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ADVERTENCIA: El texto de esta obra no es aconsejable para menores de edad.

 

TEXTO DE LA NOVELA  

Autor: Héctor Carlos Reis

TITULO DE LA OBRA: EL GRAN ATENTADO

 

 

  INDICE

 

 

Prólogo..................................................................................................... 1

  1. Augusto Lecón se presenta....................................................... 2
  2. La mansión del placer................................................................ 16
  3. Comienza la telaraña.................................................................. 32
  4. Augusto Lecón en acción.......................................................... 48
  5. La telaraña se agranda............................................................... 66
  6. Más allá del océano..................................................................... 83
  7. Jueces de manos limpias y la cuna de mafias..................... 103
  8. La entrevista y Augusto Lecón................................................ 127
  9. "No hay pruebas" o las pruebas se fabrican........................ 136

10. En el gran país............................................................................ 155

 

 

 

 

 

Prólogo.

 

"El gran atentado" es una descripción que intenta esclarecer para evitar un probable hecho antes de que suceda. La investigación pertinente se encarga a dos personajes muy particulares que, con métodos fuera de lo común, sin ejercer violencia de ningún tipo indagan y llegan al fondo del asunto. Viven aventuras muy exóticas y peligrosas a cada instante pero ellos, sin armas salvo su intelecto, logran sobrellevar los riesgos, las contingencias, los impedimentos y hasta esquivan la muerte por centímetros.

La prevención de los delitos es mejor que cualquier represión.

El lector sutil encontrará además muchos elementos que enriquecerán su imaginación junto con su discernimiento y que le servirán para descifrar la gran metáfora que es "El gran atentado" y encontrar el informe final de los investigadores oculto a través del texto. Como pista le sugiero al lector que preste atención cuando, similares ideas están expresadas con distintas palabras y por diferentes personajes; apuntando, es decir tomando nota por escrito, con sus propias palabras puede ir construyendo el referido informe final que, espero, lo conmoverá, aunque es probable que haya tantos informes finales como lectores... Como dice Augusto Lecón: ..."cada uno ve lo que quiere ver. El meollo es saber qué quiere cada cual....."

Motivan mi vida, y por eso escribo: un ansia de buen amor, la búsqueda de conocimiento y una insoportable angustia por el sufrimiento humano; mi objetivo principal es que al terminar, el lector se encuentre en mejor situación que al comienzo para reflexionar sobre la condición humana.

El autor

 

 

 

1. AUGUSTO LECÓN SE PRESENTA

"Mi nombre es Augusto Lecón, encantado de conocerlo". Esas fueron sus primeras palabras y a partir de ellas cambió el curso de una vida simple, dedicada al estudio, por otra complicada pletórica de riesgosos sucesos. Yo estaba en un bar leyendo cuando escuché una voz conocida llamarme en tono alegre. Al levantar la vista vi a mi amigo acompañado por un señor de aspecto exótico. Luego del abrazo amigable, el extraño sujeto se presentó con la frase del comienzo y dándome la mano prosiguió: -su amigo me habló mucho de Ud., él lo considera un gran estudioso en la materia. Precisamente yo soy todo lo contrario pues me baso en la intuición y por eso quiso que nos conociéramos; a lo mejor nos complementamos... -Concluyó cambiando el timbre de la voz y sonriendo.

Mi amigo Hugo, como siempre, exagera en sus conceptos pues yo simplemente conozco algo de la historia delictiva pero no soy un estudioso y mucho menos un especialista del tema. Simplemente observo en los delincuentes facetas comunes que los hacen parecerse unos a otros. Mi tesis es que hay un tipo muy definido, con ribetes especiales y característicos que diferencian desde el comienzo a un delincuente de otra persona. No en su conformación física (como algunos autores entre ellos C. Lombroso lo han expresado) sino en su estructura mental. Estas personas, así tipificadas mentalmente, tienen una predisposición a delinquir en algún momento de su vida. Algunas no lo hacen por no tener circunstancias propicias pero de manera latente subsiste esta capacidad que sólo necesita del disparador adecuado para manifestarse. Ahora aparece este Augusto Lecón diciendo que es un intuitivo en materia tan difícil... Mientras Hugo comenzó a contar un caso que tenía en manos, yo me dediqué a observar con detenimiento al "intuitivo".

Augusto Lecón era un hombre de unos cuarenta años. De estatura mediana, alrededor de un metro setenta y cinco, cabello negro y con algunas canas, ojos castaños claros de un mirar persistente, nariz recta, boca mediana que se contraía en un rictus de extraña reminiscencia egipcia (hacía recordar relieves de tumbas del antiguo Egipto), su rostro era raro pues a su pequeño tamaño aunaba un mentón muy agudizado que le daba un aspecto intrascendente pero esto sólo era hasta que comenzaba a hablar; a partir de ese momento cambiaba todo. Augusto Lecón se transformaba en una persona de lo más entretenida y fuera de lo común pues su conversación concitaba de inmediato la atención pero estos detalles los comentaré luego porque antes deseo continuar con su aspecto físico que incide para comprender el relato posterior. Su contextura era delgada pero fuerte aunque se notaba que distaba mucho de ser un atleta. Su fortaleza radicaba más en el carácter que en su físico ya que éste era más bien esmirriado aunque resistente. Tenía una tendencia a marchar ligeramente encorvado lo cual le daba una apariencia más intrascendente aún. Podríamos decir que Augusto Lecón no brillaba por su presencia incluso para algunos era desdeñable. Sin embargo yo advertí desde el inicio una gran personalidad. Es probable que me llamara la atención el hecho de haber manifestado que se manejaba con la intuición; las personas intuitivas siempre han sido objeto de mi asombro, quizá porque yo no lo soy...

