4. AUGUSTO LECÓN EN ACCIÓN.

En camino a casa pasamos por un parque y decidimos bajar del taxi para deambular un poco y oxigenar nuestros pulmones. Durante el rítmico andar (dicen los médicos que es tan útil como trotar) intercambiamos ideas sobre la entrevista con Hugo y la excursión que emprenderíamos al día siguiente por orden del jefecito..., (de últimas Hugo era, a su modo, un intermediario en la jerarquía del poder). Caminando Augusto contó algo que me había pasado inadvertido, lo cual probaba las cualidades de mi amigo y mis carencias. Parece que cuando las bellas secretarias buscaban el archivo alfa g. en la computadora el bueno de Lecón, en vez de solazarse con las señoritas como hice yo (lo cual prueba mi estupidez), observó detenidamente..., la pantalla y retuvo el grueso del texto en su memoria. El informe alfa g. hablaba de cuestiones muy diferentes al planteo que hacía Hugo con respecto al atentado y a nuestro quehacer. Decía, por ejemplo, que el atentado se haría con gente del país y no como se dice oficialmente que serían fundamentalistas ingresados al país clandestinamente. De esto se podía deducir que los grupos paraestatales tendrían algo que ver y que podrían estar fuera de cauce o de control. La razón es que las personas que integran (en casi todos los países es igual) estos grupos de acción (¡bueno de "inteligencia"!) son de extrema derecha o similares. En general se reclutan hombres, a veces mujeres, de probada acción y ejecutividad; su nivel agresivo es notorio y suelen salirse "de sus casillas" (¡sí, como los canes!). Si bien mantienen la jerarquía, obedecen al superior, en oportunidades actúan por su cuenta ocasionando un claro perjuicio a los intereses del Estado respectivo. El deslinde entre el accionar por su cuenta y el acatamiento de órdenes puede ser muy sutil y no detectable con precisión. Generalmente allí, en la duda de sí hubieron o no órdenes, se prefiere usar el mecanismo, tan desarrollado, de la impunidad. Estos señores pululan en todos los países, sin excepción. En una oportunidad un amigo me comentó que quizá se salve de operar así algún país centroeuropeo por su control financiero a través de la exquisita telaraña de su neutralidad pero yo no considero válida esta opinión. Lo concreto es que muchas veces los ciudadanos están a merced de la acción desatada por el arbitrio de algunos; los mecanismos de defensa operan con extremada lentitud y suelen llegar demasiado tarde: las pruebas quedan diluídas. Sin prueba no hay pena para el presunto delincuente; las leyes prefieren a un delincuente en libertad que a un inocente en la cárcel por ello es tan importante la cuestión de la prueba. La tarea de muchos es eliminar las pruebas o, a veces, fabricarlas para incriminar a un inocente; éste es el meollo del asunto. Si este sistema de eliminar las pruebas no da resultado opera entonces en última instancia el recurso de la impunidad. Pero la impunidad sólo puede llevarse a cabo cuando hay poder. En algunas partes no basta con el poder económico, éste debe coexistir con el poder político o religioso. Suele también usarse el método de penas bajas en función del delito cometido; en este sentido nos sorprende la publicación de sentencias de pocos años por homicidios con agravantes que hubiesen requerido una pena ostensiblemente mayor; esto comprobaría una forma amenguada de impunidad bastante extendida. Pensar que un solo país tiene todos estos mecanismos es ingenuo; el comportamiento del ser humano es universal aún cuando tuviere matices.

La ojeada de Lecón sobre el informe alfa g. también permitía presumir que la investigación encomendada a nosotros era una pantalla para encubrir a los verdaderos responsables. Se entendía que nuestro trabajo permitiría acceder a algún ejecutor o intermediario bajo; los altos y con mucha más razón los "cerebros", no serían tocados. Cabía la posibilidad de que todo esto fuera obra del azar y no de la intencionalidad de algún funcionario pero los intereses del Estado siempre están por encima de los intereses particulares por más importante que fuese este particular; un "chivo expiatorio" que cargara con las culpas y todo seguiría igual; total en todos lados es lo mismo... Por el momento la búsqueda de las arañas no sería la tarea.

Con muy poco equipaje, sólo un bolso mediano cada uno, partimos en un ómnibus; es un grave error viajar con muchas cosas pues suele suceder que no se usen y ser por ello un estorbo. Yo prefería viajar en el automóvil entregado por Hugo. Lecón insistió hacerlo por medio de transporte público. Razonaba que así pasaríamos más desapercibidos y podríamos maniobrar mejor; con menos comodidad pero más seguridad. De todas maneras el trayecto era muy corto pues el pueblo quedaba a escasos kilómetros, la cuestión era la movilización dentro y en los alrededores de la villa. Lecón decía que caminar es un buen ejercicio y que los automóviles llamaban más la atención; de últimas podríamos usar bicicletas (!); este Augusto hace honor a su nombre.

Así, como pintorescos turistas ingresamos a un pueblo típico de las zonas rurales cercanas a la gran capital. Una vez allí comprobamos que casi todos los pobladores tenían automóvil para movilizarse, salvo los muy pobres que habitaban en los arrabales, siendo éstos muy numerosos, y que usaban..., bicicleta. No había línea de transporte público interior pues el pueblo era muy pequeño; sólo un ómnibus llevaba pasajeros por la mañana a un balneario construído sobre un río cercano pero únicamente en época estival y regresando al anochecer.

En la diminuta terminal de ómnibus nos informaron que había un solo hotel con las mínimas condiciones requeridas por nosotros, es decir habitación con baño privado. Como era pleno verano y el balneario del río cercano, según los pobladores, constituía un gran atractivo turístico el hotel estaría muy concurrido, preguntamos sobre otra manera de hospedarse. La respuesta fue: en casa de familia. Un muchacho muy amable nos recomendó una que resultó ser excelente para nuestros propósitos. La dueña era una persona circunspecta, muy raro esto en un pueblo pues casi todos ellos son cultores expertos del chisme. Conseguimos una habitación muy amplia y con baño privado; además tenía la ventaja de dar a la calle lo cual permitiría el ejercicio, por parte nuestra, del culto al chisme como corresponde. En realidad no era chiste: mirar a través de las persianas semicerradas nos permitiría observar sin ser observados. El trabajo, en gran parte, sería recolectar información sobre la gente pues Hugo sospechaba que los habitantes sabían mucho de las actividades desarrolladas en la estancia y que apañaban a los estancieros. Como era lógico comenzó de inmediato el asedio visual sobre nosotros; para evitar alguna interpretación errónea sobre la calidad de turistas optamos por ir de inmediato al balneario. Alquilamos bicicletas en un negocio ubicado frente a la plaza principal y de allí partimos al río con ánimo de gozar un poco de las caricias del sol. El lugar era muy agradable por la gran cantidad de árboles que cubrían una orilla mientras que del lado opuesto se extendía la playa, con arena colocada hábilmente por los pobladores pues el fondo del río era de tierra. Abundantes comodidades para las familias con niños ya que la infraestructura era casi completa: baños, bar, quinchos, sombrillas; todo organizado para solaz de los habitantes y turistas. Demasiado quizá para pueblo tan chico... Los recursos de la municipalidad no serían copiosos como para tanto despliegue. De inmediato pensé en el "generoso" aporte del dueño de "Las margaritas".....

