lucas relata otra resurrección obrada por Jesús, es al hijo de una viuda. Los otros tres, no dicen nada al respecto, estarían de franco ese día, vaya una a saber.

Jesús, a causa de todas estas cosas, se nos dice que era muy famoso, tanto que la gente espontáneamente le recibe con palmas y cánticos cuando arriba por primera vez a Jerusalén, la fama le precede, evidentemente. Sin embargo cuando está en el juicio frente a los del Sanedrín NADIE HABLA A SU FAVOR. Si a mi, gracias a la intervención de un médico, me salvo de una enfermedad incurable y luego a este médico le acusan de mala praxis, yo misma sin que me llamen saltaría en su defensa, joder!.

Es obvio que los evangelistas se inventaron un par de cosas, agregaron un poco de efectos especiales a la trama para hacer la película más interesante. Cuestión de marquetin.

Las enseñanzas de Jesús: "No piensen que he venido a traer paz en la tierra. No he venido a traer la paz, sino una espada. Porque vengo a poner al hombre contra su padre, a la hija contra su madre" (Mateo 10:34-35). Discúlpeme, don Cristo, con mi madre me llevo muy bien, y quiero que siga así, gracias, vuelva a su cielo por favor, el mundo no necesita más espadas.

Jesús mintió cuando dijo que regresaría en la generación que le escuchaba. Mintió cuando decía que había que amar a los enemigos.

Sus supuestos biógrafos se descalifican entre ellos. Se contradicen. Y gracias a Ingersoll supe que hay otros evangelios, considerados tan inspirados por Dios como estos cuatro. Argumento que confirmé con otra visita a la biblioteca. Estos evangelios apócrifos se contradicen entre ellos y contradicen a los canónicos. El cristianismo está demasiado lleno de mentiras y mentirosos.

¿Dónde está claramente explicado el “dogma” de la trinidad?, ¿dónde la abolición de la esclavitud?, ¿dónde los derechos humanos?. Jesús nunca dice ser hijo de Dios. Otros lo dicen por él. Si era hijo de Dios y Dios mismo ¿dónde está la filosofía perfecta?, ¿es sabio decir que no hay que preocuparse por el mañana?, ¿es sabio decir que hay que darle al Cesar lo que es del Cesar?. Jesús condena al rico al infierno por ser rico, no por ser malvado, y al pobre le premia con el cielo por ser pobre, no por ser bueno. ¿Dónde están las palabras de aliento para los que ansían la libertad?, ¿dónde las palabras a favor de la investigación honesta?.

Luego de leer la Biblia yo sola, comprendí por qué existió la “santa” Inquisición. Por qué la esclavitud existió hasta bien entrado el siglo XIX. Por qué la mujer sigue siendo considerada ciudadana de segunda y si es que se la considera ser humana.

La Biblia es un libro escrito por hombres para hombres, por ignorantes para seguir siéndolo. Esta no es la palabra de Dios.

Tiempo después de haber llegado a estas conclusiones todavía abrigaba en mi la creencia de la existencia en Dios, no era el Dios cristiano, eso era un cúmulo de falsedades. Me gustaba pensar que existía un Dios que no se había revelado aún aunque esto me causaba problemas pues si Dios nos había creado ¿por qué no hay una señal inequívoca, irrefutable, indiscutible de su presencia entre nosotros?. Quizá debía investigar más.

Al primero que le comenté estas cosas fue a Tito. En casa, en mi habitación, mientras estudiábamos juntos y compartíamos apuntes, simplemente le pregunté “¿tú crees en Dios?” y él me respondió que no, que era ateo pero que no lo decía. Él asistió a clases de catecismo, hizo la carrera católica obligado por sus padres y él también vio algunas cosas que no concordaban en la Biblia sumado a la hipocresía de la curia. Sus reflexiones le llevaron a concluir que no puede haber Dios. A mi me pareció que le faltaba muchas cosas en el medio. Si Dios no era el cristiano podría ser el de otra religión. Y me lancé a la búsqueda de otros dioses. No los encontré. Lo que encontré fue a Bertrand Russell.

Russell es el responsable del método de enseñanza que usaban en mi colegio y por supuesto la biblioteca tenía si no todos, casi todos sus escritos, en inglés y castellano. Uno en particular fue el que me atrajo la atención: “Por qué no soy cristiano”. El título era claro. Russell argumenta por qué él no puede ser considerado un cristiano. Pero el escrito decía más de lo que el título sugería. Junto a este escrito que decidí dejar para lo último pues quería comérmelo como postre, me traje otro de apologética cristiana católica y no les voy a mencionar el nombre para no hacerle publicidad, de todos modos no es importante. Pequeño libro contenía bien al principio los argumentos que demostraban la existencia de Dios. Las famosas Cinco Vías de Santo Tomás de Aquino. Los cinco argumentos parecían contundentes. Solo fui capaz de refutar mentalmente el cuarto argumento. Pero el primero y segundo eran muy fuertes, pensaba yo mientras los leía.

