OBRA: El juego de los dioses

AUTOR: Héctor Carlos Reis

 

 

 

 

Prevención del autor

 

Esta advertencia es fundamental para comprender en todos sus alcances el texto que sigue. Voy a narrar un hecho acaecido en el verano austral de 1990 y del que fueron partícipes Esteban G. y Flavia J. (un matrimonio amigo). Ellos quieren permanecer en el anonimato; la índole del suceso probablemente avale este deseo, aunque yo no esté de acuerdo, pero debo cumplir mi promesa de resguardar sus identidades. Por consiguiente sólo mi nombre, como autor, es dado a conocimiento del público lector. El trabajo tiene forma novelada; esto ayuda a darle un impacto menor a los datos. Si el hecho fuera real la conmoción resultante sería tremenda; por ello aconsejo al lector, en principio, tomar toda la información como una ficción o a lo más como una gran alegoría.

 

 

 

 

1

 

 

 

 

Ya entrado el invierno en el hemisferio sur, una mañana de julio de 1991, andando por el centro de la ciudad casi tropiezo con un antiguo amigo; yo estaba tan distraído que en un primer momento me costó reconocerlo. Estaba abstraído pues hacía unos días habíamos regresado, junto con mi mujer, de una larga estadía en una ciudad alejada de la capital. Obviamente en aquella ciudad se gozaba de una tranquilidad que era rara en la gran ciudad, pero extrañábamos la intensa vida cultural que vibra en una metrópoli y regresamos. Obnubilado por el ajetreo de la gente no percibí de primera instancia la figura desgarbada y casi quijotesca de Esteban G. Nos confundimos en un cálido abrazo y rápidamente comenzamos a rememorar viejos tiempos. Ya ubicados en un pequeño pero cálido bar, algo alejado del bullicio, pronto iniciamos una charla de temas actuales.

-¿Cómo está la nueva física?-, pregunté sabiendo el entusiasmo de mi amigo por todo lo atinente a la actualización de conocimientos en el campo de su profesión.

-Tú sabes que estoy tratando de buscar los puntos de contacto entre la teoría de la relatividad, tanto general como especial, con la teoría cuántica. En ésta priva el azar, confirmado en el microcosmos por el movimiento aleatorio de los electrones alrededor del núcleo, y extendido este azar al macrocosmos se generan novedades que complementarían las tesis de Einstein. Lo pongo en condicional pues muchos no están de acuerdo y sostienen que ambas tesis están en contradicción. Si bien es cierto que hay diferencias sustanciales yo intento complementarlas, aunque se me ocurre que la cosa anda por otro lado-. Al manifestar esto Esteban G. se puso pálido; su rostro cambió no sólo de color sino también de expresión. En pocos segundos se volvió sombrío y una notoria curvatura en sus labios marcó un rictus que presagiaba algo importante y por demás exótico. Le conocía lo suficiente como para percibir la concatenación de ideas que comenzó a apabullarlo; pasaba rápidamente, en medio de un significativo silencio, de un pensamiento a otro que aumentaba su gesto hasta hacerlo simplemente aterrador. Como si estuviera viendo algo horrendo.

No quise interrumpir el devenir de aquellos enigmáticos escarceos de un complejo cerebro.

Pasaron minutos de completo silencio. La expectación iba en aumento pero mi respeto por el silencio del otro podía más que mi ansiedad.

Finalmente Esteban G. habló. Al comienzo con voz quebrada por una intensa emoción desconocida en él. Su típica manera de hablar en tono bajo fue creándome una paulatina atención que imprevistamente concluyó con una insólita y estentórea carcajada. Mi amigo me miró estupefacto; no podía entender cómo su relato producía en mí semejante desatino.

-Eres un artista-. Pontifiqué aún convulsionado por la risa.

Rápidamente y con una expresión de profunda tristeza que trastrocó su anterior espanto, Esteban G. se levantó y con un sordo: "nos vemos...", se despidió dejándome atornillado en la silla del bar.