-Parece que el estanciero quiere una buena pantalla-. Murmuró Lecón bajando de su bicicleta.

Era evidente que los dos pensábamos de idéntica manera. Por otra parte las construcciones que se habían hecho excedían en mucho a las reales necesidades de la gente. Un puente nuevo unía ambas riberas y en la zona del bosque caminos asfaltados llevaban por recónditas y maravillosas grutas hechas con piedras de enorme tamaño. Este paseo lo hicimos al incitar yo a Lecón para que abandonase su desgano pues se había echado sobre la arena al instante de bajar de su bicicleta. Permaneció así media hora mientras yo caminaba por la playa pispeando; a mi regreso le pedí atisbar del otro lado.

 

-¿Qué averiguaste en tu paseo?- Preguntó Lecón en tono intrascendente.

-No mucho. Sólo que las mallas de las mujeres son exquisitamente reducidas-. Respondí medio aturdido por tanto bienvenido destape.

Atravesamos el puente y nos internamos en el bosque por los sinuosos senderos, regodeándonos con el trinar de variadas especies de pájaros.

-Y tú qué encontraste tumbado al sol, ¿qué las mallas son más pequeñas desde abajo?- Inquirí con sorna.

-Los abundantes hombres que cuidan el lugar llevan, debajo de su chaqueta de hilo blanco, poderosas pistolas de grueso calibre; algunos las calzan a la espalda para disimular el bulto. Otros llevan, debajo de sus pantalones largos también de hilo blanco, pequeños revólveres y dagas calzados en fundas sujetas a las pantorrillas. Las bellas mujeres que tanto te encandilaron son contratadas para entretener turistas y barrunto que debe haber un prostíbulo aledaño para cumplimentar y redondear el negocio del espléndido balneario que nos "regalan". Probablemente el festín de drogas químicas cierre el círculo de la producción de este antro-. Afirmó Augusto Lecón mirándome y esbozando una sonrisa levemente irónica.

Las grutas construídas adentro del bosque con grandes bloques de piedra eran un vía crucis, muy lujosamente ornamentado, que daba cita a gran cantidad de creyentes de todo el país. Una señora que estaba orando en una de las estaciones del via crucis al vernos con las bicicletas nos indicó que así no tendríamos resultado en nuestros pedidos; para pedir y que nos sea otorgado se debía hacer caminando. Augusto Lecón le contestó: -querida señora, en bicicleta es una reciente variante del pedigüeñismo; según el padre Leonardo Castellani (testigo fehaciente de los pedidos de Santa Teresa de Jesús) Dios se podría molestar con tanto pedido; en bicicleta es más rápido y por consiguiente se pide menos-.

Al regresar a la zona de la playa con la blanca arena traída del trópico en cuatro enormes camiones con acoplados (así nos informó el consignatario del bar) tuve oportunidad de comprobar las aseveraciones de Lecón con respecto al armamento del personal de custodia. Mis movimientos no son, a veces, muy delicados y suelo chocar, al girar sobre mí mismo con rudeza, con personas o cosas; pues bien en este caso impacté con ambas: un robusto custodio y su arma calzada en la cintura pero a la espalda. El "señor" rotó, obvio con más rudeza que yo, y no me pegó un puñetazo pues se percató de inmediato de lo enclenque de su fugaz contendiente: yo estaba con pantalón de baño y sin remera. Mi masa muscular es poca, aún cuando tengo hombros anchos, y soy delgado casi tanto como el escuálido Lecón. Pedí disculpas enseguida y el altercado finalizó aunque el gesto del caballero de llevar la mano derecha a su espalda podría haber terminado en tragedia.

Llevamos nuestras bebidas a una mesa con sombrilla que bordeaba el río algo alejada del bar y desde allí vimos como se producía lo que Lecón había vaticinado antes. Las señoritas establecían fácilmente relación con señores la mayoría de las veces maduros que concurrían en gran cantidad; eso sí, la zona para las familias estaba "protegida" por originales cercos de tupida vegetación que delimitaban los respectivos territorios. La playa franca era donde estábamos ubicados nosotros y a lo lejos se veía retozar a los niños en juegos especialmente confeccionados para ellos con gran imaginación: toboganes que descendían sobre el río en trayectos acaracolados, escolleras con tubos en los costados para deslizarse y caer al agua con estrépito, una diminuta bahía con calesita acuática que era el deleite de los más pequeños. Era increíble la tranquila convivencia de las dos playas y el bosque con el vía crucis; la paz y el orden custodiados por expertos.

La tarde expiraba con rojas llamaradas que vestían de fuego las rocas colocadas en medio del río para simular rompientes; el agua fluía con ligero estruendo al llegar a ellas y su música enmarcaba al lejano coro de voces infantiles. El paradisíaco momento fue disfrutado en silencio por los dos. Lecón entornaba sus ojos para captar en todo su esplendor los reflejos sobre el agua que se multiplicaban por doquier. La reverberación en los musgos que cubrían las peñas esparcía más luz y yo también entorné los ojos. Llegué tarde.

Ya Augusto Lecón había descubierto en la juntura entre dos piedras algo que, luego de un brinco y ágil corrida, depositó ante mis ojos: una bolsa de polietileno cerrada herméticamente. Adentro centelleaban como gemas los gránulos de un polvo blanco similar a la cocaína...

Al percatarse de que nadie nos veía, Augusto Lecón extrajo su consabido cortaplumas múltiple y con maestría de cirujano produjo una incisión en la delicada piel del débil polietileno; la blanca sustancia comenzó a fluir en cascada mientras Augusto Lecón levantó la bolsa y en alegórico brindis dijo: -por los niños que juegan en la otra playa-. Sus dedos apretaron con más fuerza; la cascada se hizo catarata que se desvaneció y luego se diluyó en el agua del río. La corriente desmaterializó el veneno.

-El agua se lleva más de un millón de dólares-. Dije con fingida tristeza y manoteando con gesto teatral arrodillado al borde del río.

-¡Cuántas bolsas como ésa tendríamos que "operar"!- Exclamó Augusto Lecón contemplando su cortaplumas y luego guardándolo.