Don Bertrand Russell me tenía la respuesta. Dice Russell:

If everything must have a cause, then God must have a cause. If there can be anything without a cause, it may just as well be the world as God, so that there cannot be any validity in that argument.

¿Por qué no lo había visto antes?, ¿por qué no podía pensar yo tan lúcidamente como este señor?, ¿es que tener 15 años es impedimento para razonar cosas tan simples?.

Luego de destruir el argumento de la Primera Causa. Russell destroza los otros argumentos, el argumento del diseño. El argumento de la ley natural. Y así todos los argumentos comunes a favor de la existencia de Dios, de cualquier Dios. Bertrand Russell se convirtió inmediatamente en mi héroe.

Cambié un poco la temática luego de descubrir a Russell. Sucedió por aquella época que Eliana pues... se puso de novia, por primera vez, y ya no tenía mucho interés en la cuestión Dios.

Terminado ese pequeño trance tuve mis vacaciones de ese verano para pensar. No en Dios claro, que era un tema secundario, sino en otras cosas, pero la cuestión siempre estuvo latente. Mi interés era aprender a pensar. Suena extraño pero a la gente no le enseñan a pensar y eso es lo que hacen los filósofos, pensar todo el tiempo. ¿Cómo lo hacen?.

Me paré frente a la bibliotecaria y le dije: “quiero algo de filosofía”. Ni que fuera menú de restorán, jajaja!. ¿Y qué me trajo?, “El mundo de Sofía” de Jostein Gaarder. Excelente. Así conocí las diferentes escuelas filosóficas y sus más claros representantes. Pero yo quería aprender a pensar. Algo de lógica. “Está en cualquier libro de álgebra me parece”. Tonta, tonta, tonta. Eliana tonta. Yo ya sabía pensar con método: ¡programando computadoras!. De eso me di cuenta inmediatamente después de leer en un curso de lógica las tablas de verdad. Yo ya sé pensar, lo que no tengo son conocimientos de filosofía.

Y me puse a leer. A Aristóteles, a Platón. A Kant, a Descartes. A Sartre y a Nietzche. Y a leer más ciencia. A Carl Sagan y los escritos de divulgación de Asimov. A leer cosas de física y atrofísica, por fuera de lo que nos enseñaban en la escuela. A leer biología y química. Revistas científicas como “Nature”, aunque no entendiera mucho de qué demonios hablaba. Si no entendía preguntaba a los libros. Ese verano otra vez me la pasé leyendo. Yendo y viniendo hacia y desde la biblioteca del colegio y cuando esta cerró, a la biblioteca del barrio. Todo está en los libros, solo hay que saber buscar y ser curiosa. Todo está allí. Todas las preguntas tienen respuesta y si no la tienen hay que ponerse a pensar.

De apoco y así, fui tomándole gusto a la física. Especialmente me gustaba la física de partículas. Las leyes de Newton, Teoría de la Relatividad, Mecánica Cuántica. Termodinámica. Stephen Hawkins. Richard Dawkins. César Mildstein. Carl Sagan. Mario Bunge. Ellos me educaron en ciencias. La historia de los inventos y los descubrimientos. Maxwell, Lavoisier, Franklin, Curie, Einstein, Bohr, Gödel, Popper. Uno tras otros esos apellidos fueron parte de mi mundo. El mundo de la cama. El mundo de Eliana explorando el mundo tal cual es.

De todo esto tenía que sacar algo en claro. De tantas escuelas filosóficas debía considerar cuál era la más acertada. Ahora me parece obvio que de tantos conocimientos científicos me decantara por el que más cerca de ella estuviera. El escepticismo lo tomé de Sagan. El realismo de Einstein. El naturalismo de Bunge. El racionalismo de Descartes. El empirismo de Hume y Locke. Se estaba gestando una futura científica y una futura atea.

Recomenzaron las clases y cumplí 16 años. Le presté más atención a la matemática y a la física en vez de las humanidades. Aunque mi profesor de filosofía social nos inculcaba los valores del humanismo. Algo que ya había esbozado por mi misma. Y que Robert Ingersoll repetía constantemente. Recordé a mi padre hablando de ello. El valor del ser humano y la necesidad de resolver los problemas en el aquí y en el ahora. Por si fuera poco, se estaba gestando una humanista.