 

 

Durante varios días permanecí profundamente intrigado y sin saber qué hacer; temía llamar a mi amigo o visitarlo (habíamos intercambiado las actuales direcciones y los teléfonos sin prever el desenlace de la reunión). Si bien es cierto que me molestaba la actitud de haberse ido intempestivamente, comprendía a mi amigo pues sabía o mejor intuía que su relato escondía algo más. No podía ser una simple broma. Todas las expresiones de su rostro me constaba que no habían sido fingidas, por el simple hecho de ser un pésimo artista en el sentido de interpretación teatral. Era tan práctico que no podía volcar emociones y mucho menos sentirlas. En rigor, era la primera vez que en tantos años lo veía asumir las emociones comunes que todos los seres humanos tenemos en mayor o menor medida. Este dato me dejó aún más meditabundo.

Opté, luego de dos semanas de espera, por visitar a mis amigos en su casa un sábado por la tarde y sin llamar antes por teléfono.

La sorpresa, en especial de Flavia J., fue gratamente transformada en abrazos y alegrías por los tres. Mi amigo me recibió como si la entrevista anterior no hubiese existido. Por un instante tuve la sensación de que había soñado ese encuentro, tanta era la algarabía por mi visita.

-A pesar del tiempo se te ve igual; pareciera que no pasan los años para tí-. Puntualizó Flavia J. mirándome con esa picardía tan peculiar en ella.

-Los años quizá no se noten en la cara o en el cuerpo pero sí en el carácter-. Dije halagado pero en tono serio.

-Seguro que vas a decir que maduraste-. Afirmó mi amigo con su mordacidad habitual pero con un tinte expectante que incitaba a la confesión.

Sin embargo soy persona no proclive a expansiones sobre mis problemas y trato de conversar en reuniones sobre temas no subjetivos; en una palabra soy tímido. Mas en ese momento, gracias a la cordialidad de ellos, sentí la necesidad de contarles mi vida de los últimos tiempos y en especial el lapso en que residimos fuera de la capital. Tan amena y cordial se hizo la charla que fue llegando la noche sin darnos cuenta. Me invitaron a cenar y proseguimos intercambiando anécdotas acompañados de un buen café que nos despabiló del ligero sopor proporcionado por un vino blanco abocado de exquisito "bouquet". Me despedí de la pareja amiga siendo ya la madrugada. Al llegar a mi casa caí sobre la cama con un sueño incontenible.

Ese domingo desperté con una extraña sensación. Deambulé por la casa, escuchando música de Vivaldi (unos conciertos de guitarra que son una maravilla) y luego intenté ponerme a leer. No pude concentrarme en la lectura a pesar de ser algo ligero ("El hombre con alas" una biografía novelada sobre Leonardo da Vinci); no sabía qué pero sentía pulular por mi cerebro alguna recóndita idea. Me abandoné a las asociaciones libres y dejé vagar la mente.

Al momento di un respingo; "tonto de mí", dije en voz alta haciendo volver la cabeza a mi mujer que leía repantigada en un sofá.

-¿Qué sucede muchacho?- Preguntó ella con voz meliflua y una sonrisa dominguera. [Los otros días de la semana también sonríe, pero es distinto ¿sí?] Antes que la disposición cariñosa de mi mujer me abstrajera e hiciese olvidar el hecho, ya claro para mí, dije serio:

-¿Recuerdas que ayer visité a mis amigos Esteban G. y Flavia J. sin tenerlo previsto y sin avisarles?-

-Eso me dijiste a mí esta mañana, pero...¡vaya una a saber!- Reflexionó con voz cascada y cada vez más melosa.

Parecía que mi mujer quería comprobar "científicamente" poniendo a prueba sobre el lecho la veracidad de mis asertos.

-Está bien, luego vamos a "dormir" una siesta; pero ahora escucha-. Repliqué condescendiente pero dispuesto a dialogar antes sobre algo que ya alboreaba complejo, serio y preocupante.

-Hace quince días me encontré casualmente con Esteban G. y estuvimos charlando en un bar. Previamente y mientras caminábamos hacia el local rememoramos anécdotas de la juventud. Esos recuerdos me pusieron nostálgico y predispuesto a conversar. Repentinamente él contó algo tan insólito que yo lancé una carcajada y permanecí riendo largo rato. Pero lo extraño de todo es que mientras narraba el suceso su rostro iba cambiando de expresión hasta tornarse lívido y con una mueca de espanto. Jamás lo había visto así. Creo que fue sincero y no fingía; simplemente porque él es incapaz de actuar. La primera vez que lo observo trasuntar alguna emoción. De pronto se levantó de la silla y casi sin despedirse se alejó. Yo quedé entristecido pues intuí que estuve grosero o al menos poco amable, pero no pude contener la risa. Estuve reflexionando acerca de cómo debería actuar con él en el futuro. Por eso fui a visitarlos ayer. Tenía la intención de aclarar bien todo mostrándome comprensivo y cordial-.