Nos miramos y no pudimos contener alguna lágrima furtiva. El dolor humano se hace insoportable y si se piensa en niños sufriendo...

Permanecimos algunos minutos en silencio. Los ojos de Lecón comenzaron a saltar nuevamente de un lugar a otro buscando pero se iba haciendo de noche y debíamos retornar con premura al pueblo.

Cenamos en un pequeño restaurante ubicado..., sí, frente a la plaza; los lugareños llamaban al lugar: "la vuelta del perro". Esta plaza era rectangular, ocupaba una cuadra de largo por unos cuarenta metros de ancho. La gente, en coches, en bicicleta o a pie, viraba en redondo varias veces ya sea por la calle o por la vereda; era el paseo principal. Quien no hiciere al menos dos o tres "vueltas del perro" por las noches no era considerado un buen poblador. La cena fue excelente por la calidad y por la cantidad; parecía que les habíamos caído en gracia a los dueños pues nos invitaron con una copa de champaña a los postres. Con esta excusa el señor "Natucho", así le llamaban al dueño, comenzó un diálogo con claras connotaciones inquisitorias. Por supuesto tanto Lecón como yo contestamos muy amablemente sus preguntas pero con total inocuidad; la información que logró obtener el pobre hombre fue tan inútil aunque expuesta con palabras tan rimbombantes que seguro quedó satisfecho. En sentido contrario logramos obtener del gentil "Natucho" y sobre todo de su esposa, "La Chiqui" (una señora de escasa estatura y bastante gordita), un retrato de todo el pueblo menos de quienes más nos interesaban: los dueños de "Las margaritas". Logramos percibir que existía un pacto de silencio; sin embargo esta actitud revelaba una connivencia y una complicidad carentes de justificación. Lecón pensaba que se trataba de miedo a represalias; yo, conforme con mi tesis de enfermedad social, consideraba que era una sociopatía. La ausencia de responsabilidad moral y de culpa lo estaban indicando. La actuación de "Natucho" y "La Chiqui" revelaba que sabían todo lo que estaba sucediendo en el pueblo pero lo aceptaban como "bueno" para los intereses de la comunidad. Al menos se vivía con paz y orden, además de cierta prosperidad. "Todas las calles están asfaltadas hasta las del vía crucis en el bosque del balneario", recalcó "Natucho" con gesto de orgullo y haciendo una morisqueta final.

Nos retiramos del restaurante y cansinamente dimos la "vuelta del perro" bajo la atenta mirada de los compañeros de aventura. Era toda una hazaña deambular por la vereda de la plaza. La gente caminaba apretujada pues todos se congregaban a la misma hora; sin advertirlo nosotros coincidimos en el horario del sagrado ritual. Para no ser menos dimos cinco vueltas en lugar de tres o cuatro como los demás; este dato nos consagró en su liturgia como los "flacos incansables".

Al día siguiente decidimos introducir una suave variante en nuestro comportamiento: en lugar de ir al balneario, a pesar del magnífico día, paseamos con las bicicletas por el pueblo y sus márgenes. La intención era merodear cerca de "Las margaritas" pero sin entrar, por el momento, en ella. Para no despertar sospechas iniciamos el recorrido por el lado opuesto al que se encontraba la estancia. El pueblo era un dechado de virtudes: las calles todas asfaltadas, como lo había dicho "Natucho", la limpieza era total, ni un solo papel en el suelo, los árboles oxigenaban y ornamentaban, las casas nuevas o casi, los locales comerciales concurridos, la prosperidad aparecía por doquier. Algo me llamó la atención: no había carteles de propaganda política, de ningún partido. Sólo el nombre del intendente, un tal "Cacho", vimos pintado en un paredón (al nombre se le añadía la frase: "vamos todavía"). Supimos que "Cacho" era el intendente pues le preguntamos a un niño que retozaba en la vereda con un sofisticado juguete y el párvulo nos contestó: "este juguete me lo regaló "Cacho" es el mejor intendente del mundo; mi papá siempre lo dice" y siguió traveseando. Los niños pueden ser una excelente fuente de información. Repiten los dichos de los padres y no suelen engañar, al menos no tanto como los adultos. Inclusive pueden ser compinches de mayores que los comprendan y respeten. Lecón tenía peculiares condiciones para tratar a los chiquillos; además de comprenderlos y respetarlos le encantaba enseñarles con sus grandes cualidades docentes. En realidad él amaba a los seres humanos y en especial a los niños. Esto último lo pongo en consideración pues casi al salir del pueblo por el lado norte ("Las margaritas" quedaba al sur) un muchacho de unos catorce años se nos acopló y con su bicicleta de carrera nos incitó a correr. Tanto Lecón como yo hacía mucho tiempo que no andábamos en bicicleta y nuestro accionar era bastante tímido ya que sólo a una velocidad media nos sentíamos tranquilos. La idea de correr fue desechada de inmediato por mí con una mueca. Sin embargo Lecón aceptó el envite y salió disparado como una flecha seguido del adolescente. A los pocos metros frenó y simuló caer; ya lo conocía bastante a Augusto como para advertir que se trataba de una farsa. El muchacho detuvo su marcha y acudió a socorrerlo pues se sentiría culpable de ser el promotor del accidente. Al llegar yo junto a ellos ya se encontraban enfrascados en animada charla.

