Si el atentado se realizaba en el país, la tesis imperante en el ámbito oficial era, según Hugo, que los ejecutores vendrían del extranjero pero que estarían apoyados por gente del ambiente local. Se presumía que en los anteriores atentados habría sucedido esto; el nuevo tendría características diferentes pero convenía empezar por lo ya conocido. En todos los países donde se habían producido graves atentados el mecanismo era con apoyo local, salvo en los beligerantes donde las propias características del conflicto lo hacían restringido ya que se filtraban por las fronteras de los territorios en disputa. Esta lucha ancestral se estaba haciendo ecuménica pues en casi todos los países del planeta había religiosos de ambos sectores; si bien la distinta religión no era el pretexto del conflicto sino más bien el problema territorial. Estos territorios en discusión por las dos colectividades estaban siendo objeto de activas negociaciones entre los sectores menos belicistas de ambos bandos que deseaban la paz y habían llegado a un acuerdo. Este convenio de paz era permanentemente saboteado por recalcitrantes de ambas partes que rehuían la negociación y que periódicamente se atacaban por medio de atentados en sus respectivos países y en el resto del planeta. El apoyo local eran personas que actuaban de intermediarios por convicciones religiosas o políticas o por un precio. Precisamente Hugo nos había informado de que estos apoyos eran prácticamente ineludibles para los beligerantes originarios por las obvias razones de desconocimiento del idioma y del lugar. Sin embargo Augusto Lecón pensaba que esto podía ser distinto entrenando a los ejecutores, como se presumía por el atentado suicida, de manera integral y sin apoyo de elementos locales. Vale decir que los ejecutores conocerían todo lo referente al idioma y lugar por una capacitación intensiva. Durante la segunda guerra mundial ambos bandos beligerantes entrenaron a sus respectivos agentes de forma tal que pasaban desapercibidos en los lugares de destino. En el espionaje de esa conflagración muchos países neutrales sirvieron de intermediarios por medio de sus diplomáticos acreditados. Esta tesis también fue contemplada por las autoridades y, según Hugo, no podía probarse quizá porque se indagó en los países directamente relacionados con el conflicto y ¿si se busca por países no sospechados?
Esto último yo lo pensé pero por el momento decidí seguir las pautas que enviaba Hugo desde su cómodo despacho. Su idea era buscar relaciones en el ambiente islámico local; a tal efecto nos consiguió una invitación para concurrir a una fiesta. Conviene aclarar que los elementos más ortodoxos y enemigos del acuerdo de paz del otro bando, es decir del israelí, no operaban fuera de los territorios en disputa. Las acciones terroristas que habían efectuado, al menos hasta el momento, eran en la zona en discusión. Esto era importante para el resto de los países pues simplificaba la cuestión.
Augusto Lecón y yo habíamos alquilado un departamento para permanecer juntos durante el transcurso de la investigación; en realidad fue una exigencia de Hugo para poder así analizar todo lo concerniente a la misma y tenernos a los dos a su disposición con mayor rapidez. Yo pensé que Hugo lo hacía así por razones de seguridad además de comodidad ya que seguía con mi intuición de extremo peligro.
Antes de partir para la mencionada fiesta y mientras terminaba de vestirme entró a mi habitación Augusto Lecón medio cabizbajo.
-¿A quién beneficia un atentado?- Preguntó mirándome perplejo.
-En realidad a nadie. Produce un daño sin beneficiar ni siquiera a los ejecutores. Es una manifestación de fanatismo y de odio enfermo. Nada más-. Contesté casi mecánicamente.
-Nada más, no. Obtienen su objetivo: llamar la atención-.
-Tú me preguntaste a quien beneficia no por el objeto de la acción-. Expresé medio molesto.
-¿Y no pueden estar relacionados ambos cabos?- Insistió Augusto Lecón.
-No veo cómo-. Dije secamente.
-Si el que llama la atención es uno y el que se beneficia es otro, suena medio raro ¿no te parece?-
-¿Pero quién se beneficia en este caso de un atentado?-
-Hummm.....no estoy seguro. Es una idea medio loca...mejor vamos para la fiesta. ¿Estás listo?- Concluyó Augusto Lecón dejándome en la incertidumbre pero tendría que acostumbrarme a estas situaciones.
La fiesta se realizaba en una quinta de los aledaños a la capital; fuimos en un pequeño auto que Hugo nos había facilitado para usar durante el trabajo. Como a mí no me agrada manejar, condujo Augusto Lecón y así tuve oportunidad de relajarme y pensar en otras cosas. Mi distracción fue total ya que sólo me di cuenta a la llegada, de un hecho preocupante: en la guantera del auto había una pistola (ignoro de que tipo y calibre) y durante el trayecto fuimos seguidos por otro coche. Esto último lo mencionó Augusto al llegar a la residencia. Se trataba de un finca de construcción moderna con amplio parque, piletas de natación, canchas de tennis, de paddle y con enorme espacio para colocar mesas al aire libre. Estábamos en verano. Varias pistas para bailar y ya los acordes de la música incitaban a los jóvenes a cubrirlas con su alegría desbordante. La fiesta era multitudinaria; personas de todas las edades y muchas de la colectividad árabe. Estacionamos el auto y de inmediato un mozo se acercó pidiendo la invitación muy cordialmente. Así pude pispiar que la misma era personal ya que había omitido leerla antes. El mismo mozo nos guió hasta la puerta de acceso; al darme vuelta, por indicación de Augusto Lecón murmurada al oído, observé que las personas del coche seguidor nuestro también bajaban y sin mozo guía penetraron rápidamente en el inmueble por otra puerta.