-Hum... bien, pero ¿por qué mascullaste "tonto de mí" hace un momento?-. Interrogó mi mujer muy atenta, pendiente de mi exposición y sentada al borde del sofá. [Parece que la "siesta" se postergaba...]

-Porque me di cuenta de que anoche ambos trataron (y lo consiguieron) hablar de todo menos del raro suceso que les aconteció y que hizo transfigurar el rostro de Esteban G. en el bar. Tengo la sensación de que lo hicieron adrede pues barrunto que estarían amoscados. Barnizaron con su cordialidad el dolor que tendrían por mi incomprensión. Me aprisiona un sentimiento de culpa-. Concluí cabizbajo.

-Bueno, pero ¿qué cuernos te contó Esteban G. en el bar?- Rubricó impaciente mi almibarada mujercita.

-Dijo que estuvieron en un "plato volador"-. Espeté a boca de jarro.

Mi mujer restalló en una interminable carcajada como yo aquella vez en el bar.

 

 

Durante varios meses recordamos, mi mujer y yo, la anécdota y siempre terminábamos en sonora risotada. Era evidente que nuestros amigos, no obstante la seriedad que siempre los había caracterizado, habían madurado y adquirido con los años el necesario sentido del buen humor; esto es imprescindible para un bien vivir. En sucesivas reuniones, con otros amigos, contábamos lo sucedido hasta quedar como un mito sarcástico. Sin embargo, cosa extraña, con el tiempo se resquebrajó hasta caer en el olvido. Quizá no deseábamos herir la susceptibilidad de los amigos pues por referencias sabíamos que ese presunto buen humor fue sólo una chispa y continuaban siendo serios y reconcentrados como siempre. Dije por referencias porque dejamos de vernos; las ocupaciones recíprocas impedían visitas o mejor para ser sinceros mi mujer y yo, desconociendo las motivaciones, perdimos el interés por estar con Esteban G. y Flavia J....

 

 

El tiempo transcurrió casi imperceptiblemente. Cierta noche, mientras mi mujer y yo mirábamos un filme por televisión (probablemente algo del mismo nos hiciera recordar el asunto), giramos nuestras cabezas y al unísono dijimos: "¿Qué será de la vida de Esteban G. y Flavia J.?" Decidimos llamarlos para encontrarnos el fin de semana. Sin embargo nuestros amigos no estaban en la ciudad; habían partido pocos días antes hacia el exterior por dos o tres meses pero un pariente nos aclaró que a su regreso Esteban G. deseaba ponerse en contacto urgente conmigo. Parece que el punto de encuentro fluía en ambos sentidos e inexorablemente...

 

 

Luego de casi un año sin vernos, finalmente nos reunimos los cuatro en nuestra casa un sábado por la noche. Durante la cena charlamos todos muy animadamente y de variados temas. Nuestros amigos relataron su viaje contando infinidad de anécdotas y sobre todo la impresión que recogieron sobre la gente de los diversos lugares. Su gran interés por las personas me llamó la atención pues no era habitual en ellos ya que en general se motivan con datos o información pero rehuyen todo lo concerniente a los individuos, salvo que sean objeto de observación. En un instante durante la sobremesa regresó a mi mente, rescatado quizá por algún dicho de mis amigos, el recuerdo de mi risotada culpable hacía ya un año en el bar.

-Me sentí muy mal aquella vez... ¿recuerdas cuando me reí torpemente y tú partiste del bar enojado?- Dije mirando compungido a Esteban G.

-No estaba enojado; quizá triste-. Respondió él luego de un corto y expectante silencio.

-Bueno, precisamente, mi incomprensión fue evidente. No supe interpretar lo que querías decirme y sólo atiné a ver un bromazo-. Señalé confuso pues en realidad no sabía qué decir y sólo buscaba traer nuevamente el asunto.

Esteban G. miró de soslayo a su mujer y ésta inclinando su cabeza con un mohín delicioso intervino: "Muchachos si quieren hablar del tema les propongo beber un cognac y tomar café en la sala de estar".