A lo mejor tiene razón Hugo: Augusto Lecón y yo nos complementamos; pero... ¿para hacer qué?

Cuando Hugo terminó el parloteo del caso que llevaba (yo oía pero no escuchaba) comenzó a dilucidarse cuál era la necesidad del "intuitivo".

-Amigo Javier, -[había omitido presentarme mi nombre es: Javier Reybaj, tengo cuarenta y ocho años, soy ...pero lo importante de esta historia no soy yo] -desde hace tiempo conozco a Augusto Lecón y me enorgullece el ser su amigo. Tiene notables condiciones para su trabajo pero él siempre se lamenta de no poseer conocimientos más profundos sobre las personas. Cree que rendiría mucho más si tuviera el consejo de alguien como tú-. Comentó Hugo confiando en mi aquiescencia.

-Todavía no me han dicho de qué se trata y ya buscan mi conformidad. No lo entiendo-. Manifesté algo molesto.

-Tienes razón; pretendemos tu acuerdo y aún no te hemos explicado nada al respecto pero quizá nuestra vacilación se explique por la índole del asunto-. Manifestó Hugo dándole más vueltas a la cuestión.

-Lo que pasa es que soy detective privado y tengo un caso que no puedo encuadrar con mi instinto solamente-. Desembuchó finalmente Augusto Lecón.

-¡Al fin!- Expresé aliviado y con cierto orgullo.

El hecho de constatar que alguien hubiera pensado en mis servicios para asesorar en la materia me dio ese toque de presunción pero de inmediato advertí mi error: estaban engolosinándome para obtener el consentimiento. Me necesitaban pero ¿no sería de pantalla...? Desconfiado como siempre, opté por saber mucho más del asunto antes de aceptar cualquier oferta.

-¿Aceptas colaborar con Augusto Lecón?- Preguntó el astuto Hugo.

-Antes necesito saber todos los detalles del caso en cuestión-. Manifesté decidido a que se me informara con precisión.

En este estado del relato conviene hacer algunas consideraciones previas y que hacen al fondo de esta historia. Estamos atravesando una época de extrema dificultad en cuanto a la vida misma de las personas. Por motivos fútiles muchas veces se mata y generalmente los instrumentos son personajes muy especiales adiestrados exclusivamente para aniquilar al semejante. En la jerga lo denominan ajuste de cuentas pero es lisa y llanamente un homicidio premeditado por los "cerebros" y ejecutado por los "profesionales". Es decir que el delito tiene dos facetas: el análisis minucioso de cómo llevarlo a cabo y la ulterior ejecución. Los organismos de seguridad de los diversos Estados generalmente toman en cuenta prioritariamente el aspecto más notorio: la ejecución y descuidan casi todas las facetas preventivas. En realidad tienen razón: no hay delito mientras éste no se consuma; pero existe la figura denominada tentativa en casi todos los códigos penales y ella generalmente tiene una pena, menor pero pena al fin. Sin embargo para que exista tentativa debe haber un comienzo de ejecución del delito pero éste no llega a consumarse por circunstancias ajenas a la voluntad del autor de la tentativa. Generalmente se agrega que si éste desistiere voluntariamente del delito no estará sujeto a pena. Algunas modernas leyes penales tipifican la figura del arrepentido y del agente encubierto. El "cerebro", es decir aquel que planea todos los detalles de un futuro delito y deja la ejecución del mismo al "profesional", generalmente cae dentro de la figura de la instigación con la misma pena del ejecutor. Un tercer personaje aparece en la escena delictiva moderna y antigua (yo, Javier Reybaj, que estudio la historia, la prehistoria y la paleoantropología lo puedo asegurar): el intermediario. El "cerebro" contrata al "profesional" a través del intermediario; si existiera una cadena de intermediarios el panorama se complica para llegar al "cerebro". Precisamente esta cadena de intermediación es la usual en casi toda organización y no sólo en las delictivas. Las intermediaciones son el meollo de todo acontecimiento.

-Hemos tenido conocimiento de que está por consumarse un atentado de enorme envergadura-. Comenzó diciendo Hugo que trabajaba en una repartición estatal.

-En el Departamento Seccional le encargaron a Hugo que contratara a un detective privado para investigar a fondo y sin compromisos de forma legal-. Agregó Augusto Lecón con un temblor en la voz apenas perceptible que me hizo pensar en un ligero nerviosismo inexplicable para mí.

-¿Qué tipo de atentado?- Pregunté intrigado.

-No sabemos nada. Sólo el dato de que un atentado gigantesco se perpetrará-. Dijo Hugo secamente y medio amoscado.

-No entiendo el porqué de mi participación en el asunto-. Repliqué yo también molesto por tanta ambigüedad.