En otras de esas memorables reuniones con “los disidentes” discutimos acerca de lo mejor que podíamos pensar para el destino de la humanidad, rozando el tema de la religión, cada uno fue aportando su pedazo de pintura. El cuadro resultó ser claro, el humanista. Coincidimos en afirmar que rechazábamos toda forma de discriminación y superioridad. Que la democracia era el mejor de los sistemas políticos. Que la sociedad en la que vivíamos tenía mucho de hipócrita. Que necesitábamos valores mucho más altos y racionales que los que imperaban en ese momento. Hasta que todo quedó resumido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en el segundo manifiesto humanista. Los “disidentes” nos convertimos en humanistas. Y discutimos uno a uno cada tópico que se nos presentaba a la luz de la filosofía humanista.

En mi interior tenía un gran problema que aún no podía resolver por sentimentalismo. Se trataba de la moral. Si Dios no existe ¿qué nos impulsa a ser personas morales?. La respuesta por supuesto estaba delante de mi pero no la podía ver. Y no fue sino hasta que cayó en mis manos un libro de Dan Barker llamado “Perdiendo mi fe en la fe”. Allí se dice esto:

"Si no cree en Dios, ¿cuál es entonces su fundamento de moralidad?"

Nosotros los ateos encontramos los fundamentos de nuestra moralidad, desde luego, en la Naturaleza. ¿Dónde si no miraríamos?

¡Por supuesto!, está en la razón. Se puede ser moral sin recurrir a Dios. Solo hace falta hacerle caso a la razón. Somos una especie social y si queremos vivir en sociedad es necesario tener normas que todos acepten acatar, normas que cada uno esté dispuesto a aceptar sin mayores problemas. La regla de oro no es más que sentido común. No me gusta que me maten, entonces no mates. No me gusta que me roben, entonces no robes. Tan simple como eso.

Y le siguió Ladislao Vadas con un libro raro (me lo prestó Gabi) “Razonamientos Ateos” para terminar de destrozar cualquier rastro de creencia en Dios que había en mi. Y yo aún no admitía ser atea. ¿Por qué?.

Fue una mañana de invierno. La recuerdo bien. En el colegio nos dejaron salir dos horas antes de lo acostumbrado. Durante esa mañana me la pasé pensando aún en las palabras del filósofo argentino Ladislao Vadas. Este mundo está solo. Si Dios no existe, estamos solos. No hay nadie más que nos acompañe. No hay nadie que se preocupe por nosotros. Estamos a merced de un mundo indiferente de nuestros sentimientos, hostil a nuestra existencia, ciego ante los males que nos aquejan. Solo contamos con nosotros mismos. ¿Por qué veo belleza si en realidad nadie la puso allí?, ¿por qué siento amor si nadie lo quiso así?, ¿por qué estamos aquí si no hay un plan para nosotros?.

Caminaba rumbo a casa sola. En mi camino seguía pensando estas cosas. Estaba fresco. Corría una suave brisa que acariciaba mi cara, el Sol brillaba casi en lo alto. El cielo era celeste, prístino, algunas nubes blancas lo recorrían. Y esos pinos, altos, verdes, que rodeaban el campo de deportes del colegio parecían maravillosos. ¿Nadie hizo nada de esto?. ¿Toda esta belleza está aquí sin sentido?. Antes, cuando miraba al cielo fantaseaba con estar mirando la casa de Dios, sentía lo mismo que mirar a través de la ventana de la casa del vecino. No podía ver a nadie, pero sabía que alguien podía estar allí, que era el hogar de otra persona. Así veía el cielo. Pero el cielo no existe, ese celeste que veo ahora no es más que la refracción de ese Sol que no es más que una estrella. Y esos pinos no son más que el resultado de una Selección Natural ciega, sin propósito. Esta brisa fría me punza la cara diciéndome “el universo es hostil”. Si hay un diseñador universal ¿por qué sufrir?, ¿por qué el mal?, ¿qué propósito tiene el mal?, ¿por qué el universo se ve exactamente igual a como se vería si... Dios no existiera?.