Adentro de la casona los amplios salones estaban exquisitamente decorados con cuadros y tapices además de esculturas. Esta decoración no era típicamente árabe sino más bien de la época galante del siglo XVIII y más propiamente francesa. Los cuadros eran probablemente copias al óleo; me quedé extasiado contemplando las voluptuosas mujeres de Boucher y Fragonard que siempre fueron mi deleite, esos cuerpos femeninos desnudos son de una inagotable belleza. Paisajes con figuras en jardines pletóricos de vegetación de Lancret y Watteau completaban el ambiente cortesano. Pasó por mi mente en ese instante la idea de un burdel quizá la frase "ambiente cortesano" sugirió la palabra femenina y de ésta la imagen pero lo más probable es que haya sido la magnífica muchacha que se acercó a mí con dos copas y una amplia sonrisa. Era una mujer joven y de cuerpo similar a una guitarra española, precisamente a mi gusto. Todo era tan proclive al jolgorio que de inmediato me puse alerta. Debo admitir que mi única debilidad son las mujeres. No fumo ni siquiera tabaco y no bebo alcohol pero cuando veo una hembra como la que me ofrecía la copa de champaña, bajan todas mis defensas y sube mi emoción. Miré a Augusto Lecón y se hallaba en similar situación; también era evidente que él tenía las mismas debilidades que yo pues miraba deslumbrado a la mujer que se le había acercado con dos copas.
-Mi nombre es Alejandra ¿y el tuyo?- Demandó la niña con voz cantarina.
Al rato ya estábamos enfrascados en trivial charla y la hermosa aprovechaba para pedirme a cada instante bocadillos de una fuente cercana y al tomarlos acariciaba con deleite mis dedos en una maniobra de sutil voluptuosidad. Me resultaba muy difícil contener mis ímpetus porque la mujer era una maravilla y se hacía evidente que estaba allí para atendernos. La idea de que se trataba de una profesional del amor sirvió para menguar mis impulsos eróticos pues a mí me gusta la mujer común y la relación prolongada, con sentimientos, no el mero deleite efímero de una prostituta aunque fuere una exquisitez como Alejandra. En general esta posición es harto difícil de sostener para un hombre pero a mí no me importa y sigo siendo quizás un romántico fuera de época. Además estaba trabajando y si sucumbía a los encantos femeninos no podría averiguar nada. Justamente Alejandra estaba allí para impedir mi tarea de observación. A propósito Augusto Lecón aparentemente había caído y se alejaba hacia la planta alta con su bella. Sin embargo de inmediato advertí que Lecón de esa forma tendría acceso a las dependencias superiores de la finca y quizá fuera esa su real intención. Por este motivo cuando sonó en mis oídos la esperada pregunta de Alejandra: "-Querido, ¿vamos arriba?-", contesté afirmativamente.
Como imaginaba la planta superior eran alcobas cada una con su baño como pude comprobarlo luego. Un hotel de categoría al menos en esa parte de la mansión. Alejandra me llevó a una habitación ubicada en el medio del largo pasillo y asiendo mi mano izquierda nos introdujimos en la misma. El lujo del dormitorio era similar al de los salones de la planta baja. Una gran cama con colchón de agua ocupaba el centro mientras que los cortinajes flanqueaban su perímetro; el enorme baño con pileta de hidromasaje se abría a un costado.
En un rincón, bellamente decorado con plantas naturales entre ellas un potus de grandes hojas, había una mesa con un balde térmico y en su interior una botella de champaña. Alejandra, se dirigió a la mesa y tomando la botella regresó a mi lado. Durante nuestra charla en el salón yo había estado comiendo bocadillos pero no había bebido champaña; en un descuido de Alejandra al saludar a unos amigos de ella aproveché para beber un refresco sin alcohol pues tenía sed. Como es obvio entonces yo estaba totalmente sobrio mientras que Alejandra con sus risas sin motivo me indicaba que ya tenía el champaña en su bella cabecita. Ella me ofreció la botella para que yo la abriera; me costó bastante quitar el maldito corcho. Alejandra se dirigió nuevamente hacia la mesa para traer copas y allí advertí su jueguito de ondulantes caderas. La chica estaba haciendo su trabajo a las mil maravillas; primero intentar llenarme de alcohol y luego seducirme con su figura. Llené las copas y ella ingirió la suya casi de un sorbo; aproveché entonces para tomarla de la cintura sin que ella advirtiera mi copa intacta. Esquivó mi cara con gesto de extrema picardía y dándome su copa vacía comenzó a quitarse la ropa con gran parsimonia. Por un instante pareció recuperar su estado consciente quizás al verme tan sobrio y en su mirada se deslizó un velo de sospecha. Fingí pasión y arrebatándome la tomé por los pechos y comencé a besarlos. Alejandra era una persona entrenada, por lo visto, ya que no se dejó engañar y deshaciendo el abrazo fue hacia la mesa probablemente con la intención de tomar mi copa y hacerme beber. Yo seguí abrazado a ella pero a su espalda y al caminar sentía sus glúteos densamente formados, agitarse sobre mi sexo. La situación era de extrema excitación para mí y con gran esfuerzo pude contener mis impulsos libidinosos que rebullían ya de forma implacable. Alejandra, con gesto de enojo ofreció mi copa aunque sin intentar desprenderse de mi cálido abrazo, más aún restregaba su cuerpo sobre mi sexo con arte singular al advertir que lograba su objetivo pasional. Yo tomé la copa y con rápida manipulación la vacié en la maceta del enorme potus. La ninfa al estar de espaldas no alcanzó a ver mi desagote alcohólico pero en cambio podría percibir, si seguía con sus movimientos estimulantes, otro desahogue. En ese instante pasó por mi mente la simple idea de gozar; total luego del amor, estando lúcido, podía continuar indagando pero surgió el interrogante ¿qué hacer con Alejandra