-Tú entiendes el comportamiento humano y puedes detectar a un delincuente antes de que delinca-. Siguió inflexible Hugo.

-Eso es un disparate; yo no soy mago. Por lo demás nadie puede predecir el futuro y los que lo hacen o son delincuentes porque estafan a la gente o son enfermos que no saben lo que dicen-. Refuté con vehemencia.

-Sin embargo tú dices que con sólo ver y hablar con una persona puedes determinar si será o no un criminal-. Prosiguió Hugo.

-Eso es falso; no sostengo semejante desatino. Lo que yo considero es que ver y hablar con alguien me permite deducir si esa persona tiene o no tiene predisposición para delinquir, que no es lo mismo. No puedo asegurar nada del futuro pero puedo inferir una generalidad sobre una persona (basándome en inducciones) ésta tendría una predisposición a delinquir en algún momento de su vida; si no lo hace es por no tener circunstancias propicias pero en forma aletargada existe la aptitud que sólo necesita de un detonante adecuado para exteriorizarse. Esta predisposición varía en intensidad y depende de cada sujeto en forma estrictamente individual sin intervención del grupo social al cual perteneciere-. Señalé.

-Es muy general tu aseveración y no la comprendo del todo-. Dijo tímidamente Augusto Lecón que ya comenzaba hábilmente a tutearme.

-Muchacho, no se puede sintetizar en una frase años de investigaciones sobre las personas-. Repliqué tomando su confianza pero con estúpida soberbia que de inmediato traté de rectificar: -Quiero decir que todas las personas tenemos una estructura mental reconocible por un observador exterior avezado y que se puede inducir una ley general para las actitudes de cada persona y determinar predisposiciones. Por ejemplo, si observo que una persona en una fiesta fuma mucho y que mira constantemente hacia la puerta de entrada, estas dos actitudes me pueden señalar que el sujeto está esperando impaciente a alguien pero no puedo asegurar aún que el sujeto en cuestión sea un adicto al cigarrillo aunque sí puedo suponer que algo importante podría acontecer; como precaución interrogaría a ese señor. Observar y dialogar serían las dos premisas básicas de toda acción precautoria. Otro ejemplo, una persona va todos los domingos a su iglesia; de ese dato podemos conjeturar que ella es muy devota pero también es posible que esté tramando un delito y vaya a la iglesia para despistar o que simplemente esté estudiando la manera de hurtar o robar en el propio templo. Una sola observación no es suficiente para deducir las predisposiciones de alguien y mucho menos su probable conducta. Cuantas más observaciones precisas y concordantes se hagan, mejor pero el trato directo, personal y el diálogo son fundamentales para determinar las predisposiciones de cada individuo. Por todo esto no veo como les puedo ser útil en el asunto del atentado-.

-Tú dices que necesitas un diálogo para opinar. Pues lo tendrás. ¿Qué más necesitas?- Dijo Hugo descolocándome.

-Un momento. Si se está gestando un atentado, ¿con quién voy a dialogar? Los posibles implicados están incógnitos; ni siquiera la punta del ovillo. Uds. bromean-. Aseveré sin comprender todavía de qué se trataba ya que eran ellos los ambiguos.

Hagamos esto, te explicamos bien todo el asunto si tú antes aceptas colaborar con nosotros. Tu función es asesorarnos sobre las distintas personas que vayamos ubicando durante el transcurso de la investigación. Te comento que se requiere dedicación exclusiva y deberás viajar, cuando fuere necesario, por distintos lugares dentro y fuera del país-. Explicó Hugo, sin agregar mucho pero entendible por la índole del tema.

-Necesito pensar unos instantes-. Respondí lacónicamente.

-Piénsalo tranquilo; nosotros realizaremos una gestión a pocas cuadras de aquí y regresaremos en cincuenta minutos-. Dijo Hugo levantándose y se retiró seguido de Augusto Lecón.

Quedé meditando ¿por qué cincuenta minutos y no una hora? Lo lógico es decir cifras redondas y no tanta precisión de minutos. Instintivamente miré la hora: eran las 16:35; los cincuenta minutos se cumplirían a las 17:25... La precisión era una deformación profesional; en su trabajo ambos la necesitaban y eso me hizo cavilar sobre el hecho delictivo que también requiere, para su ejecución eficaz, suma exactitud. Tanto detectives como maleantes usan la puntualidad y la estrictez en todo si desean ser eficaces. Hay muchas cosas en común en las dos actividades además de la medición y la exactitud; por ejemplo: la excelencia en la observación..., otra, la más peligrosa, usan armas...

Esto último no era de mi agrado; jamás había usado un arma ni deseaba hacerlo a esta altura de la vida. Pues bien, cuando regresase Hugo le diría que no aceptaba y le explicaría el motivo: las armas y Javier Reybaj están en total oposición. Seguí leyendo...

-Hola, ¿interesante la lectura?- Dijo Hugo mientras separaba la silla y llamaba al mozo pidiendo un café doble, cortado con crema.

Lo miré con expresión de sorpresa; había llegado antes y solo. Ojeé el reloj: eran las 17:24. No, fue puntual; me pareció que el tiempo había transcurrido más rápidamente; quizá por lo apasionante del libro. Me surgió una reflexión: la lectura debe ser cautivante, manteniendo el interés, aun cuando se trate de cuestiones serias como la que estaba leyendo; el autor sabía expresarse con sencillez y de manera entretenida.