Arrellanados en cómodos sillones, comenzamos una larga y trascendente charla que influiría en nuestras vidas.

-¿Piensas que pueda haber vida extraterrestre?- Preguntó Esteban G. dirigiéndome su mirada escrutadora.

-A Giordano Bruno la "Santa Inquisición" lo quemó en la hoguera por decirlo-. Respondí con ironía pero evasivamente.

-Hablamos en serio-. Aseveró Flavia J. con suavidad.

-Sabemos que el universo tiene dimensiones gigantescas, si la teoría del Big Bang es correcta (por los ecos de la gran explosión detectados como radiación de fondo ello es así), y comenzó hace unos quince o veinte mil millones de años a expandirse luego del Big Bang, es razonablemente correcto suponer que pueda haber planetas con vida en algún lugar del cosmos. En nuestro sistema solar no hay vida (fuera de la Tierra) pero la cantidad de galaxias y por ende de estrellas es tal que alguna proporción de ellas debe tener planetas girando a su alrededor-. Manifesté invadiendo la jurisdicción astronómica competencia de mi amigo.

-Sí, podría ser un uno por ciento y aun así el guarismo de sistemas estelares con planetas sería enorme-. Acotó Esteban G.

-Lo que es altamente improbable la comunicación de un planeta habitado con otro y mucho menos la visita recíproca aun admitiendo que la susodicha vida se haya transformado en conciencia tecnológica-. Repliqué en tono bajo pero firme.

-Tú sabes que se está rastreando el espacio con radio-telescopios buscando emisiones de radio producidas por algún tipo de inteligencia-. Indicó Flavia J.

-Sí, pero aun detectando algo, entre emisión y recepción pasarían milenios y los mensajes serían prácticamente inservibles-. Intervino mi mujer muy interesada.

-Lo de milenios es relativo; depende de la distancia y además se intenta establecer contacto con estrellas cercanas como Alfa Centauri, Barnard, Sirio o Tau Ceti-. Objetó Flavia J.

-Bueno pero lo concreto es que hasta el momento no se detectó ninguna emisión clara y evidente con forma de mensaje-. Rubricó mi esposa que había leído mucho sobre radio-astronomía.

-Es verdad. Pero volviendo a las presuntas visitas de extraterrestres es necesario convenir que las distancias son insalvables. Suponiendo que dichos seres tuvieran la tecnología adecuada ¿cómo nos encontrarían?; sería como buscar una aguja en un pajar. Yo tengo una teoría al respecto-. Manifesté con cierto gozo al permitir explayarme sobre una antigua tesis que siempre sostuve.

"¿Cuál es la teoría?" Se elevaron todas las voces al unísono.

-Yo la llamo "teoría del grano de arena"-, comencé diciendo con tono doctoral pero luego al percatarme de mi soberbia sonreí y suavizando continué: -Imaginemos una larguísima playa; digamos de cuarenta kilómetros de largo por unos cien metros de ancho en bajamar. Alguno de nosotros se ubica en un extremo de la misma; por ejemplo si corre de norte a sur, se coloca en la punta norte; llena un balde de arena y toma del mismo un puñado. En ese puñado habrá unos diez mil granos de arena; con una lupa y una pinza toma un grano y lo coloca sobre un pañuelo depositado sobre el suelo. Otro de nosotros va al extremo opuesto, a la parte sur, y hace exactamente lo mismo. Tenemos dos granos de arena separados por cuarenta kilómetros; es altamente improbable, mejor diría imposible, pero lo correcto es lo anterior, ¿no es cierto Esteban G.?,- dije socarronamente mirando a mi amigo, -bueno entonces es altamente improbable que ambos granos se coloquen juntos uno al lado del otro por sí solos. No puede haber comunicación entre esos dos granos de arena. En el universo hay más estrellas que granos de arena de todas las playas del planeta-.

Hubo un silencio significativo. Todos sabíamos que era cierto: hay más estrellas en el cosmos que granos de arena de todas las playas de La Tierra y si en un puñado hay diez mil granos...

Esteban G. cortó la pausa con su voz característica de tono bajo y grave. -La única manera de que esos dos granos de arena se pongan en contacto sería que ambas personas, la del extremo sur y la de extremo norte, se junten llevando los respectivos pañuelos con cada grano de arena. Para ello es imprescindible o que se conozcan mutuamente o sólo una de las personas conozca la existencia de la otra-.