para que no me siguiera? Sólo quedaba una solución. Al ver mi copa vacía que deposité sobre la mesa, Alejandra se tranquilizó y prosiguió con mayor vehemencia el frotamiento de sus nalgas sobre mi enhiesto sexo. Lentamente ella fue despojándose de la ropa sin despegarse de mi cuerpo y al levantar sus brazos para retirar su vestido por la cabeza, ya que no deseaba cortar el nexo que nos unía, yo aproveché para dirigir mis dedos sobre su también erguido clítoris. Mientras Alejandra tiraba el vestido sobre la cama yo lentamente bajé su bombacha con una mano y con la otra continué acariciando su bullente pimpollo. Ella intentó proseguir con su masaje glúteo sobre mi sexo pero era evidente que mis caricias sobre su clítoris estaban conmoviéndola hasta hacerla cesar en su cadencioso y sabio vaivén. Se agitaba, ya sin control, sobre mi muslo; con enorme esfuerzo logré contenerme y besando su nuca acentué mis caricias sobre el erguido clítoris. Con la mano que tenía libre acaricié su pezón izquierdo con suaves rotaciones de la palma y luego tomando con los dedos el botón lo estiraba delicadamente. Mi boca seguía sobre su cuello y mi lengua buscaba su oreja; al llegar a ella introduje la lengua y pasándola por todo el pabellón la poblé de saliva que luego succioné pausadamente. Entretanto mis dedos sobre su clítoris eran una frotación rítmica y constante. Alejandra se dejó caer sobre mí y juntos nos echamos, siempre en la misma posición, sobre la cama. Mis dedos, implacables en su clítoris, ya eran una máquina que lograba hacer gemir a la ninfa. Mientras Alejandra balbuceaba: "clítoris no, clítoris no" todo su cuerpo se estremeció en una vorágine de placer. Al primer orgasmo le sucedió un segundo mucho más prolongado y luego el tercer orgasmo de Alejandra concluyó con un vagido de intensidad y temblores de su talle. Exhausta la hermosa mujer quedó sumida en un sopor que paulatinamente concluyó en sueño profundo. Su pecho se movía rítmicamente y todos sus músculos se hallaban relajados. Con extrema suavidad la cubrí con la colcha doblada. Lentamente recompuse mis ropas mientras observaba la planta de potus; me pareció ver en una de sus hojas un brillo extraño. Me acerqué con cuidado y sin hacer ruido. Adosado a la hoja había un micrófono. Era evidente que nos estaban escuchando pero mi duda fue, si además, no nos estarían viendo con alguna cámara de video oculta. Busqué por todos lados con la mirada aunque no hallé nada que me llamara la atención. Luego razoné que si hubiese una cámara no tendría tanto sentido el micrófono pero me quedó el temor; no obstante habría que arriesgar. No viendo nada que simulara un objetivo de cámara decidí salir de la habitación. Me despedí de la bella Alejandra con una caricia sobre su mejilla y con un suspiro de resignación ante tan soberbio cuerpo que dejaba sin hollar.....
Abrí la puerta de la habitación con suma cautela y salí hacia el pasillo cerrándola tras de mí sin hacer el menor sonido. Me tranquilicé al escuchar la bulla que provenía del salón principal en la planta baja. La algazara continuaba allí sobre todo con la gente más joven que se divertía quizá sin sospechar el burdel de la planta alta o sabiéndolo preferían usarlo más tarde. Avancé por la galería hasta terminar en una escalera que subía a otra planta. En el extremo opuesto se hallaba la escalera que nos permitió subir. Vale decir que para subir continuadamente era necesario atravesar todo el corredor. Me pareció extraño esto pues lo lógico sería una escalinata continua. Quizás alguna de las puertas sería un ascensor; me disponía a averiguarlo cuando de una sale Augusto Lecón arreglando su ropa. Sin decirnos palabra alguna nos dirigimos hacia el piso superior caminando suavemente al pisar los peldaños que crujían; así advertimos que la construcción era de madera. Nos miramos estupefactos. Augusto Lecón golpeó con los nudillos de su mano derecha la pared que presumíamos fuera de ladrillos y para nuestra sorpresa sonó a material sintético o algo similar. La construcción toda era no tradicional, al menos como es así en el país. Nada de cemento y ladrillos; estructura de hierro y paneles de madera y de un corrugado plástico. Significaba esto que su construcción sólo demandaba unos pocos días. Esta forma de arquitectura supermoderna es común en los Estados Unidos de América. De inmediato asocié a alguna empresa norteamericana con la edificación de la residencia, salvo que alguna firma importadora se hubiere encargado. Habría que averiguar aquello. El dato era muy importante pues equivalía a tener en unos cuantos días algo palacial y permitía luego desmontarlo rápidamente para establecerlo en otro sitio. Así entendí porqué estaba ubicado en un lugar poco poblado de los aledaños capitalinos. En el segundo piso vimos una galería similar a la anterior y también con puertas que presumimos serían de dormitorios pero habría que confirmarlo. Augusto Lecón en rápida maniobra abrió la tercera puerta (elegida al azar) y vimos adentro una cama igual a las del primer piso pero con una pareja retozando; para nuestra estupefacción se trataba de dos hombres...había de todo en esa "viña". Lecón hizo un gesto de asombro pero luego se trastrocó en un rictus de profundo desagrado. Fue evidente que no era tolerante con los homosexuales. Lo miré con expresión de "y bueno cada uno..." pero él seguía con su mueca de repugnancia. Debíamos proseguir buscando... ¿pero qué? Estaba por preguntarle a Augusto Lecón qué buscábamos cuando de una puerta salió una mujer lloriqueando. Tambaleante caminó por el pasillo; o estaba borracha o estaba drogada o estaba...herida...Cayó inerte en los brazos de Augusto Lecón quien la depositó en el suelo con extrema precaución pues de inmediato vimos que salía sangre de un costado de su abdomen.