-¿Qué leías?- Insistió Hugo con una sonrisa.

-Un libro sobre paleoantropología; relata uno de los últimos descubrimientos de restos fósiles de homínidos...- (Hugo hizo un gesto como si desconociese la palabreja)...-bueno, huesos calcificados de antecesores del ser humano de tres millones quinientos mil años de antigüedad, porque sabrás que nosotros los homo sapiens somos producto de una evolución biológica ¿verdad?- Pregunté con expectación. (Mi ansiedad era lógica pues si Hugo ignoraba cómo fuimos mal podría saber cómo somos. Luego me tranquilicé al recapacitar que justo por eso me necesitaba).

-Sí, eso lo sé. El relato de Adán y Eva es un mito bíblico; no existieron en la realidad, tan bruto no soy-. Respondió Hugo con un gesto altanero.

-Casi todas las creencias se basan en ficciones imaginadas por alguien especial y no en investigaciones comprobadas como sí se hace en la ciencia. De allí la importancia que tienen los huesos fósiles ya que prueban las hipótesis. En tu caso, la Justicia necesita pruebas para condenar a los delincuentes-. Repuse volviendo al tema pero bajando un poco la arrogancia de Hugo.

-Augusto Lecón viene enseguida; se quedó en una oficina rastreando unos datos valiosos para la investigación. Y, querido amigo ¿qué decidiste?- Demandó Hugo en tono conciliatorio y con la expectativa, con la esperanza de ser favorable mi respuesta.

-Lamento defraudarte pero no puedo aceptar. Tú sabes que detesto las armas, ni siquiera sé utilizarlas. No se me ocurrió antes y lo siento mucho. Estaba excitado con la idea de investigar que sí me fascina-. Respondí con cierta tristeza pues en verdad me agrada indagar explorando casos.

-¿Y quién te ha dicho que se requiere el uso de armas?- Replicó Hugo sorprendido.

-Y...es lógico, si hay que tratar con delincuentes que van a cometer una fechoría-. Dije con un gesto y mostrando las palmas de las manos.

-Amigo, te conozco hace mucho tiempo y si hubiera sido imprescindible el uso de armas ni siquiera te hablaba del caso. Para nada se usarán armas en este asunto. Tú y Augusto Lecón investigarán pero a sus maneras que son ambas pacíficas a ultranza-. Manifestó Hugo riendo.

En ese instante llegó Augusto Lecón con una carpeta, que antes no tenía, bajo su brazo izquierdo. Apartó, con cierta brusquedad, una silla y se ubicó frente a mí con mirada cargada de expectativa pues él también tenía la esperanza de trabajar conmigo.

-Estoy muy complacido por el interés que ambos tienen en mi colaboración pero justo le estaba comentando a Hugo que detesto la violencia y el consiguiente uso de armas. Me gusta la investigación pero no la brutalidad que emana de toda práctica relacionada con el delito y su represión-. Comenté con melancolía pues cada vez me entusiasmaba más la idea de ayudar en la investigación.

-Tú lo has dicho: con la represión; allí sí se emplea violencia pero nosotros haremos prevención. Es un trabajo de inteligencia que excluye la fuerza. Yo jamás usé la violencia. ¡Con mi físico escuálido qué pretendes! Por eso Hugo piensa que nos complementamos ya que ambos usamos las dos facetas de la inteligencia: la intuición y el análisis. Cada uno en profundidad su perfil pero siempre usando el raciocinio-. Explicitó Augusto Lecón con entusiasmo.

Quedé mirando a ambos con extrema curiosidad. Trataba de indagar en sus rostros dónde estaba la verdad. En ese momento tuve la intuición (nunca me guío por ella...) de que estaban "dorando" las cosas para que yo aceptara. Debí dejarme llevar por el instinto pero sucumbí a sus razonamientos y...¡así me fue! Pero no debo adelantarme en el relato de los hechos. Simplemente baste decir que las cosas no sucedieron como lo planteaban Hugo y Augusto Lecón.

-Si Uds. están seguros de que no habrá violencia yo aceptaría pero ¿cómo pueden estarlo tratándose de delincuentes? Tengo el presentimiento de que habrá violencia y mucha-. Dije en forma dubitativa.

-No habrá violencia. Haremos prevención y elevaremos los informes a Hugo con todo lo que logremos averiguar-. Insistió Augusto Lecón que estaba apasionado con el caso.

Yo podía advertir la actitud de Lecón donde predominaba el aspecto emocional y en ese preciso instante me di cuenta de que era verdad: ambos nos complementábamos. Yo no hacía caso de mis presentimientos porque quizás un recóndito deseo de aventuras era el motor de un cambio; en algún momento del camino de la vida debemos hacer algo para variar, aunque sea como un juego...

-Está bien, acepto, pero no crean que me han convencido con sus razonamientos estoy persuadido de que habrá peligro y la inseguridad será permanente pero asumo el riesgo para cambiar una vida monótona aunque productiva por otra donde pueda aplicar los conocimientos orillando la muerte-. Manifesté con dramatismo no fingido.

