Notas publicadas en "TODO ES HISTORIA", revista dirigida por el Dr. Félix Luna
sección: LA CIENCIA TAMBIÉN ES HISTORIA

Autor Dr. Héctor Carlos Reis

Año XIX - Enero de 1987 - Nº 236

El fuego

Estaba recostado sobre una roca, mirando temeroso el cielo colmado de negros y densos nubarrones; sentía ruidos que retumbaban entre los montes y veía luces prenderse en la semi-oscuridad. Había visto y sentido esto antes pero ahora tenía más miedo; ese fuego que salía en el horizonte de un lado y se ponía en el opuesto, luego de brillar en lo alto, se había apagado de golpe tapado por esas nubes oscuras. De pronto una luz centelleó en el espacio y vio el árbol cercano brillar como si fuera el fuego del cielo. Pegó un salto, gritó su angustia y cayó de rodillas. Con terror vio cómo ese árbol que le servía para alimentarse con sus frutos y su sombra, se consumía ardiendo. Su curiosidad pudo más que el miedo y se acercó. sintió que ese fuego le daba calor pero no le hacía daño; se acercó para tocarlo (siempre su curiosidad podía más que el miedo) y al hacerlo sintió un intenso dolor; huyó despavorido. Pero se recuperó y volvió al lugar; quería saber qué era eso; ya no lo tocó. Estuvo junto a él observando y vio que la ramas más secas se consumían más rápido. Juntó coraje y tomando una gran rama con el extremo encendido, regresó en busca de sus compañeros...

Esta escena es ficción pero pudo muy bien haber sucedido hace miles, o quizás millones de años. No se sabe con certeza cuándo se descubrió el uso del fuego; pudieron los australopithecus (mono del sur), unos homínidos que vivieron hace aproximadamente 3.600.000 años y habitaban en África del Sur, conocer el uso del fuego, pero no lo sabemos con seguridad. Los restos fósiles de esta especie prueban que ya andaba erguido; eran bípedos erectos que se alimentaban de frutos (se sabe por la forma y desgaste de sus dientes) y una rama de ellos comía carne de animales además de frutos (australopithecus grácil o africanus). Esta especie carnívora, o más bien omnívora, tuvo más viabilidad (vivió durante mucho más tiempo) que la especie herbívora exclusiva (australopithecus robustus).

Quizás de esto podemos deducir un principio nutricional que aconsejaría ser omnívoro, es decir, comer de todo (carnes blancas y rojas, hortalizas, cereales integrales, frutas, leche, huevos, etc.) en proporciones adecuadas y balanceadas.

Sabemos que el homo erectus (vivió hace menos de un millón de años) utilizó el fuego y tuvo mucho éxito como cazador de grandes presas. El fuego una vez descubierto y advertida la posibilidad de su uso para proporcionar calor, sirvió también para protegerse del ataque de animales más grandes y feroces. En algún momento ese homínido primitivo descubrió que la carne al asarse al fuego era más sabrosa; tuvo de esta manera otra aplicación del fuego. El fuego también le sirvió de iluminación. Hay fósiles de homínidos junto con restos de animales y cenizas. En épocas mucho más recientes comenzó la metalurgia, es decir, con el calor del fuego hacer la combinación de metales cada vez más duros para la fabricación de armas y utensilios de uso cotidiano. Con la utilización del fuego comenzó un largo camino que conduciría a los albores de la civilización. Pero, ¿qué pasó en ese relato del comienzo? Un hecho fundamental: la curiosidad del homínido primitivo. El impulso de investigar para lograr conocer un fenómeno determinado. Es el germen de toda labor científica. Ese ser que pudo en algún momento del tiempo prehistórico vencer el miedo, el terror a lo desconocido y, motivado por la curiosidad, utilizar un elemento como el fuego para darse calor, para defenderse de otros animales, para cocinar su alimento, para iluminarse (!)...

 

El cielo

Echado en la hierba, con los ojos muy abiertos, miraba hacia el cielo nocturno. Veía infinidad de puntos luminosos que ardían como fuegos. El pensaba que eran fuegos del cielo; a veces un fuego cruzaba rápido y caía en el horizonte. Un fuego mucho más grande que brillaba con reflejos plateados e iluminaba la noche lo tenía absorto. ¿Cómo podía un fuego sostenerse allá arriba? Muchas noches él veía los fuegos del cielo; se imaginaba que un gran manto negro lo cubría y esos puntos brillantes eran agujeros por donde el fuego del cielo se filtraba. ¿Habría alguien como él allá arriba? ¿Podría algún día volar como los pájaros para ir allí?