-Esta mujer está herida; veamos qué tiene aunque se me ocurre que puede ser superficial. Humm...a ver levantemos el vestido; así está bien. Esto no es de arma blanca. Ha sido golpeada por algún sádico. No es grave. ¿De cuál puerta salió?- Preguntó Augusto Lecón.
-De ésa-. Respondí señalando la segunda de la derecha.
Dejando a la mujer en el piso fuimos hacia la habitación mencionada y con prudencia abrimos la puerta. La habitación estaba vacía; sólo una música suave vibraba en el aire y un fuerte perfume a lavanda. Nada más.
-Regresemos junto a la chica y traigámosla. Sólo está desmayada y su herida es superficial. Lo mejor para ella es que siga así y no se involucre con otro sádico. Aquí, estoy seguro, debe haber muchos-. Dije con tono imperativo que fue aceptado por Lecón con un movimiento de su cabeza.
Levantamos a la muchacha con sumo cuidado, yo tomándola de las axilas y Lecón de los tobillos. Con su pie izquierdo él terminó de abrir la entreabierta puerta de la habitación. Dejamos a la mujer sobre la cama cubierta con la colcha, cerciorándonos antes de que respiraba normalmente, de que su pequeña herida ya no sangraba y de que el pañuelo puesto sobre ella seguía en su lugar. Luego de tomados estos recaudos giramos el cuerpo para salir y fue Lecón quien dio el primer grito de asombro seguido por mí: detrás de la puerta, un hombre atravesado por una lanza corta estaba clavado en la pared de madera. Nos acercamos en silencio y vimos en su rostro una expresión de horror; sus ojos estaban abiertos y de su boca semiabierta salía sangre en hilos que teñían su camisa bordeando la lanza. Estaba muerto.
-Aquí hubo un homicidio. La expresión de su cara denota que fue tomado por sorpresa en el ataque. Es casi imposible que fuese la muchacha la atacante pues se requiere mucha fuerza para clavarlo así en el tabique de madera. Qué hacemos, ¿investigamos esto o seguimos con lo nuestro?- Preguntó Lecón dubitativamente.
-¿Estarán relacionadas ambas cosas?- Demandé a mi vez también con duda.
-Intuyo que no-. Contestó Augusto Lecón muy seguro.
Ante los antecedentes del intuitivo pensé que lo mejor era dejarse llevar por sus presentimientos y proseguir con lo nuestro; ya teníamos un claro aviso de la violencia en ese ambiente. Debíamos obrar con tiento pues existía la posibilidad de que el o los asesinos intentaran incriminarnos si nos veían cerca o tuviesen la certeza de nuestro descubrimiento.
-Lo mejor entonces es salir de esta parte de la mansión y explorar otro sector. ¿Qué te parece?- Sugerí en voz baja a Lecón.
-Tienes razón; salgamos enseguida y visitemos el resto de la residencia lo antes posible pues ya es bastante tarde-. Aprobó Augusto Lecón.
El pasillo estaba solitario. Con paso decidido y simulando despreocupación retornamos a la planta baja. La fiesta estaba en su apogeo. En los salones y en los patios se bailaba al compás de distintos ritmos; en algunos música de tipo rock, mientras que en otros el ritmo era más lento, tipo bolero, y donde las parejas danzaban abrazados tiernamente.
-Míralos. ¡Si parecen enamorados!- Exclamó Augusto Lecón con ironía.
Atravesamos varios salones hasta salir de esa parte de la mansión y nos internamos en un jardín bellamente adornado con flores y arbustos. Aquí también se bailaba incluso sobre el césped. Varias mesas rodeaban una pista de baile que ya no alcanzaba y por eso las parejas usaban el jardín...sin embargo noté algo extraño aunque no sabía con certeza qué era. Sólo un vislumbre que pasó fugaz por mi mente. Como de costumbre en mí no le di trascendencia a la intuición máxime viendo a Augusto Lecón tranquilo: si él no tenía prevenciones ¿por qué habría de preocuparme? Lo que sucedía era que ya Augusto Lecón había salido de su intuición (comprobado luego, similar a la mía) y estaba en plena etapa de lucubración.
-Debajo del césped no hay tierra sino algo duro y parecido al plástico de los tabiques en las habitaciones, ¿lo advertiste?- Me preguntó Lecón en voz muy baja y tapando su boca.
-¡Era eso! Tuve una extraña sensación pero no sabía a ciencia cierta de qué se trataba-. Expresé en tono algo alto para el gusto de Lecón quien me recriminó poniéndose el dedo índice derecho en la boca con gesto muy disimulado y gorgoriteando un: "shiiiiii...." suave y prolongado.
Debajo podría haber un sótano o ser inclusive todo el subsuelo del predio un gigantesco almacén o depósito o vaya uno a saber qué...
-Debemos encontrar la manera de tener acceso a esta bóveda pues de eso se trata-. Dijo Augusto Lecón dirigiéndose a la parte siguiente de la residencia.
Un camino de lajas atravesaba el jardín; por instinto no lo seguimos. Nos internamos entre árboles frondosos dando vueltas y buscando el acceso a la segunda parte de la construcción pero sin entrar en ella. En silencio, los dos fuimos rodeando la finca rastreando todas las vías de entrada y de salida. Esta edificación era similar a la anterior pero con una diferencia substancial: los pisos superiores no eran iguales iban disminuyendo en superficie hasta rematar en una especie de gran cúspide. Todo el armazón asemejaba una exótica pagoda por fuera. Veríamos por dentro...
-Entremos por aquella puerta lateral-. Sugirió Augusto Lecón mirándome con expectativa.
Asentí con un movimiento de la cabeza y ambos penetramos con aire displicente en el salón principal que, como el anterior, estaba colmado de gente que bailaba, tomaba y comía con algarabía y en algunos casos ya con desenfreno lo cual suponía el uso de alguna droga más fuerte que el alcohol.