"Beto", lo nombraban sus camaradas y él quiso que nosotros, sus nuevos amigos, también lo llamáramos así. Luego de "reponerse" Lecón (tardó un poco en caminar normal) decidimos marchar hacia..., el otro lado. La estancia era nuestro objetivo y los tres alegremente reiniciamos el ahora tranquilo andar. Atravesamos el pueblo bajo la vigilante mirada de señoras que, sentadas en banquillos (!), observaban todo el acontecer. Sería pasado el mediodía cuando dejamos atrás las últimas casas y rumbeamos directo hacia la estanzuela. El camino, cosa extraña, no estaba asfaltado; la tierra, muy bien apisonada, permitía el acceso aunque despacio y cuidando esquivar algunas piedras grandes y pozos. Era evidente que la bicicleta no era el medio adecuado para llegar. Lecón preguntó a "Beto" que sucedía en días de lluvia con el camino y éste le respondió que, salvo lluvias muy persistentes, no había problema pues la calle tenía una curvatura que impedía el estancamiento de las aguas y a los lados, en las banquinas, había acequias que desparramaban el agua hacia los campos. Efectivamente corrían acequias paralelas al camino. "Beto" nos dijo que el río también tenía canales de desagote que llevaban el agua al campo en caso de crecidas; esto impedía las inundaciones y regaba los cultivos ya que a veces la crecida no se producía por lluvias. Esto último me pareció raro ya que no había montañas o sierras altas con deshielos. ¿De dónde vendría el agua para hacer crecer el río si no llovía? Miré a Augusto y advertí en él una idéntica expresión de perplejidad. Faltarían unos seiscientos metros para llegar a "Las margaritas" cuando de un costado del camino surgió una robusta figura con una gran escopeta al hombro; se interpuso con los brazos en alto y nos preguntó adonde íbamos. Contestamos que estábamos paseando por los alrededores del pueblo cuando vimos el camino de tierra y quisimos saber hacía donde conducía pues nos pareció muy pintoresco (la arboleda que lo circundaba era realmente hermosa). El personaje con apariencia de cazador luego de observarnos minuciosamente pareció tranquilizarse (sus primeras palabras fueron bastante imperiosas); la causa del cambio probablemente se debió a la presencia de "Beto" a quien sin duda reconoció pues sonrió levemente al mirarlo. Luego de algunos instantes de tensa expectación el cazador nos señaló que el camino conducía a la estancia "Las margaritas" que era una propiedad privada y muy exclusiva. Al preguntarle Lecón ¿qué entendía por exclusiva?, el señor, rascándose la cabeza y luego de vacilar unos segundos señaló que la dueña no deseaba visitantes. "En ese caso regresamos al pueblo para no molestar", expresó Lecón con una cándida sonrisa y girando su bicicleta nos conminó, amablemente, a "Beto" y a mí a volver para "no perturbar la tranquilidad de la joven señora". El cazador se dirigió a Lecón, tomando la bicicleta por el manubrio para impedir su partida, preguntándole cómo sabía él que la señora era joven. Augusto, poniendo su mano derecha en el hombro del corpulento espécimen, le dijo dulcemente: "pero amigo, Ud. lo mencionó recién ¿acaso no lo recuerda?" El individuo se echó a un costado rascándose la cabeza mientras los tres, a mediana velocidad, regresamos al pueblo.

Al topar con una piedra mi bicicleta se ladeó y tuve que frenar. Aproveché para hablarle a Lecón, quien se acercó solícito para ayudarme, y en tono bajo casi murmurando pues "Beto" había estacionado a unos metros esperándonos y no deseaba ser escuchado por él, lo felicité por la hábil manera conque extrajo del cazador el dato (la juventud) sobre la dueña de "Las margaritas". Augusto, cómplice, guiñó un ojo y comentó: -pobre..., debe estar todavía pensando sobre si lo dijo o no lo dijo pero es un dato importante para la investigación-. Yo sonreí aunque no comprendía bien qué tan valioso era. Augusto Lecón ya estaba en pleno proceso de hilvanado de una pieza de impecable originalidad.

Ya en el centro del pueblo fuimos al bar para tomar alguna bebida refrescante pues hacía muchísimo calor. La "Chiqui" se nos acercó amablemente mientras Lecón exclamaba en voz alta: -¡qué calor hace hoy!-

-Les traeré refrescos como los de ayer pero con mucho hielo, ¿les parece bien?- Manifestó la "Chiqui" cortésmente.

-¿Tienen problemas de agua corriente en el pueblo? ¡Con este calor sería terrible!- Dijo Lecón.

-¡Qué va! En el pueblo tenemos bombas poderosas que mantienen el caudal de agua potable-. Expresó la "Chiqui" orgullosa.

-¡Qué maravilla! ¿Dónde están las bombas?- Preguntó Lecón con la boca abierta y en tono de máxima candidez.

-Cerca del balneario..., pero..., ¿para qué quiere saberlo? Es zona prohibida no se la puede visitar- Manifestó la "Chiqui" mirando a Lecón de soslayo y con una sombra de sospecha.

-Ud. sabe que los turistas queremos conocer todo-. Dijo Lecón con una amplia sonrisa y un gesto de las manos mostrando ambas palmas. Y agregó en tono de admiración que hizo sonreir a la señora: -¡este intendente es un prodigio!-

Mientras "Beto" tomaba su refresco y nosotros lo imitábamos aunque con los ojos y los oídos atentos, llegó al bar "Natucho" aparentemente fastidiado. Se acercó a unos parroquianos que jugaban a las cartas en una mesa lindante y les susurró (por más esfuerzo que hicimos no logramos escuchar nada) algo tan importante que todos dejaron de jugar y se retiraron en compañía de "Natucho". Durante este lapso el dueño del bar no se acercó a saludarnos; esto me pareció extraño pues seguro que nos había visto al entrar. Era probable que la noticia fuera tan especial que su vista no nos registrara o también que su enfado fuere con nosotros. Ante la duda debíamos apurar las cosas; esto fue lo primero que se me ocurrió. Miré a Augusto con impaciencia y me di cuenta de que él se hallaba en idéntica situación pues comenzó a observar el reloj con insistencia. "Beto" se había levantado a conversar con unos amigos y parecían muy entretenidos pues reían con entusiasmo.

-¡Era como yo lo imaginaba!- Repentinamente susurró Lecón en mis oídos.

-¿Qué imaginabas?- Pregunté intrigado.

-Lo de las bombas para el agua: cumplen dos funciones. La primera irrigar los campos, a través de las acequias, cuando no llueve-. Explicó Lecón aunque dejando inconclusa su exposición y ensimismándose en hondas cavilaciones.

Lo dejé pues aprendí a conocerlo y a respetar sus estados reflexivos imprevistos pero quedé con la incógnita. Luego de algunos minutos lo vi escudriñar con avidez a la dueña del bar que se había puesto a conversar con dos señoras distinguidas que entraron muy excitadas; aproveché esta circunstancia para dilucidar la segunda función de las bombas según Lecón.

-¿Y la segunda función de las bombas?-

Lecón me miró con expresión de niño sorprendido en alguna travesura y luego con pícara sonrisa dijo: -me extraña Javier..., es claro y evidente-.

Las intrusas se retiraron precipitadamente. Augusto se levantó, apurando el resto del refresco con prisa, y tomándome del brazo con vehemencia ordenó: -Javier, paga rápido a la "Chiqui" que debemos seguir a las señoras-.

Lo claro y evidente es que me sentí molesto: ¿se nota?

"Beto", al vernos salir tan rápidamente, nos siguió sin preguntar. Ya en la calle montamos las bicicletas y, a la distancia, seguimos a las damas que subieron a un vetusto automóvil y marcharon con lentitud por una calleja lateral a la plaza. Al llegar a la esquina doblaron en dirección oeste por un sendero asfaltado que permitía el paso en un solo sentido; se detuvieron frente a una casa mucho más grande que las demás y descendieron. Lecón, silbando una alegre melodía, pasó de largo y las saludó con un gesto de su mano izquierda y su ya clásica cándida sonrisa. Las damas le respondieron, aparentemente halagadas, con un ademán cortés y penetraron en la gran casa.