-Vamos amigo, no exageres. Tratarás con una clase especial de delincuente que usa la inteligencia y te sentirás como pez en el agua. Además colaborarás con la Justicia, se evitará un gran daño y esto es lo más importante. A ti siempre te importó el ser humano y su cuidado-. Describió Hugo continuando con la "doración".

-Contamos con tu palabra que sabemos que vale-. [¡Y dale con la adulación! Ellos no saben que conmigo no sirve; si acepto es para variar y para ayudar a evitar víctimas] -Así que te explicaremos en detalle el asunto para comenzar de inmediato-. Expresó Augusto Lecón extendiendo sobre la mesa la carpeta que había traído de su paseo burocrático.

[Todavía no habíamos empezado y ya estaba ironizando pero convenía tomar con buen humor las cosas...o quizás el miedo me llevaba por ese lado].

-Antes una aclaración-. (Comencé y dirigiéndome a Lecón frenando su impulso pues ya se disponía a hablar). -En ese momento estaba lucubrando mi respuesta y no te refuté pero grabé en la memoria tus opiniones; dijiste hace un rato que "ambos usamos las dos facetas de la inteligencia: la intuición y el análisis. Cada uno en profundidad su perfil pero siempre usando el raciocinio" y sucede que algunos no están muy de acuerdo con eso pues ubican a la intuición en los instintos más primarios fuera de la órbita del raciocinio. Yo tengo una posición intermedia. Pienso que los seres humanos actuamos primordialmente por la actividad de la corteza cerebral que a su vez se divide en dos hemisferios (unidos principalmente por el cuerpo calloso): el izquierdo, base del análisis y el derecho, donde radicaría la intuición. Sin entrar en detalles, por ahora, el resto de la estructura cerebral es lo que hoy llamaríamos el sístema límbico y el complejo reptílico que se interrelacionan con la corteza o neocórtex y sus dos hemisferios produciendo hormonas entre otras funciones. Nos quedamos entonces con el neocórtex o corteza y la intuición para mí estaría ubicada en el hemisferio derecho. Los seres humanos utilizamos los dos hemisferios pero con preminencia de uno de ellos. En mi caso el hemisferio izquierdo tiene la actividad prioritaria y en el tuyo la tiene el derecho por eso, inclusive, tú eres más emotivo pues en el derecho estarían radicadas las emociones junto con el sistema límbico subcortical (glándulas: pituitaria, amígdala, tálamo, hipotálamo y el hipocampo) en donde estarían las más intensamente vívidas. Precisamente en los delincuentes se producen desequilibrios endocrinos, en las glándulas, siendo la pituitaria la que dirige todo el sistema endocrino o glandular y la amígdala, que tiene forma de almendra, opera en la génesis de los impulsos agresivos y también en los sentimientos de temor. Deseaba aclararte que los procesos racionales son muy complejos interviniendo principalmente los dos hemisferios de la corteza cerebral en cambio en las emociones, en especial las más vívidas, desempeñan una importante tarea las glándulas del sistema límbico-.

-¿La intuición tiene algo de emoción?- Preguntó Hugo muy atento.

-La mayoría de la gente piensa que sí; incluso la relacionan con los llamados fenómenos parapsicológicos, la premonición y la precognición, es decir, formas de adivinación y Uds. ya saben lo que yo pienso al respecto-. Contesté deseoso de no confundir los conceptos. -El intuitivo toma en cuenta detalles que pasan desapercibidos para los demás, incluso para él mismo en el nivel consciente, llega a una conclusión sin advertirlo. Sólo lo siente-. Completé y haciendo un gesto me dispuse a escuchar los pormenores del caso.

-Interpol tiene informes concordantes sobre un atentado de enorme trascendencia que se perpetrará en los próximos meses; no se sabe con precisión si será en nuestro país o en otro pero hay indicios ciertos sobre una acción terrorista diferente a las anteriores y de proporciones mundiales. El carácter de diferente es lo que desconcierta. Hasta el momento los activistas pusieron bombas en edificios o asesinaron a personajes de la política; su actividad fue siempre dirigida a un determinado objetivo-. Comenzó Hugo en tono sombrío.

-Parecería que no sólo cambian los métodos sino también los objetivos y los ejecutores, éstos ya no serían delincuentes comunes o fanáticos religiosos o políticos. Y precisamente aquí es donde se halla lo más complicado del asunto los que harían el atentado serían personas aparentemente normales, inclusive preparadas intelectual y moralmente-. Agregó Augusto Lecón visiblemente perturbado.

-¿Cómo es posible que gente de aspecto sano delinca?- Preguntó Hugo mirándome ansioso.

-Ahora comprendo porqué me necesitan. Uds. habrán leído algo que escribí diciendo que la gran mayoría de la gente tiene un alto grado de neurosis que se prueba cuando estallan psicosis colectivas, por ejemplo escaladas bélicas, en donde la mayoría de las personas desean e incitan a la guerra sin medir las consecuencias de destrucción. En estos casos el soldado propio que mata es un héroe y el soldado enemigo que muere es una baja; un aviador es condecorado porque abatió diez aviones del bando contrario, con diez, al menos, bajas enemigas. La paradoja está en que la nación contraria hace lo mismo y sus aviadores abatidos son héroes muertos en combate idéntico a sus aviadores que abaten a los del enemigo. En este macabro juego tenemos como héroes a los muertos propios y a los que matan enemigos; como cada nación repite el comportamiento: son todos héroes para un observador imparcial-. Describí con un dejo de tristeza.