El homínido primitivo veía un cielo nocturno mucho más estrellado, pues la atmósfera terrestre estaba más despejada de luces y gases como los que tenemos ahora en las grandes ciudades modernas. Quizás en el campo o en los desiertos podamos hoy ver el cielo en todo su esplendor. El preguntarse por los astros, mucho tiempo después, dio origen a la ciencia astronómica primitiva. Pueblos como los babilonios y los egipcios observaban el cielo. Desde que hay registros históricos el hombre miró el cielo con temor y curiosidad. Se tejieron infinidad de fábulas y leyendas sobre los astros. Primero fue el Sol, el astro más grande y brillante, que resulta imposible mirar, salvo al amanecer o al atardecer, el que cautivó a los humanos. Tan importante fue para la imaginación que se constituyó quizás en el primer dios que se adoró. Los mitos y leyendas solares son el comienzo, en el tiempo, de las más elaboradas religiones posteriores. En todas éstas encontramos elementos de luz y calor, con reminiscencias solares. De los cultos solares pasamos a los que adoraban a la Luna, también otro astro que se destaca netamente en el cielo, pero con una característica especial, pues cambia aparentemente de forma e incluso desaparece de la visual (luna llena, cuartos crecientes y menguantes y luna nueva). Estos cultos dieron origen a infinidad de mitos y fábulas donde la imaginación suplía a la observación directa. No obstante, la fantasía ayudó a que se sistematizara un cierto conocimiento del cielo, al unir estrellas con líneas y "ver" formas conocidas: son las constelaciones. Todo esto es sólo un efecto aparente pues las estrellas que forman dichas constelaciones o figuras están a muy distintas distancias de nosotros, hecho apreciable por su diferente magnitud (brillo más o menos intenso). Pero el primitivo observador necesitaba "ver" figuras en el cielo como las cosas observables en la Tierra. Él ponía esas figuras allí. empezó a relacionar esas figuras con la vida humana y su devenir: comenzó la astrología. El cielo era sagrado con las estrellas fijas (se creía que estaban en una esfera de cristal) mientras que los planetas se movían con respecto a las estrellas fijas. Se creía que esos planetas móviles (Venus, Marte, Júpiter, muy luminosos y de gran visibilidad) eran dioses poderosos que influirían sobre los seres humanos; a través de la astrología se podría conocer el deseo de los dioses. En un principio era un intento de explicación pero luego con el advenimiento de la moderna ciencia astronómica y el invento del telescopio fue quedando relegada hasta el instante actual donde en forma clara y evidente la astrología es una pseudociencia carente de todo contenido científico.

El homínido primitivo creía quizás que las estrellas eran fuegos como los de la Tierra. La realidad es algo parecido; las estrellas son gigantescas masas de gases (hidrógeno y helio, principalmente, que están en combustión permanente con enormes explosiones termonucleares) que generan calor, luz y pueden dar vida como en el caso del planeta Tierra. Esa vida evolucionando (la evolución ya es un hecho comprobado por las ciencias, no una teoría) puede llegar a ser consciente y producir un ser como nosotros, que investigue y se pregunte.

Si el homínido se preguntaba cómo un fuego podía sostenerse allá arriba, hoy sabemos, gracias a las deducciones de Isaac Newton (siglo XVII) que existe una ley de gravitación universal. Newton descubrió la ley de la inercia: un objeto en movimiento en una línea recta lo sigue haciendo hasta que algo lo desvíe. newton pensó que si la Luna no salía disparada en línea recta se debía a que otra fuerza la empujaba en dirección a la Tierra desviando constantemente su camino en forma de círculo. Llamó a esa fuerza gravedad. Probó que la misma fuerza que hacía caer una manzana sobre la Tierra mantenía en su órbita a la Luna; por eso la llamó universal; la misma ley de gravedad es válida en cualquier parte del universo. Además es una ley de cuadrado inverso, pues esa fuerza disminuye inversamente al cuadrado de la distancia. Si dos objetos están al doble de una distancia anterior, la gravedad que los tiende a juntar es una cuarta parte de la de antes y si los colocamos 10 veces más lejos, la gravedad es diez al cuadrado (102 = 100) es decir, 100 veces menor. La gravedad disminuye con la distancia y por eso un cometa se mueve lentamente cuando se halla lejos del sol y lo hace con rapidez cuando está cerca de él.

También el primitivo se preguntaría, quizás, si podría volar hacia los fuegos del cielo; hoy los vuelos espaciales son una realidad e incluso hay naves como el Voyager 2 que navegan hacia los planetas exteriores, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno, Plutón, y que luego abandonará nuestro sistema planetario para internarse en el espacio interestelar.

 

Inter-relación

Cuando el habitante de las cavernas buscaba su alimento y recogía los frutos que veía caer de los árboles, simplemente comía la manzana. Para él era importante satisfacer su apetito. El fruto caído del árbol era el medio más simple para calmar el hambre prehistórico.