A unos ochenta metros Augusto frenó su marcha; "Beto" y yo lo imitamos y nos echamos en el pasto a la sombra de un exuberante nogal. Lecón permanecía de pie y observaba con disimulo, probablemente por la presencia del muchacho o de algún otro atisbador, la entrada de la enorme residencia. Ésta era una gran mansión; con jardín al frente exquisitamente cuidado; a un costado se elevaba la casa de tres pisos, con forma ovalada hacia el fondo, culminando arriba en una extensa terraza que abarcaba toda la superficie excepto algunos metros al final, en el centro del terreno, donde se erguía una torre visible desde la calle y mucho más a la distancia desde el lugar donde nos hallábamos. Al otro costado había un sendero para autos (que las señoras no utilizaron pues dejaron el suyo en la acera) y que se perdía en los fondos. Augusto me miraba como si quisiera decir algo pero se frenaba por la presencia de "Beto"; éste viendo nuestra inercia locomotriz se impacientó y comenzó a caminar en círculo alrededor nuestro cada vez a mayor velocidad hasta concluir en animado trote. Vi que Lecón observó con atención el lugar, como si quisiera retener en su memoria la ubicación, y luego tomando su bicicleta nos dijo: -muchachos, ¿qué les parece si nos refrescamos un poco en el balneario?-

El trayecto lo hicimos en silencio y a bastante velocidad. "Beto" y Augusto aceleraban periódicamente compitiendo entre ellos lo cual me hacía ir quedando rezagado. Un poco más de la mitad del recorrido y ya los había perdido de vista. Aproveché para bajar la velocidad y observar en detalle todo lo que rodeaba a la ruta. Gracias a esta circunstancia pude comprobar que el itinerario al balneario no era directo pues el camino iba en zigzag. Una hilera de frondosos árboles de hojas perennes casi tapaban lo existente más allá de la acera. Curioso, frené y me interné, llevando la bicicleta sobre mi hombro izquierdo, por la espesura. Los arbustos y plantas de todo tipo crecían con tanta abundancia muy probablemente por el riego incentivado que se hacía en la zona o también por el uso de fertilizantes pues el tamaño de los vegetales era desmedido. Sumamente intrigado y no pudiendo seguir más con la bicicleta a cuestas me senté a la sombra de un ciprés altísimo que se erguía medio solitario entre tantos arbustos. Elevé la vista hacía la copa del magnífico ejemplar y tuve la tentación de treparme por él. De niño lo hacía con frecuencia y esa reminiscencia me impulsó a repetir hazañas infantiles. Si mis amigos competían entre sí ¿por qué yo no podría hacerlo conmigo mismo?

Las primeras ramas me costaron bastante; luego fui tomando valor y con gran esfuerzo llegué a un poco más de la mitad del árbol. Elevado del suelo en unos cuantos metros me extasié con el bellísimo panorama: hacia abajo casi una selva enmarañada, al frente....... La sorpresa me hizo trastabillar; aferrándome a una gruesa rama logré evitar la caída.

Ante mis ojos aparecía toda la ruta que llevaba al balneario. Era más que un zigzag, avanzaba y retrocedía muchas veces; de haber sido en línea recta, el pueblo del balneario no distaba más de un kilómetro; así como estaba construída la ruta el trayecto era de ¡veintidós kilómetros!

Encaramado y sosteniéndome firmemente seguí observando con ojos atónitos el resto del paisaje. Al salir del pueblo y al terminar el primer zigzag se podía, apartándose del camino asfaltado, introducirse en la espesura por un muy angosto sendero con el suelo apisonado y mezclado con ripio que..., ¡llevaba en línea recta al balneario! Sí, por esa vía se llegaba rápidamente cortando camino. Este descubrimiento me dejó anonadado pues estaba claro que el atajo había sido construído a propósito. ¿Con qué fines? Mi pregunta surgía por el hecho de estar escondido por maraña tan variada; además ¿qué sentido tenía hacer una ruta asfaltada tan larga existiendo ese atajo? Se podría haber construído la ruta directamente por ese sendero. Al bajar tomé la bicicleta y me dirigí directamente hacia el atajo; por él, y a regular velocidad, llegué al balneario por la parte de atrás del vía crucis en escasos minutos. Hice el vía crucis a la inversa y desemboqué en el río a pocos metros del puente; atravesé éste y fui al bar a tomar algo fresco pues el calor era sofocante. Mientras paladeaba el frío brebaje vi aparecer por la ruta principal a "Beto" y a Lecón que ingresaron a la zona a poca velocidad. Al verme, ambos no pudieron contener su sorpresa y Augusto con un rápido gesto del dedo índice sobre su boca me indicó silencio; yo interpreté esto y a la prevista pregunta de "Beto" contesté con una mentirilla: -me trajo una camioneta-.

-¿Una pequeña color azul oscuro?- Preguntó rápido Augusto.

-Sí-. Repuse sin vacilar.

-Eso no era una camioneta. Es un coche grande todo destartalado-. Dijo "Beto" riendo.

-Lo dije en chiste, "Beto". Ves como te hice reir-. Afirmé con un disimulado suspiro de alivio.

Augusto Lecón rió también ya con sosiego.

El calor era intenso e invitaba a disfrutar del agua; los tres nos sumergimos en el cristalino fluido con auténtico placer. Mientras "Beto" se puso a jugar con muchachos de su edad; nosotros lentamente nos fuimos alejando de ese grupo para nadar, a favor de la suave corriente, muchos metros distanciándonos del núcleo principal. Quizás un poco cansados nos fuimos acercando a la orilla hasta que, haciendo pie, comenzamos a caminar para luego echarnos sobre el césped debajo de unos árboles añosos. Resoplando por el duro ejercicio al que no estábamos acostumbrados gozamos de la caricia de un sol ya declinante que se filtraba por las ramas pletóricas de hojas. Un rato estuvimos así en silencio, escuchando el trinar de los pájaros y contemplando como la luz rebotaba en las piedras de la orilla.

-Por suerte logramos zafar. No deseo que "Beto" descubra que estamos indagando pues lo podrían forzar a contar nuestras reales andanzas. Está claro que aquí hay maleantes y de la "pesada". Supongo que encontraste algún atajo a no ser que un "ángel" te haya traído por los aires ¿cómo apareciste por el vía crucis?- Comentó con sorna Augusto.

-Sí, encontré por azar un increíble atajo que hace el trayecto en línea recta. La ruta hace giros casi concéntricos y por eso es tan larga; no llega a un kilómetro la distancia directa. Presiento que ese sendero fue hecho a propósito así escondido para usarlo con algún fin subrepticio. El piso está muy bien cuidado: es tierra apisonada y mezclada con piedras pequeñas lo que permite transitarlo en bicicleta cómodamente-. Relaté con los ojos cerrados y disfrutando la frescura del agua cercana.