Una bellísima mujer se estaba desvistiendo rodeada en amplio círculo por hombres que batían palmas por cada prenda retirada. A medida que iba quedando con menos ropa adviertí que el círculo también se iba estrechando; podía colegirse cómo terminaría para la pobre niña su aventura. Dejamos ese núcleo de voluptuosidad despareja para continuar la inspección en el segundo salón menos concurrido aunque más equilibrado. Aquí las parejas se solazaban con un increíble banquete ya que sobre la mesa ubicada en el centro, danzarinas contoneaban su vientre en danza milenaria, en derredor, mesas más pequeñas y con manjares de exquisita ornamentación donde los comensales reían y comían mientras observaban a las deliciosas bailarinas. El ritmo de la música incitaba tanto como las contoneantes caderas de las mujeres. Todo el salón contagiaba del supremo deleite al cual son tan proclives los árabes. Es evidente que los subyuga el placer y el gozo. Por mi mente pasó fugaz la molicie de un palacio y el confronte con la miseria de los arrabales.
Mientras contemplaba el sacudir de tan bellos cuerpos, sentí el chistido de Augusto Lecón que llamaba mi atención para que lo siguiera. Había encontrado una escalera en el fondo de la sala que se hallaba oculta por un pesado cortinaje. Los peldaños crujían denotando la estructura similar a todo lo visto hasta el momento, es decir, madera. Esta forma de armar una casa con módulos de hierro, madera y laminado plástico era una real innovación que me tenía pasmado. Al término de la escalera se abría otro salón pero sin gente ni mesas, solamente estantes con libros cubrían las paredes. Nos acercamos curiosos pues no imaginábamos que pudiera haber un material cultural en sitio tan banal. Para sorpresa nuestra los aparentes libros eran cajas con su forma. Lecón me miró interrogante.
-¿Qué es esto?- Pregunté al aire mientras me dirigía a una pared lateral.
-Parecen cajas de seguridad bancaria pero sin cerradura-. Dijo Augusto Lecón acercándose a la pared opuesta.
-Estas cajas deben encerrar algo pues están huecas-. Aseveré mientras con los nudillos de mi mano derecha golpeaba suavemente.
-Debemos abrir aunque sea una para comprobar qué contiene pero uno de nosotros debería estar cerca de la escalera para prevenir probables interrupciones de visitantes inoportunos-. Opinó Augusto Lecón con sarcasmo pero con indudable acierto.
Volví sobre mis pasos mientras Lecón intentaba abrir una caja-libro. Durante dos largos minutos estuvo forzando la parte frontal de la misma con un cortaplumas múltiple que portaba siempre en su bolsillo. Cansado del intento y con buen criterio delegó la continuidad en mí con un ademán de su mano derecha. Digo con buen criterio pues mientras él hacía el trabajo yo estuve meditando sobre la posibilidad de tener cada caja algún mecanismo de tipo electrónico para su apertura. Como carecía de disco o algo similar con números podría ser un juego de sonidos o de golpes suaves. Intentaría buscar alguna clave sonora y cavilaba acerca de cuál usaría primero cuando se me ocurrió un chiste estrafalario y por supuesto carente de todo asidero lógico. Un impulso cómico irresistible me llevó a articular, reprimiendo mi justa risa, las "sagradas" palabras de mis tardes infantiles.
-"Sésamo abrete"-. Dije riendo y sin convicción.
Como es natural nada pasó. Estaba por intentar los pensados golpecitos en cada caja cuando recordé que la fórmula "mágica" era a la inversa; esbozando una sonrisa mas esta vez con voz clara y sonora espeté: "¡ábrete, sésamo"! Con un suave chirrido todas las cajas-libros abrieron su tapa...
Augusto Lecón se acercó hacia donde yo me encontraba con una expresión de total perplejidad en su rostro. Sus ojos bailaban de una caja a la otra y recalaban en mí para luego continuar su rítmico vaivén. Su boca estaba abierta de forma desmesurada aunque justo es decir que yo me encontraba tan atónito como él por mi broma que tan insospechadas consecuencias había traído. Nos miramos y estallamos en risas mitigadas en su volumen por el temor de ser descubiertos por los guardianes de ése orden. Las cajas-libros eran de acero templado como pudimos constatar de inmediato y en su interior cobijaban bolsas de azúcar blanco, así rezaban los grandes caracteres del frente de cada una. Lecón con su cortaplumas realizó una incisión en el grueso papel para comprobar la calidad del azúcar y dejó caer el polvo que más bien parecía ahora harina pero que el avezado Lecón identificó como...cocaína. Sí, ni azúcar ni harina ni nada que se le parezca. Eran bolsas de cocaína, una inconcebible cantidad de bolsas del mortífero veneno del siglo XX. Por eso estaban tan celosamente resguardadas en cajas-libros de acero templado y con cerradura electrónica sonora con clave inverosímil.