La belleza de esos pinos contrastando con el celeste del cielo no está allí, está en mi mente. El propósito de mi existencia no está en la mente de un Dios, está en mi mente. Yo tengo en mis manos mi destino, así como la especie humana tiene en sus manos su destino. Soy nadie en el mundo, no más diferente que la nube que pasa pero soy yo la encargada de darme valor. Valgo algo porque yo me pongo el precio. Estamos solos y solo nosotros tenemos que salir adelante. Estamos solos y nosotros decidimos qué hacer con nuestra existencia. Quiero vivir. Quiero amar y ser amada. Quiero hacer feliz a los que me aman y vivir feliz yo misma. Yo puedo hacerlo. No necesito que un “ser superior” me lo ordene. Valgo algo porque yo me puse el valor. Mi destino no está escrito en ninguna parte. No hay más condenación que la que dicta mi conciencia y mi conciencia soy yo. No hay más premio a mi bondad que el solo placer de saberme buena. Si no hago cosas malas no soy mala y seré buena en tanto haga cosas buenas. Mi destino es mío. Mi propósito en el mundo es mío. Soy dueña de mi misma para hacer lo que me place hacer.

Y sonreí. ¡Sonreí!. Respiré libertad. ¡Por primera vez en mi vida respiré libertad!, ¡soy libre!, ¡nadie me esclaviza a este mundo!, ¡libre para tomar mis propias decisiones y hacer de mi vida lo que quiera!, no tengo que rendirle cuentas a nadie excepto a mi misma, a lo que me haga sentir bien o mal a mi misma. El mal y el bien están en mi. De mi depende que haya bondad y no maldad. “Si yo fuera Dios, haría algo al respecto” ¡gracias papá!, ¡yo soy Dios de mi mundo!.

Por primera vez admití para mi que soy atea. Y orgullosa de serlo. Llegué a casa como si hubiese llegado de un largo viaje, un viaje con final feliz. Estaba feliz. Radiante de felicidad. Eliana es libre.

Mi madre llegó poco después y notó mi cara de felicidad. Y yo no tenía intenciones de esconderlo. La besé y la abracé con el más profundo cariño que pude expresar.

- ¡Ah, Eliana!, ¿qué te ha pasado que estás tan contenta?. Sonrió mi madre.

- Acabo de saber una cosa, la cosa más hermosa del mundo.

- Oh, ¿estás enamorada de nuevo, Eli?.

- Sí, quiero decir, siempre lo estuve pero no lo sabía.

- ¿Y quién es él si puedo preguntar?.

- El mundo, la humanidad, la vida, estoy enamorada de ellos.

Mi madre sonrió condescendiente.

- Eso es muy bueno, Eliana.

- Mamá... soy atea.

- Ah...

- Hoy supe que soy libre.

- ¿Ah?, ¿estás teniendo dudas existenciales?.

- Ninguna duda, mamá. Estoy segura.

- Bueno, si eso te pone feliz.

- Tú también vas a estar feliz porque soy libre y en mi libertad he decidido que te amo. Hoy supe que puedo elegir lo que me place y lo que me place es verte feliz.

- Gracias, Eli, pero no sé que tiene que ver Dios en todo esto.

- Mucho. Ya que Dios no existe y nada me condiciona a elegir lo que me parece, soy libre de ser esclava de mi propia conciencia.

- Mmm... Eli... Esto es algo que le habría gustado escuchar a tu padre.

- A mi también me gustaría que papá lo escuche, pero papá murió.

- Eliana. Mi madre adoptó una actitud condescendiente. – Ojalá que estas cosas que me dicen no sea porque estás enojada con Dios por haberse llevado a tu padre.

- Mami, no digas eso, no desmerezcas mis pensamientos mezclado a mi Ian en todo esto. No, mamá, papá ya no existe. Si algo queda de él está aquí. Y me señalé el corazón.

Mi mamá me abrazó tiernamente y dijo.

- Me alegra que pienses así. Durante este tiempo que estamos aquí en Argentina te he observado y tuve miedo que dentro de ti abrigaras un duro resentimiento por la vida. Eliana, no te he visto llorar por tu padre, no hablas con él, ni siquiera tienes una foto de él en tu cuarto.

- Mami... ¿y qué con eso?. Papá vive en mi, soy su legado. Si existe vida después de la muerte, esa vida soy yo, llevo en mi un poco de papá.

- Más que un poco, Elisita, mucho más que un poco. Veo a Ian en tus ojos, actúas y piensas como él, te pareces muchísimo a él. Mi madre no pudo evitar soltar una lágrima a pesar que sonreía y sus ojos, tiernos, me observaban los míos, como si viera en mi un ser muy preciado, y lo era. – Tienes toda la razón, Eliana, si Ian aún vive en alguna parte, vive en ti.

- Entonces ¿por qué llorar por alguien que vive aún?, ¿por qué una foto?, no sirve de nada, mamá. Papá está conmigo, lo siento en mi cabeza, sus palabras quedaron en mi memoria. Él ya no existe, pero existo yo para mantener vivo su recuerdo y honrar todo aquello que él quería que yo fuera.

- Y él quería que fueras libre, Eli, libre...