-¿Pasa un automóvil por ese atajo?- Inquirió Augusto.

-Sí, en un solo sentido; es muy estrecho, si viniese alguien en contrario se atascarían y deberían retroceder. La maleza a los costados es tupida y forma una espesura impenetrable casi; salvo abriéndose camino a machetazo limpio-. Dije exagerando un poco.

-Es un gran descubrimiento el que hiciste hoy. Explica muchas cosas que yo todavía tenía confusas pero que ahora veo claramente. Faltaría conocer a la dueña de "Las margaritas". Presiento que la joven señora es una pantalla y discurro que la verdadera dueña es muy grande casi vieja.

-A propósito ¿cuál es la segunda función de las bombas de agua?- Pregunté recordando el inconcluso comentario de Lecón.

En ese instante apareció "Beto" con unos amigos caminando por la orilla. Los muchachos se pusieron a juntar frutas de los árboles mientras Lecón se ponía de pie dispuesto a marchar hacia el centro del balneario pues tenía sed. Yo lo seguí en silencio pues los muchachos dejaron de comer frutas y regresaron con nosotros. Parecía que los chicos nos veían como sus amigos; el buen trato y el respeto por ellos hacía maravillas o ..., ¿no estarían espiándonos? Prácticamente vigilaban todos nuestros movimientos; la duda comenzó a germinar hasta desembocar en sospecha. No era lógico que adolescentes de quince o dieciséis años estuviesen constantemente alrededor de gente mucho más grande. Comentaría esto con Lecón aunque es probable que él pensara igual por su reticencia de hablar delante de "Beto".

Retiramos las bicicletas del bar donde las habíamos dejado en custodia y por el camino asfaltado retornamos al pueblo. Los muchachos nos seguían en procesión...

Al llegar al poblado Lecón despidió a los niños diciendo que nos íbamos a casa a darnos un baño caliente y luego descansar. "Beto" le preguntó porqué el baño caliente cuando hacía un calor todavía sofocante a pesar de entrada la noche y Augusto le contestó: -para relajar los músculos; somos grandes para tantos trotes; luego rematamos con una ducha fría-. A mí me resultó enigmática esa conversación pero revelaba a ciencia cierta que "Beto" no era tan cándido como simulaba. Quizá la intención de Augusto fue probar eso precisamente.

Al llegar a nuestra habitación decidí darme un baño con mucho jabón pero no caliente precisamente; la noche era muy calurosa y no corría ni siquiera una mísera brisa.

-Yo pienso bañarme con agua natural; jamás lo haría con el agua caliente ni tibia. Espero que salga bien fría-. Dije mirando a Augusto de manera interrogante que esperaba una respuesta.

-Por supuesto yo también usaré agua natural; lo dicho a "Beto" fue para detectar su grado de registro en la observación, bueno en este caso la escucha y barrunto que este muchacho se trae algo entre manos. No me parece que sea un espía pero guarda la información y luego puede venderla al mejor postor. No habla de su familia y tiene muchos amigos. Está en la calle casi todo el tiempo; si bien es época de vacaciones tampoco habla de sus estudios. Por lo visto no trabaja aunque es demasiado joven para hacerlo, sin embargo en los pueblos los adolescentes suelen hacer pequeños trabajos; se me ocurre que uno de estos trabajitos podría ser dar informes sobre nuestra actividad. Si esto fuera así demostraría que ya hemos sido detectados como no turistas al menos y quizá como investigadores. Convendría apurar las cosas-. Comentó Lecón mientras yo cubría de jabón hasta los menores resquicios de mi agotado cuerpo.

Mientras Augusto Lecón se bañaba yo me instalé detrás de la persiana para observar el movimiento de la gente y tratar de obtener algún dato que nos fuera útil. Para mi sorpresa vi en la esquina de enfrente recostado en un árbol a uno de los muchachos amigos de "Beto" que miraba en forma constante hacia la casa. Tuve la impresión de que nos estaba controlando y esperando para ver si salíamos; en este caso nuestra aseveración de que descansaríamos luego del baño caliente no había sido creíada. Al ingresar Lecón a la habitación se dispuso a vestirse (yo todavía estaba con la toalla pues me entretuve observando) pero antes le comenté sobre nuestro espía. Augusto meditó un instante y luego expresó su disgusto pues deseaba hacer una excursión nocturna.

-Podíamos pedirle a la dueña de casa si puede darnos de cenar y dejamos pasar bastante tiempo antes de salir. El muchacho al ver que permanecemos en casa supondrá que estamos dormidos y se irá. En caso contrario debemos intentar algún ardid de escape sin que él lo advierta, por ejemplo averiguar si por los fondos de esta casa hay algún tipo de salida-. Dije mientras me vestía.

-Esta última idea me agrada más. No perdamos tiempo en comidas. Hay un dato importante que debemos conocer y sólo lo podremos obtener de noche. Además la dueña de casa quizá se moleste si la hacemos trabajar demás. Recuerda que en ningún momento ella habló de comida; si no nos ofreció este servicio es porque no le gusta cocinar-. Razonó Lecón terminándose de vestir.

La casa en los fondos tenía un gallinero y luego una especie de quintilla que se perdía entre árboles y luego venían los fondos de la casa que daba a la calle opuesta; sin embargo entre los dos fondos había un pasadizo que prácticamente iba de calle a calle, sólo que estaba oculto por tupida vegetación de hojas perennes. ¡Qué pueblo misterioso! ¡Velados senderos por todas partes!