Pasado el momento de estupor, debíamos cerrar todas las cajas-libros de inmediato y antes de ser descubiertos; ¿cómo hacerlo rápido? Todas las paredes estaban cubiertas con estantes repletos de ellas. Cerrarlas una por una nos llevaría mucho tiempo y quedaba la duda sobre si quedarían bien selladas. Intenté cerrar la que tenía a mi alcance empujando con fuerza sostenida la tapa pero ésta no quedaba sujeta; simplemente retornaba a su máxima abertura. Medité un instante y se me ocurrió que bien podía hacerse de la misma manera en que las había abierto, es decir, con palabras. Iba a entonar la frase: "sésamo, ciérrate", lo contrario de la anterior pero rememoré que la forma exacta era a la inversa y dije, con volumen mediano en la voz y de manera diáfana, la invocación: "¡ciérrate, sésamo!" Ante nuestra admiración todas las cajas-libros cerraron sus tapas de forma hermética. Sin perder más tiempo colocamos la bolsa perforada por Augusto Lecón con su cortaplumas dentro de su respectiva caja-libro (repitiendo la treta sonora) y con los pies rápidamente esparcimos lo caído de la cocaína. Bajamos presurosos la escalera y atravesamos el salón donde continuaba el baile que absorbía a los comensales con la fabulosa cadencia de las danzarinas que se movían de manera espectacular al ritmo frenético de una orquesta donde la percusión era estrella; por suerte este sonido tan fuerte nos ayudó para pasar inadvertidos. Por supuesto que las deliciosas bailarinas atraían la atención de todos pero sin la música nos hubieran detectado por el crujir de los peldaños de madera. Nos sentamos a una mesa alejada del cortinaje que ocultaba la escalera y descansamos mirando el contoneo voluptuoso de las espléndidas mujeres. Yo aproveché para comer unos bocadillos que resultaron exquisitos y tomé unos sorbos de refresco que no abundaba ya que las bebidas alcohólicas eran casi la exclusividad. En rigor el susodicho refresco era una mezcla de frutas con agua mineral o soda y con algo de alcohol. Pude hallar una botella de agua mineral, presumo que estaba para rebajar, y le eché más agua. Observé que Augusto Lecón hacía lo mismo. Era evidente que nuestra intención de permanecer lúcidos pese a todas las tentaciones se iba logrando.
Sobre la mesa central el baile fue tomando un cariz diferente. Las muchachas fueron quitando las escasas prendas que cubrían su cuerpo a instigación del público y quedaron totalmente desnudas. Los provocativos movimientos de sus caderas, al estar descubiertas, y al abrir los muslos flexionando sus rodillas y teniendo en consideración que se hallaban paradas sobre una mesa produjeron el estallido ardoroso que se hizo efectivo al tomar un robusto muchacho a una de las bailarinas por el tobillo y atraerla hacia sí. La fabulosa mujer cayó a horcajadas sobre los muslos del joven quien, ni lerdo ni perezoso, extrajo su pene y lo introdujo en la vagina de la sorprendida danzarina que probablemente no hubiera imaginado un acontecer tan veloz. El público batía palmas, mientras la muchacha, ya repuesta, siguió su baile ahora sobre el joven. El jolgorio era total. Las parejas en las mesas del fabuloso festín comenzaron a imitar al joven con su danzarina y así todo el salón cabalgó mientras los integrantes de la orquesta continuaban impávidos con el ritmo de sus tamboriles. Augusto Lecón me miró y con un gesto elocuente ante el total desenfreno señaló la puerta, yo asentí con la cabeza y nos retiramos del salón en el preciso instante en que una de las bailarinas comenzó a gritar en forma histérica. Rápidamente apareció un fornido guardia que la tomó por la cintura levantándola y tapando su boca con una mano la retiró de la sala.
-Probablemente estaría drogada y tuvo una alucinación. No entiendo porqué se la llevó el mozo; con tanta bulla su vocerío pasaba desapercibido-. Murmuré al estar en el jardín.
-Quizás estaba diciendo algo inconveniente-. Dijo Augusto Lecón sentándose en una de las sillas que poblaban el parque.
El aire fresco nos hizo bien. Los sentidos se abarrotan de tanta lujuria y esto impide razonar; además, al menos yo, veníamos de un encuentro frustrado con la doncella primera y el ver tanto deleite hace flaquear el ánimo. Debíamos conservar todo nuestro control para continuar averiguando; la tarea no estaba concluida.
-Nos queda por ver el asunto del sótano o lo que suponemos es un refugio subterráneo. ¿Dónde se te ocurre que estará el acceso?- Preguntó Augusto Lecón apoyando su codo izquierdo sobre la mesa y colocando la palma de la mano sobre su frente.
-La mansión tiene un tercer sector; por allá se ve la terraza. Propongo que vayamos ahora mismo-. Dije levantándome pues yo también me había ubicado en un cómodo sillón de plástico.
Nos internamos en un bosquecillo y por una senda de lajas que se dirigía directamente al tercer sector. Unos cuantos metros antes de llegar nos desviamos por el lado izquierdo en medio de un tupido follaje que nos ocultaba. Nos ubicamos detrás de unas matas y observamos la construcción; ésta se elevaba varios metros más que las anteriores y su estructura era similar a la segunda, es decir, la forma de pagoda, salvo en una parte donde se abría una terraza; en ella se encontraban varias parejas bailando. Este detalle me hizo pensar que en el interior seguiría la fiesta como en el resto; no obstante, Lecón hizo el ademán de ingresar, yo asentí y dejamos el escondite para entrar en un salón con poca gente y en actitud más seria. Se trataba de personas más bien grandes de edad, no eran de la colectividad árabe, en rigor en los otros sectores también había gente de todo tipo. La fiesta era multifacética.
Había mesas con manjares variados que ocupaban el perímetro del amplio salón mientras que en el centro estaba la gran pista de baile. La música era suave en ese instante lo cual incitaba a una danza mejilla a mejilla. Este ambiente romántico se interrumpió repentinamente con el estallido, por parte de la orquesta, de un sonoro trompetazo llamando la atención. Por un costado aparecieron danzarinas con atuendo muy reducido que comenzaron a moverse rítmicamente en baile afro; con reminiscencias de trópico y caribe las muchachas contagiaron su alegría a los comensales que intentaron imitarlas. Toda la sala se transformó en un regocijo danzante que llamó por su bulla a las parejas reticentes en el jardín adyacente. Más y más gente invadió la gran sala y pronto ésta se llenó dejando vacía esa parte del parque. Nosotros aprovechamos para inspeccionar la zona exterior pues algo nos llevaba al jardín y no a la construcción. Lecón y yo nos miramos y sin decir palabra comenzamos a husmear; íbamos juntos pues en caso de peligro podíamos defendernos mejor si bien de esta forma tardábamos más tiempo en examinar el terreno; como no éramos personas violentas debíamos resguardarnos. Al pisar con fuerza el césped se denotaba claramente que debajo había plástico con muy poca tierra encima. Me incliné y con una rama hice un pequeño agujero que certificó la presunción. Sólo quedaba encontrar el o los accesos al subterráneo. Durante más de media hora registramos el parque sin hallar algo que indujera entrada; estábamos por desistir para reingresar en la mansión y buscar adentro cuando Lecón señaló un raro árbol. Efectivamente, no sólo por su forma, muy voluminoso desde el piso hasta un metro y medio de altura y luego se afinaba casi de golpe abriéndose en tupido ramaje, sino también por su contextura pues, al tocarlo, se descubría que no era madera. Lecón golpeó con sus nudillos el tronco y sonó a hueco.