-Entiendo adonde quieres llegar. Si en una psicosis bélica se producen semejantes paradojas eso probaría el grado de locura encubierto en la población que se exteriorizó con un detonante adecuado. No se opusieron a la guerra pues ese acto violento lo consideraron "necesario" por un motivo cualquiera que sirvió de excusa para la eclosión. La neurosis está latente y se manifiesta con el hecho violento "imprescindible"-. Dijo Hugo captando la idea básica.

-Eso está bien, pero ¿qué sucede cuando un pueblo está más "loco" que otro e inicia las hostilidades? ¿Acaso el atacado, al defenderse, está también neurótico?- Preguntó Augusto Lecón con legítima razón.

-Un pueblo más sano no se defiende con las armas. Se deja invadir y pacta, sin ninguna violencia, las mejores condiciones de vida bajo esta ocupación y luego trata culturalmente de demostrar al ocupante que está en un error. La historia de la humanidad nos dice que esta actitud casi nunca se llevó a cabo, generalmente se resiste con las armas. Japón, en la segunda guerra mundial, luego de las explosiones atómicas se rindió y fue ocupado por los norteamericanos. Recién aquí aplicó el criterio de trasvasamiento cultural; en la actualidad Japón es una potencia mundial en lo económico y en lo tecnológico. El caso de Alemania es más complejo; la histeria bélica de su pueblo comenzó arrasando Europa. En los días de euforia belicista los alemanes todos ellos (no fueron sólo los nazis) jugaban, como describí antes, a los héroes. Decir que un pueblo es engañado por sus autoridades (aunque ellas sean una dictadura) no es válido. La gente si no ve la realidad es porque está neurótica y la falta de libertad en la información es una excusa. En todos los países y en todas las épocas en que se han cometido vejaciones la responsabilidad de las mismas es de todos, no solamente del pequeño grupo encaramado en el poder. Entender esto es muy difícil pues siempre está el pretexto: "¿y yo solo qué puedo hacer?"- Estimé irónicamente.

-Y es verdad ¿uno solo qué puede hacer?- Refutó Hugo.

-Más adelante te contaré todo lo que uno solo puede hacer. Te dejo la incógnita para no demorar las explicaciones de Uds. sobre el caso en cuestión, pero ¿habrán advertido como viene a colación de lo nuestro lo conversado hasta ahora?-. Pregunté para medir sus grados de atención.

-Parece que tú tienes una tesis de neurosis generalizada en las poblaciones de todos los países y en todas las épocas. Esta situación haría que todos potencialmente fuéramos probables delincuentes. Solo faltaría el detonante adecuado. ¿No es así?- Dijo sutilmente Augusto Lecón.

-Exagerando el concepto, sí pero en un sentido más realista, diría que la mayoría de las personas estarían en ese supuesto. Es probable que una minoría escape y sea realmente más sana e incorruptible. Esa pequeña porción de gente no gravita en las decisiones universales; en esto sí podemos estar completamente seguros-. Afirmé mirándolos con persuación que no admite réplica.

-¿No estarás insinuando que los delitos tienen, al menos los "cerebros", su base en los sectores de decisión?- Preguntó Hugo.

-Estamos hablando de los grandes delitos, en nuestro caso el atentado, no de los pequeños rateros que hurtan o roban por problemas de necesidad extrema-. Deslindé rápidamente.

-Tienes razón. Vayamos adecuando al asunto del atentado. Sugieres entonces que un atentado tiene su "cerebro" en los lugares decisorios y más concretamente en los grupos de poder ya sean o económicos o políticos o religiosos. ¿Nunca en una actitud individual?- Siguió Augusto Lecón con su sutileza.

-Considero que las actitudes individuales son para los delitos donde el fin es sólo satisfacer la codicia de bienes o para saciar apetitos personales como en el caso de los delitos sexuales o las venganzas. Veamos, un atentado ¿para qué se hace?- Pregunté analizando.

-Para llamar la atención sobre algo o alguien en singular o plural-. Respondió Augusto Lecón.

-Muy bien. Se busca llamar la atención; para ello no se tienen en consideración los daños que se puedan ocasionar ya sea en vidas o en bienes. El fin es llamar la atención o también demostrar algo: por ejemplo, el poder que se tiene y que se goza de impunidad. Pero la idea general básica es el llamado de atención, yo diría como un niño cuando hace una travesura. Lo terrible es que no son niños y el daño producido puede ser abismal-. Expresé.

-Quien llama la atención recurriendo al deterioro de vidas o cosas es un enfermo-. Manifestó Hugo pensativo.

-Precisamente antes habíamos dicho que existía una neurosis latente en las sociedades y que espera un detonante para exteriorizarse. La justificación para un atentado suele ser o política o religiosa o económica. Las personas más susceptibles a los detonantes son aquellas que están fuertemente imbuidas de una idea y que transforman esa idea en algo propio y esencial-. Dije mirando a Augusto Lecón que se movió inquieto en su silla pues deseaba hablar.