Salimos subrepticiamente con las bicicletas y Lecón portando un pequeño bolso que colgó a su espalda. Esa calle no era tan concurrida como la que estaba al frente de nuestra habitación. Tenía una ventaja adicional, al menos para nuestro accionar, la lámpara del alumbrado no funcionaba. Así sin ser advertidos logramos escabullirnos de nuestro espía. Por suerte la dueña de casa estaba mirando televisión ignorándonos. Seguí a Lecón que marchaba hacia el lado sur y luego giró al oeste; imaginé el destino: la casa grande adonde fueron las señoras que seguimos. En los pueblos las noches de verano la gente suele pasear hasta tarde para disfrutar de la brisa (ellos la llaman "la fresca") que casi siempre permite respirar y descansar. Esa noche fue una excepción: calor sofocante y sin brisa. Las calles no estaban concurridas y se oía desde el interior de las casas música y voces de la televisión. Estos sonidos también estaban a nuestro favor pues nos permitían pasar inadvertidos. Al llegar al sendero donde se hallaba la casa grande, bajamos de las bicicletas y continuamos a pie. Este callejón permitía el paso de un automóvil en un solo sentido; daba la sensación de ser exclusivo para la gran casa a pesar de que existían otras viviendas. Lecón con un ademán me indicó que daríamos la vuelta para conocer los fondos de esa mansión. Con mucha cautela y en absoluto silencio rodeamos la finca en unos diez minutos. Ubicados en unos matorrales aledaños pudimos observar que la parte del estacionamiento, al costado de la construcción, terminaba en algo similar a un depósito. Se veían muchas cajas: unas grandes y otras pequeñas. Las grandes eran de madera y claveteadas mientras que las pequeñas eran de telgopol. Dedujimos que era un depósito pues vimos varias cajas afuera como si hubieran interrumpido el trabajo de guardarlas en el interior del almacén. Una luz mortecina iluminaba los fondos y las cajas estaban dispersas; me dio la impresión de que habían sido revisadas de manera apurada y sin restituirlas a su lugar; el azar nos permitió verlas pues seguro que las guardarían al día siguiente o... Repentinamente salieron de la mansión tres hombres robustos que gesticulando y lanzando improperios que llegaban a nuestros oídos claramente por lo elevado de la voz, comenzaron a guardar las cajas grandes en el depósito mientras que las pequeñas las acumularon a un costado. Terminada la faena cerraron el local y fueron transportando en tandas sucesivas las cajas remanentes amontonadas, a la terraza. Cuando uno de los operarios bajaba para recoger la última caja fue llamado por un señor, apareció de improviso saliendo del torreón, que aparentemente le encomendó una tarea diferente pues el operario ingresó en la torre. La caja quedó huérfana y era una tentación; Lecón me miró y en sus ojos estaba todo dicho. Dejamos las bicicletas entre la vegetación y entramos en el terreno levantando un trozo de alambrado. El hecho de ser ambos muy delgados nos permitió acceder a la zona sin desarmar casi los gruesos alambres. Andando en cuclillas y sin hacer ruido, buscando la sombra de la construcción pues la escasa luz iluminaba el acceso al depósito, nos fuimos acercando a la explanada. El piso era de pavimento, lo cual me sorprendió; luego entendería la razón. La caja estaba muy cerca..., Lecón la empujó con el pie hacia el cono de sombra donde estábamos acurrucados. Con rapidez la abrió y vimos adentro las ya clásicas bolsas de polietileno con los gránulos blancos de cocaína... Tomó una de las bolsas y con su también ya clásico cortaplumas múltiple hizo una pequeña incisión en ella, del orificio fluyó una porción del blanco preparado; Lecón la probó con los labios y movió su cabeza en gesto afirmativo. Con delicadeza y rapidez colocó la bolsa dentro de la caja y cerró ésta con precisión haciendo una mueca de repugnancia. En su fuero íntimo Lecón, como yo, hubiese deseado destruir la funesta caja pero de haberlo hecho no estaríamos con vida... Al iniciar la acción de retirada oímos un grito pidiendo..., la caja que faltaba. Casi corriendo nos alejamos justo a tiempo: un operario bajó de la terraza y recogió la caja echando maldiciones contra su patrón; por poco nos roza pues al verlo descender frenamos la huída y nos parapetamos debajo de un alero en los bordes de la explanada. Cuando vimos al robusto obrero perderse en la torre recién entonces salimos del improvisado escondrijo y retornamos al mirador inicial entre la tupida maleza. Estábamos por irnos cuando sentimos un ruido de motor que se aproximaba. En el aire apareció, levantando tierra y hojas, un gran helicóptero que revoloteó sobre la terraza un instante y luego se posó en ella. El piloto descendió y entró en el torreón mientras los operarios cargaron las cajas que previamente habían acumulado en la terraza y las colocaron dentro del aparato. Unos quince minutos duró la carga y durante ese lapso más de diez personas estuvieron trabajando lo cual demostraba la gran cantidad de cajas. Finalizado el operativo, las aspas del helicóptero que habían mermado sus volteretas aceleraron y el ruido se hizo mayor partiendo la nave hacia destino ignoto pero imaginado. [Saber, conocer, prueba; imaginar, intuir, indicio...] En la torre se iluminaron las ventanas con una fuerte luz que permaneció por un minuto y luego regresó la luminosidad tenue. Los operarios bajaron de la terraza y montaron en un camión que se hallaba estacionado varios metros por delante del depósito. El motor comenzó a ronronear y el vehículo partió saliendo del predio y tomando por el sendero hacia la derecha se dirigió al centro. Aún se oía en la noche el ruido del motor alejándose cuando del interior del torreón salieron dos hombres y una mujer. Bajaron desde la terraza hacia la explanada por otra escalera que no habíamos visto antes y subieron a un poderoso automóvil deportivo. Se oyó un chirrido y el lujoso coche con sus poderosos faros iluminando el sendero partió pero en sentido contrario al del camión. Lecón me susurró en los oídos que debíamos ir a..., "Las margaritas". Parando las bicicletas con precaución nos alejamos en dirección a la estanzuela por el mismo camino que había tomado el automóvil al salir de la mansión. Ya no se oía el ruido de su motor ni las luces rojas de sus faros traseros.

-Intuyo que fueron para la estancia. Veremos al llegar-. Masculló Lecón con rabia manifiesta.

-¿Qué supones tú que tendrían las cajas grandes de madera?- Pregunté mientras andábamos a media velocidad y con los faros velados para no iluminar en demasía.

-¿A ti qué te parece?- Repreguntó Augusto con sorna.

-Armas. Y de grueso calibre; para alguna guerra en el continente. Son contrabandistas y traficantes de narcoarmas-. Manifesté ante las evidencias.

-Lo de contrabandistas no sé; depende del punto de vista. Pero que son traficantes de narcoarmas es claro y evidente. Esto es una mafia con enormes ramificaciones ya que tienen sucursales en todas partes.

Mucho antes de llegar a "Las margaritas" abandonamos el camino directo y buscamos en los costados senderos angostos y escondidos entre la vegetación. Lecón abrió el bolso que colgaba a su espalda y extrajo dos pequeñas y sofisticadas linternas. Esos aparatos eran un portento; hasta tenían un rayo laser muy fino que sólo iluminaba un punto muy preciso. Encontramos un angostísimo pasaje de tierra apisonada que permitía andar con las bicicletas. Lecón señaló que sería mejor continuar con ellas hasta último momento ante mi sugerencia de dejarlas en algún escondrijo y continuar caminando. Reflexionó que si nos descubrían podíamos escapar más velozmente y por lugares donde no pasara un coche. Precisamente el paso que estábamos transitando tenía esas características. Tratábamos de hacer el menor ruido posible pues debían de andar cerca los custodios de la estancia como el cazador con quien nos habíamos topado en la víspera. De pronto sentimos un sonido similar a una lechuza que nos hizo frenar.