-Me parece que encontramos lo que tanto buscamos. Hummm...registremos el contorno de este "árbol", puede que haya una entrada bajo el césped-. Murmuró Lecón.
-Yo más bien diría buscar en el mismo "árbol" como es hueco debe ser allí la entrada al subterráneo-. Dije con cierta lógica.
-Este "árbol" es una toma de aire o respiradero. Observa bien las ramas y lo comprobarás; tienen incluso filtro purificador; allí se ve el remate metálico-. Contestó Augusto Lecón.
El césped estaba colocado en paquetes sobre una escasa capa de tierra y debajo el laminado plástico que hacía de techo al subterráneo. Removiendo las junturas de los paquetes fuimos tanteando buscando alguna argolla o algo similar que levantara la tapa del acceso. La búsqueda fue en vano. Tampoco por allí estaba la solución del enigma. Me senté en el piso a reflexionar. Algo andaba mal en nuestra pesquisa y sentía una falta de concordancia; pero qué... De pronto di un brinco y dirigiéndome a Lecón expresé: -¡cómo no lo vimos antes!-.
Comencé a girar alrededor del tronco del "árbol" golpeando suavemente con los nudillos de mi mano derecha. Todo sonaba a hueco pero a la altura de mis rodillas el sonido fue diferente: a hueco pero distinto más agudo. Me senté frente al sitio encontrado; con voz suave y clara dije: -"¡ábrete, sésamo!"-. No sucedió nada. Giré alrededor del tronco ciento ochenta grados para colocarme en el extremo opuesto y repetí la frase: -"¡ábrete, sésamo!"-. En el tronco se sintió un chirrido y se abrió girando sobre sus goznes una pequeña puerta. Adentro se encendió una luz y vimos una escalera que, girando como un caracol, descendía a las profundidades. Entramos sin vacilar; al hacerlo atravesamos un rayo de luz que hizo cerrar la puerta nuevamente. La luz ambiental continuó y mirando hacia arriba confirmamos que las ramas eran aireadores del sótano, un zumbido denunciaba a un filtro-bomba que renovaba el aire. Descendimos por la escalinata varios metros hasta llegar a un gigantesco salón que, probablemente, abarcaba casi todo el predio. Al frente y a los lados la vista se perdía en un continuo espacio cubierto por enorme cantidad de cajas de madera. La iluminación era perfecta. Comenzamos a recorrer el vasto lugar mirando absortos la cantidad de cajas apiladas en completo orden y que iban formando pasillos que permitían el tránsito. Para no perdernos en ese laberinto gigantesco usamos la vieja técnica de ir desenrollando un ovillo de grueso hilo que se encontraba al pie de la escalera inicial. Al poco rato nos dimos cuenta de que todo era igual y sólo nos bastaría con abrir una de las cajas para cerciorarnos de su contenido; era probable que el resto de las cajas contuviese lo mismo.
-A ver esta caja tomada al azar, tratemos de abrirla-. Dijo Lecón.
Tomamos una barreta de acero que se hallaba cerca intentando insertarla en la tapa de la caja y ambos hicimos palanca con todas nuestras fuerzas. La tapa saltó y los dos miramos con ansiedad adentro para constatar su contenido. Sólo vimos paja mustia que llenaba hasta el tope el cajón.
-Probemos de levantarlo para comprobar su peso-. Manifesté haciendo un gesto de decepción.
Lecón tomó el cajón por la base en un extremo y yo en el otro y al grito de: "ahora", levantamos...no logramos ni siquiera mover la caja.....
Nos lanzamos hacia la paja removiéndola con nerviosismo.
Ante nuestros atónitos ojos aparecieron pesadas armas de gran calibre.
Todo el enorme lugar era un gigantesco depósito de armas clandestinas de todo tipo y de todo calibre; completaba el prodigioso arsenal una idéntica cantidad de cajas de municiones para las respectivas armas.
Augusto Lecón y yo nos miramos. Por un momento permanecimos en silencio y taciturnos. Si bien imaginábamos algo así el hecho de ver la concreción de una idea fugaz y temeraria, servía para comprobar que en este tema todas nuestras hipótesis, aún las más quiméricas, podrían ser una realidad. Esto me preocupó hondamente pues yo ya había elaborado varias teorías muy ilusorias y que descarté precisamente por ésa característica. Reflotaría todas mis especulaciones y las colocaría en un mismo nivel de confronte con lo que fuere sucediendo, tratando de amalgamar todos los cabos sueltos en un informe final. En pocas palabras le comuniqué a Lecón estos pensamientos y él estuvo de acuerdo conmigo. Habían pasado muchos minutos desde nuestro ingreso en el sótano de las armas y se tornaba peligroso seguir allí más tiempo pues si descubrían nuestra ausencia de los dormitorios y de los salones, al no haber registrado la salida de la mansión, comenzarían a buscarnos y de hallarnos en ese lugar seríamos, con certeza, hombres muertos; esa gente no andaría con escrúpulos. Colocamos la tapa en su sitio para que no sospechasen nuestro descubrimiento y regresamos tomando el hilo conductor, que habíamos desplegado a la entrada, y él nos llevó a través del laberinto a los pies de la escalera; unos metros antes el hilo, al frotar con una arista de la gran caja instalada en la entrada, se rompió. Esto nos molestó sobremanera pues el ovillo quedaría más pequeño y podrían notar su uso anormal. Si le hacíamos un nudo y lo enrollábamos, al usarlo notarían el empalme y también recelarían. ¿Qué hacer?