-Justamente en este caso pensamos que se trata de fanáticos religiosos y políticos intentando demostrar su dominio global, que pueden actuar con impunidad en cualquier lugar del mundo. Los ejecutores pueden ser a sueldo o no pero conjeturamos que el "cerebro" es un grupo fundamentalista de origen islámico-. Dijo Augusto Lecón y llamó al mozo para pedir un café.

-Quizá esté también implicado algún gobierno de ése signo-. Agregó Hugo.

-Siempre se piensa así y nunca se prueba con hechos más concretos-. Señalé con tono enigmático.

-¿Qué quieres decir?- Preguntó Hugo intrigado.

-Pues que la tesis de un complot encabezado por un gobierno es tan antigua como las naciones y sirvió de pretexto muchas veces para agredir al presunto culpable. No digo que en este caso lo sea. Habría que investigar y comprobar con hechos pero estimo que no debería formarse una opinión concluyente a priori esto es un error y demora la investigación pues los canales podrían ser otros-. Expresé previendo algo diferente en este asunto.

-Tengo una duda. Hubo atentados en el pasado planeados y ejecutados por una sola persona; en algunos casos se trataba como tú dices de gente enferma pero en otros no y era una sola persona. ¿Cómo lo explicas?- Demandó Hugo que estaba muy informado en la materia.

-Considero que todo delincuente es un enfermo. Calculen que si la mayoría de la sociedad lo está, en mayor medida los que delinquen. En la historia se registran muchos casos donde la Justicia estableció que el atentado fue perpetrado por una sola persona y en algunos esa persona no tenía síntomas agudos de enfermedad. Tal la declaración, de allí a la realidad hay largo trecho. Recuerden que existe el Dios Dinero; la codicia gobierna a los seres humanos y por ende se puede conseguir casi cualquier cosa a través del interés económico. Esto fue siempre así en todas las épocas históricas e incluso en la prehistoria y casi con seguridad nuestros ancestros homínidos ya tenían la predisposición de acumular cosas-. Recalqué muy serio pues me sorprendió la inocencia de Hugo.

Significa eso que los jueces que en todo el mundo han declarado un solo culpable por algún atentado ¿han sido comprados?- Insistió Hugo.

-Hay varias posibilidades: que el juez haya declarado culpable al ejecutor sólo porque no pudo hallar al "cerebro" instigador; que algún fuerte interés o político o económico o religioso presione al juez de manera intolerable y éste prefiera acceder por considerarlo un mal menor comparado con la total impunidad; que el propio juez sea venal por simple codicia como tú planteas o simplemente que se condene a alguien para expiar culpas, el llamado "chivo expiatorio", y así justificar la investigación-. Contesté pacientemente.

-Sin embargo hubo atentados hechos por un psicótico de manera individual y están en la crónica policial-. Seguía Hugo con su planteo.

-Sí, pero son delitos contra las personas o contra la propiedad pública o privada en sus diversos matices no atentados propiamente dichos. A ver ¿a qué llamamos atentado? Ya estuvimos de acuerdo en que se busca primordialmente llamar la atención, generalmente recae sobre alguna ideología, y esto es cosa de varias personas y no de una sola. Yo extiendo más el concepto y digo que sólo el delito por codicia o por emoción puede ser individual; el resto, incluidos los atentados, es colectivo. ¿Todo este debate significa que tú y tus superiores creen que el atentado de envergadura a llevarse a cabo será efectuado por una sola persona? "Cerebro", intermediario y ejecutor ¿todo en uno?- Pregunté con extrañeza pero ya empezando a preocuparme.

-Es una de las variantes que se están contemplando-. Informó Hugo con voz ronca.

Hubo un largo silencio. Las palabras de Hugo ocasionaron un cambio de óptica en la cuestión, al menos por mi parte. Opté por callarme y escuchar solamente, cuanto más hacer alguna pregunta aislada.

-Un juez interrogó a varios sospechosos pero con resultado adverso-. Señaló Augusto Lecón que intuyó mis cavilaciones.

-¿Hay causa abierta entonces?- Pregunté lacónicamente.

-No. Es un juez de otra causa y lo hizo tangencialmente casi por azar le surgió la cuestión-. Dijo Hugo.

Los miré con una sonrisa escéptica. Levantando mi mano derecha y apoyándola en el antebrazo izquierdo de Hugo dije en tono perentorio: "muchachos hablen claro y digan todo".

Ambos se miraron y sonriendo finalmente explicaron el asunto.