-Tranquilo Javier, es un búho real que ronca y ayea. No es una señal. Mira-. Diciendo esto Augusto enfocó con su laser al búho que nos miró con sus ojos indefinidos.

En la oscuridad se irguió el contorno de una construcción y al girar por una curva del sendero vimos la claridad de dos grandes ventanales y ya destacándose, la casa principal de la estanzuela. El sendero nos había llevado a la parte de atrás de la finca; el camino principal desembocaba en la entrada. Por azar seguimos lo mejor para nosotros ya que nos permitió llegar al núcleo de la edificación soslayando a los custodios colocados a la entrada. Piensan que para acceder a la estancia se debe ir necesariamente con automóvil; esta idea es muy común en los pueblos, la gente camina poco. El caso es que estábamos allí a pocos metros del casco de la estancia y con las bicicletas cerca nuestro.

Como dos cazadores furtivos pero sin armas estábamos allí Lecón y yo observando el fondo de una saca de "correspondencia" (comunicación entre ámbitos) en los distintos niveles de un poblado como tantos otros. En la jerga de Lecón todos son cómplices: los que hacen, los que encubren, los que ayudan, los que callan y por supuesto los que planean, las arañas, en mi jerga llamados "cerebros". En ese instante estarían casi todos allí, en ese casco; digo casi pues faltarían los que piloteaban el helicóptero y los "cerebros" máximos pues intuía que habría algún pequeño "cerebro".

Nos fuimos acercando con sumo cuidado; dejamos las bicicletas debajo de unos matorrales y continuamos casi reptando hasta tres o cuatro metros de un enorme ventanal que estaba abierto. Un grillo que chirría con persistencia nos distrajo brevemente pero al callar ante nuestro avance nos tranquilizó (¡espero no haberlo pisado!). Un gran salón se extendía por más de quince metros de largo por seis o siete de ancho y estaba exquisitamente decorado salvo por las grandes cabezas de ciervos y jabalíes que denotaban la crueldad y cobardía cazadora (como un relámpago pasó por mi mente la mira telescópica del que ataca a la distancia y mata sin dar posibilidad de defensa). Varias personas estaban reunidas en cómodos sillones y sofás charlando y bebiendo animadamente. A nuestros oídos llegaban sus voces como un murmullo y a veces alguna risa cortaba el ronroneo. El tema debía ser muy agradable para ellos pues aumentaba el risoteo incentivado por el alcohol. Una señora bastante mayor parecía acaparar los cuidados de los hombres y sólo una joven señora se mantenía algo distante ya que apenas sonreía y casi no hablaba, al menos sus labios (carnosos y mórbidos por otra parte) no temblaban como el resto de las bocas. Lecón me miró y en sus ojos leí sus pensamientos (como ya dije había aprendido a conocerlo). Se confirmaba su intuición: la principal sería la mayor y la pantalla era la joven señora que, por su apatía evidente, no estaba allí por su voluntad o al menos no con su consenso integral. Los hombres le rendían pleitesía a la anciana que aparentaba menos edad por su cuidada figura y el maquillaje pero las arrugas de las manos denotaban pasar su septuagésimo año de vida; la cirujía estética no había llegado a sus manos y en un sentido amplio la ética menos. Allí estaba uno de los pequeños "cerebros". Lecón me guiñó un ojo; él también la había reconocido: al morir su marido había heredado una cuantiosa fortuna junto con una empresa en expansión favorecida desde el poder. En el jardín descansaba el poderoso automóvil que habíamos visto momentos antes partir de la mansión-depósito de narcoarmas.

Lecón me golpeó con fuerza en la espalda haciéndome caer de bruces bajo un arbusto tupido; estaba por recriminarle su bromazo intempestivo cuando delante de mis ojos veo pasar unas botas; al levantar la cabeza con lentitud y temor observo las robustas espaldas, cargando una metralleta, de un custodio que se alejaba. Comencé a tiritar, sí, mi cuerpo tembló y por dentro me estremecí con un frío glacial en pleno verano. Si Augusto no me hubiese empujado a los matorrales el custodio me habría visto y seguro que su metralleta bramaría antes que su boca.

-Gracias amigo-. Susurré trastrocando mi enojo en culpa.

Augusto parpadeó y con humildad inclinó su cabeza. Habíamos salvado la vida gracias a su intuición y a la gran capacidad de percibir que tenían todos sus sentidos. El fino oído de Lecón distinguía las lechuzas de las señales y las pisadas humanas en la hierba de los golpeteos de algún roedor pero antes de que actuaran sus sentidos percibiendo, operaba su intuición; los segundos ganados eran preciosos.

La pasada del custodio revelaba que corríamos peligro de muerte y siendo que ya no había motivo para nuestra permanencia en el lugar pues lo descubierto era más que suficiente para avalar nuestra investigación miré a Lecón y con el ademán de juntar los dedos flexionados y girar la muñeca le insinué una prudente retirada. Fue en ese instante que de la casa partió un agudo grito seguido de otros más roncos. Vimos a través del ventanal caer al piso a la joven señora (ella había lanzado el primer alarido) y luego correr hacia ella a los hombres que produjeron el vocerío. Un gran tumulto transformó el salón en centro para los habitantes de la finca; por todos lados acudían custodios mientras nosotros echados sobre la hierba y debajo de un cobertizo natural sentíamos pasar más y más guardias que casi rozaban nuestros pies. Lecón, con un gesto, pidió que me pusiera en posición fetal para achicar espacios pues la cantidad de gente que acudía era impensable momentos antes; de dónde surgían era una gran incógnita y cómo no habíamos topado con ellos, el misterio. Cuando amainó la corrida en derredor, Lecón se puso de pie y con un ademán invitóme a escabullir. Estaba claro que no debíamos seguir tentando al azar.

-Espera, quiero comprobar algo-. Dije tomando del brazo a Augusto.

Agachándome y protegido por unos arbustos me acerqué a la casa; Lecón intentó frenarme pero no lo consiguió. Como él ignoraba qué deseaba constatar yo, optó por dejarme hacer y esperar confiando en mi cordura. Los guardias estaban dentro de la mansión y no observando a nadie alrededor me erguí y toqué las paredes primero, luego con suaves golpes y posteriormente recorrí unos dos metros para hacer idéntica tarea en un muro más elevado pero con toques de las palmas de las manos. De inmediato regresé casi reptando y buscando ocultarme entre la vegetación.

Sigilosos como los intrusos que éramos ubicamos las bicicletas para huir a toda la velocidad que pudieran darnos unas piernas extenuadas.