-Observa aquello-. Dijo Lecón extendiendo su mano izquierda.
Apoyada en una de las cajas había una lata que rezaba: "pegamento".
Con rapidez y sin decir palabra, pues lo interpreté de inmediato, tomamos la lata y mientras Lecón con su cortaplumas múltiple la abría con cuidado yo puse ambos cabos de la cuerda rota juntos sobre una tapa. Con delicadeza hundimos en el pegamento los extremos y luego los unimos sobre la tabla, sin hacer nudo alguno. Antes de secar del todo levantamos el hilo y vimos que se mantenía adherida la juntura. Con los dedos, girando el hilo, logramos disminuir el volumen de dicha unión hasta quedar casi igual al resto. Taponamos la lata y la colocamos en su sitio, haciendo lo propio con el ovillo de hilo previamente enrollado. Al subir la escalera notamos que las luces del subterráneo se iban apagando paulatinamente; esto se lograba con ondas luminosas que atravesaban los peldaños y que nosotros obturábamos al pasar. Pensé que al llegar al último peldaño y por consiguiente al postrer haz lumínico se abriría la puerta de acceso. Mi expectativa se vio frustrada. Nos quedamos paralizados un instante pero casi al unísono vociferamos: "¡ábrete, sésamo!". La portezuela se abrió de inmediato y salimos con extrema cautela y en absoluto silencio. En el parque no había nadie cerca y antes de irnos me volví hacia el "árbol" para decir la frase de cierre pues no habíamos atravesado ninguna onda luminosa de salida. Sin embargo la puerta ya estaba cerrada y sin chirrido alguno. Este hecho nos pareció extraño; al mirar hacia las ramas vimos que una de ellas operaba como interruptor o algo similar, captando las salidas y operando el cierre. Yo tuve el temor de haber sido filmados por alguna cámara controladora aunque la obscuridad nos favorecía para no ser identificados con precisión. Lo del chirrido no tenía explicación. Salvo que a la entrada fuese un aviso de recepción...lo cual significaba que podrían estar contabilizando las visitas por el mismo medio electrónico; en este caso les llamaría la atención en el recuento y buscarían a los intrusos por la lista de invitados. Lo más probable es que, ya avisados del descubrimiento de su escondite, cambiaran de lugar; total todo es desmontable. Sin embargo eran conjeturas mías; quizá no fuera detectada nuestra visita; el tiempo lo diría.
Caminamos lentamente por el césped en dirección al segundo sector y luego con parsimonia y displicencia orillamos la "pagoda" para entrar en la primera sección de la finca, donde todo era bullicio y ya las parejas ni siquieran subían a los dormitorios: echados en el suelo, quizá con drogas encima, se ufanaban en todas las prácticas sexuales imaginadas. La fiestita estaba en su apogeo mientras una pareja dirigía a un grupo de hombres muy maduros que, tambaleándose, perseguían a muchachas desnudas las cuales reían por la impericia de los vejetes. Esto último resultaba de lo más desagradable; los pobres ancianos al alcanzar, porque se lo permitían, a alguna mujer eran manoseados por ellas pero sin lograr el objetivo de erguir su sexo. Ellas reían y ellos caían, agotados sobre el piso, en un adormecimiento.
-Parecería que todavía no se descubrió el homicidio del hombre clavado con la lanza en el dormitorio-. Manifestó Lecón hastiado de ver cómo se jugaba con ancianos y sentándose a una mesa algo retirada.
-No se descubrió o si se hizo se ocultó. Me parece que esto último es lo más probable. Aquí hay delincuencia de alto vuelo y rango-. Dije pensando en voz alta.
Lecón me miró con ojos escrutadores. Por un rato ambos nos intercambiamos mudos mensajes con la mirada. Era claro y evidente, para nosotros, que la cuestión venía mucho más compleja de lo imaginado. Mientras, a nuestro alrededor, el frenesí iba en aumento. Las mujeres corrían perseguidas, en juego compartido, por los hombres que aún permanecían con algún grado de lucidez. Una de ellas fue alcanzada por un gigantesco mozalbete que la derribó. La muchacha cayó de bruces pero logró frenar la caída con sus manos, mientras el joven se tumbaba sobre ella y la penetraba por detrás ante el batido de palmas de la concurrencia.
-Aquí ya no podemos dialogar con nadie. Además con todo lo que hemos descubierto es más que suficiente para comprender el nivel de la situación. Lo mejor que podemos hacer es irnos antes de que tengamos problemas; somos los únicos que estamos normales y lúcidos. Esto es una orgía de la Roma antigua-. Dije con una sonrisa y levantándome.
-Tienes razón mas los romanos se quedaban cortos, no conocían las drogas de la actualidad; en cuanto al sexo existió siempre y es natural, pero éstos están todos drogados-. Aseveró Lecón con una última ojeada a la bacanal.
Con andar cansino y disimulando nuestra sobriedad para no llamar la atención nos fuimos retirando lentamente de la fiesta. En el estacionamiento un mozo bastante ebrio nos dio paso con el ademán de una mano mientras que con la otra sujetaba los senos de una bella muchacha que cabalgaba sobre sus muslos. Al salir hacia la ruta no nos siguió ningún coche. Claro, estarían todos entretenidos en la mansión del placer...