-Interpol informó sobre la posibilidad de este atentado a todas las policías del mundo. Los gobiernos casi sin excepción comenzaron investigaciones preventivas a nivel de inteligencia. El Poder Judicial también está en antecedentes y por su cuenta, extraoficialmente, realiza alguna tarea en el mismo sentido aunque tú sabes que, oficialmente, sólo puede actuar ante hechos o tentativas pero con causa abierta. Sucede que este probable atentado puede ser inédito por sus características y el revuelo que existe revela la seriedad del asunto. No se trata de algo ya efectuado antes: bombas a edificios, ataque a personas a mansalva por medio de francotiradores, ataque a gobernantes, etc.. Mira para entender, ni siquiera guerras abiertas como las que pululan en este momento ocasionarían tanto daño. Hay quienes piensan en cohetes con ojiva nuclear lanzados a ciudades capitales. La incertidumbre sobre los atributos específicos del atentado es total. Sólo se sabe que será espeluznante y, en rigor, nada más. La imaginación de los gobiernos habla de contaminaciones a las aguas, de incendios en ciudades, emanaciones de gases tóxicos letales, las mencionadas explosiones nucleares. La confusión es muy grande y varios Estados han desistido de seguir averiguando, simplemente esperan los acontecimientos mientras que pocos países no dan crédito a la información y ni siquiera iniciaron nada al respecto. Nosotros al principio pensamos que era una paranoia y tomamos los datos con precaución pero luego decidimos investigar algo hasta llegar a la conclusión de que oficialmente nada se puede hacer pues no existe la certidumbre de que suceda en nuestro país. Además continuamente se llevan a cabo atentados en todo el mundo y ya son casi imposible de prever y de contrarrestar pues ante la modalidad del ejecutor suicida, con automóvil o sin él, nada se puede hacer. Precisamente esta es la variante que estamos manejando: el ejecutor suicida. Para lo cual hacemos averiguaciones entre gente justamente enferma pues consideramos que un suicida es un enfermo. También puede ser un fanático ideológico, político o religioso, pero a éste lo conceptuamos igual un enfermo-. Expuso en detalle Hugo que al hacer una pausa me permitió intervenir.

-Nada de eso sirve. Tú has dicho que el atentado no será como los efectuados hasta el presente y el ejecutor suicida lo es. Es la modalidad actual de los atentados fundamentalistas-. Aseveré cortando drásticamente la explicación tan minuciosa de Hugo.

-Este atentado es de otra índole. Yo también pienso así-. Aseguró muy decidido Augusto Lecón.

[El atentado suicida es la aberración que los sectores más enfermos de cualquier variante ideológica están llevando a cabo y es prácticamente imposible de repeler. Sus consecuencias son tremendas en pérdidas de vidas y de bienes; a los ejecutores les importa más llamar la atención que el sacrificio de ellos y de sus víctimas. Este solo hecho los delata ya como enfermos pero en algunos sectores sociales se los considera héroes de su causa lo cual revelaría que mi tesis de enfermedad social tiene asidero. Como dato marginal pero ilustrativo al respecto conviene destacar que también muchísimas personas consideran un héroe al defraudador, por ejemplo, de una institución bancaria que luego de muchos años de ejemplar conducta como tesorero o encargado de los fondos decide cometer un delito y desaparecer con enormes sumas de dinero. Este delincuente es admirado por personas "normales" que, alentando su impunidad, deploran cuando es detenido. Estos son casos concretos que revelan la enfermedad social; en rigor la mayoría aprueba a los delincuentes que llaman la atención con grandes hechos que satisfacen su codicia, quisieran estar en su lugar pero canalizan su envidia a través de la admiración: "¡ellos pudieron darse el gusto!" y los adeptos a religiones o políticas admiran a quien perpetra una acción (aun cuando haya gran cantidad de víctimas y muriendo o no él en la acción) hasta denominarlo héroe].

-Yo simplemente comento que casi todos los gobiernos barajan la posibilidad del ejecutor suicida ya que los últimos atentados en todo el mundo se llevaron a cabo mediante esta modalidad que, como Uds. saben, también se usó en la segunda guerra mundial a través de los pilotos "kamikaze" suicidas japoneses si bien en este caso fueron acciones bélicas-. Comentó Hugo.

-También mataron gente y fueron héroes para su país-. Agregó Augusto Lecón que ya me caía simpático por sus finas ironías.

-Lo que sucede es que en la guerra hay permiso para matar, de allí la distinción que hace Hugo-. Completé la ironía de Lecón con un guiño cómplice y dirigido a Augusto.

-Acepto la mordacidad pero comprenderán que no es mi culpa pues yo no establecí las reglas de juego; estoy de acuerdo con Uds.: cuando las naciones se disponen a matar comienzan a llamarse patrias y sus homicidas son héroes, en cambio los otros son enemigos a los cuales es lícito asesinar; a su vez la otra nación hace exactamente lo mismo. Ambos contendientes tienen el beneplácito de los dioses respectivos que bendicen sus respectivas armas, partiendo todos hacia la muerte que es el punto de encuentro. Pero cuando la guerra termina el permiso para matar finaliza y operan las leyes de paz...- [Interrumpió Hugo brevemente su alocución ante los movimientos impacientes de Augusto Lecón y míos que deseábamos intercalar una acotación pero antes que nosotros él completó] ...-sí, durante la lucha también regían leyes pero de guerra y que no se cumplían.....¡bien la gente está loca! Javier tiene razón-. Concluyó Hugo levantando sus brazos en gesto de impotencia.

Los tres bajamos las miradas hacia la mesa y permanecimos durante un instante meditabundos.

-El caso es que ahora debemos investigar este probable atentado y propongo que dejemos de filosofar. Nosotros tres no podemos arreglar el mundo. La guerra es la guerra y la paz...- Hugo no pudo terminar su inteligente deducción pues lo interrumpió Lecón.

-Sí, y la paz es guerra también-.

 

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