Millones de años más tarde, en 1666, Isaac Newton también vio caer una manzana. Su apetito ya estaría calmado por millones de años de evolución y también por su situación social (no olvidemos que era un caballero de Gran Bretaña); el mismo hecho (la caída de un fruto) y sin embargo la trascendencia del descubrimiento de Newton para el desarrollo de las ciencias modernas fue, valga la ironía, de "gravitación universal". A partir de Sir Isaac Newton se comprende mejor el universo que habitamos. Preguntado Newton cómo llegó a su sensacional descubrimiento dicen que contestó: "Simplemente, pensando en ello". Yo me atrevería a agregar que, además de pensar, lo cual supone deducir (de lo general a lo particular) o inducir (de lo particular a lo general), es decir, razonar, es necesario saber observar. Una percepción afinada y refinada de la realidad. No ver las cosas con pre-conceptos o pre-juicios o como queremos que sean, sino, por el contrario, ver todas las cosas como son en realidad, con objetividad y no en forma subjetiva.

Cuando en la Edad Media veían "salir" el sol a la mañana por un lado (Este) y "ponerse" por el otro (Oeste) sacaban la conclusión de que el sol se movía junto con la "esfera de cristal del cielo". La Tierra era plana y quieta (geocentrismo). El hombre, habitante supremo de la Tierra y "rey de la creación" como centro del mundo (antropocentrismo). Las personas que despedían a los marinos en los puertos veían alejarse a los buques a vela y quizás veían que lo primero que se perdía en el horizonte era el casco y luego, lentamente, la vela y el mástil de la nave. Pero no deducían de esta observación que si lo primero que se perdía a la vista era el casco, podía entonces la Tierra ser curva o redonda. Imaginaban pozos con monstruos marinos. Las fantasías eran muchas, pero siempre hubo intrépidos navegantes que desafiaban el peligro: Colón, Magallanes, Elcano, demostraron con los hechos que partiendo hacia el Oeste se podía regresar por el Este. Es probable que ellos lo hicieran no para demostrar hipótesis científicas, sino por simple aventura, pero fueron útiles por los descubrimientos que efectuaron.

Finalmente la gran deducción: Copérnico y su concepción de que el Sol y no la Tierra era el centro del universo; mejor aún, el Sol es el centro de nuestro Sistema Planetario. La Tierra quedó relegada a ser un simple planeta (el tercero desde el Sol): que era redonda (como todos los astros) y que giraba en órbita alrededor del Sol. El ocaso definitivo del geocentrismo y del antropocentrismo...

 

Comparación

Los datos que nos aportan ciencias como la Paleoantropología, la Física, la Astronomía, nos ayudan a comprender mejor la evolución y nuestro desarrollo hacia la actual civilización tecnológica. A partir de la observación venciendo los miedos internos y amenazas externas, el ser humano ha podido crecer. La curiosidad, el deseo de saber, ha motivado este proceso. Desentrañar los "misterios" de la naturaleza es tarea ardua, difícil, costosa, con largos intervalos de represión y oscurantismo. Quizás la verdad se abre paso a la larga y los hechos van lentamente consolidando un conocimiento. Pero ahora estamos en los albores del siglo XXI; no podemos quedarnos; el desarrollo de las ciencias es vertiginoso; la tecnología supera la más audaz imaginación de épocas históricas anteriores. Estamos en los umbrales de abandonar el Planeta-Madre de la especie humana. Quizás dentro de pocos decenios estaremos afincados en la Luna y en el planeta Marte. Hay estudios serios y no muy costosos para transformar a Marte y hacerlo habitable, con atmósfera y agua vitales para la vida vegetal y animal.

Tenemos un desafío: no autodestruirnos. Respetarnos a nosotros mismos.

El primitivo buscaba alimento para subsistir; sus herramientas y armas comenzaron desde una simple piedra. Tomando la piedra del suelo, quizás la arrojaba hacia otro animal o hacia un fruto colgante de un árbol. Pero el solo hecho de comprender cómo con la piedra podría obtener un resultado ya indica un germen de raciocinio. Hasta los actuales primates (chimpancés, gorilas y orangutanes) usan muchas veces ramas caídas para hurguetear en hormigueros y arrojan piedras o ramas e incluso usan éstas como garrotes.

Piense el lector que cualquier hecho que podamos conectar con otro nos sirve para aprender.

El pequeño secreto es observar aún los finos detalles, lo que aparece como sin importancia, yo diría, hasta lo superfluo y más aún, hasta lo que rechazamos en nuestro primer contacto.

Y el gran secreto es precisamente éste: todo dato que rechazamos en primera instancia deberíamos analizarlo, aislándolo y exagerándolo, como campo ampliado.

Las ciencias en el transcurso de la Historia se han autocorregido, porque han tenido en cuenta todos los detalles y han aceptado la prueba como elemento definitorio.

Hacer ciencia es, en cierto sentido, un trabajo detectivesco; indagando, dudando, viendo las cosas como son, comparando, probando, pero por sobre todo, corrigiéndose, aceptando lo claro y evidente.

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