-No. Lo último es imposible. Se deben conocer ambas y estar de acuerdo en juntarse, además deben conocer el experimento y portar los respectivos granos-. Describí con minucia para que no se desvirtúe lo que pretendía ejemplificar.

-Sin embargo si una conoce la existencia de la otra y sabe lo que ésta está haciendo aunque ella ignore a la primera los dos granos pueden juntarse-. Sostuvo Esteban G. con énfasis.

-Estás insinuando la dependencia de una sobre otra y que esto sería suficiente para concretar el encuentro-. Refuté con cierto resquemor.

-Digo que hay niveles. Un nivel superior puede conocer y determinar todo lo referente a un nivel inferior sin que éste lo advierta-. Puntualizó Esteban G. con voz cavernosa.

-Pero hemos desviado la cuestión. Los granos de arena no tienen conciencia y dependen forzosamente de la acción de las personas caso contrario todo es aleatorio siendo altamente improbable que se junten-. Insistí aunque empezaba a sospechar lo que pretendía decir mi amigo.

-Bueno, imaginemos que los granos de arena tienen conciencia y pueden darse a conocer. Lo que tú quieres decir es que la comunicación respectiva no se puede hacer efectiva ya que la posibilidad de descubrirse recíprocamente es casi nula. Lo cual es verdad-. Valoró Esteban G. comprendiendo el eje de mi ejemplo. -Pero, yo también tengo una teoría que se complementaría con la anterior o más bien podría ser una consecuencia y que denomino "teoría de los niveles". Más adelante les contaré en qué consiste y cómo se aplica pero en principio les adelanto: para que dos formas de vida establezcan comunicación real y total (esto implica comprenderse, respetarse y valorarse) deberían estar niveladas biológica y tecnológicamente. En caso contrario se establece una relación de dependencia y todo queda al arbitrio de la forma de vida de nivel superior. Por ejemplo la relación nuestra, la de los seres humanos, con otras especies animales de nivel biológico inferior; pregonamos que deberíamos evitar la extinción de las ballenas pero queda al arbitrio de cada humano cuidarlas o no. Incluso si jurídicamente, por medio de tratados, se llega a acuerdos internacionales que sancionen la pesca de estos cetáceos siempre habrá quiénes los transgredan. Históricamente los humanos fuimos llegando a acuerdos expresos o tácitos: la mayoría de los países se alimentan con proteína animal y mantienen rebaños de vacas, lo cual permite que no se extinga la especie. Algunos países consumen carne de ballena, bueno, podrían tener "rebaños", algo de esto se está intentando hacer para evitar la pesca indiscriminada. Ahora bien, nosotros los humanos podemos estudiar a las vacas y a las ballenas, cuidar de que no se extinga la especie, aprovecharlas para nuestra alimentación pero siempre ellas dependerán de nuestro arbitrio. Más aún ellas no saben casi nada de nosotros. Están en un nivel inferior, biológica y tecnológicamente-.

-Y si alguien les dice que las ballenas son inteligentes, lo cual en alguna medida es posible, sin embargo ellas no tienen manos y por ende no desarrollaron ninguna cultura ni tecnología que les permita evolucionar y/o competir con la especie dominante-. Intervino Flavia J. con su voz suave y melodiosa. Y agregó: -La especie de nivel biológico que evolucionó hasta la conciencia, la cultura en sus variadas formas hasta llegar a la ciencia y a la aplicación de la misma que es la tecnología es, en el planeta Tierra, el ser humano. Las demás formas de vida están al arbitrio y dependientes del humano. Sabemos mucho más nosotros de las hormigas, por ejemplo, que ellas de nosotros. No obstante no podemos proceder como ellas; no somos hormigas. Sin embargo cada especie, a través del ADN (el código genético) tiene un comportamiento típico e intransferible. El "universo" de las hormigas no se comunica con el "universo" de los humanos. Son dos niveles diferentes aunque estemos uno al lado del otro; por eso yo señalaba antes que las distancias son relativas. Más que la distancia lo importante son los niveles-.

-Justo, estaba pensando darles este ejemplo: Uds. dos-, dijo Esteban G. dirigiéndose a mi mujer y a mí con una sonrisa, preludio de algo muy sutil, -supongamos que se hallan en el comedor diario de este departamento mirando televisión; idéntica habitación del vecino es colindante y escuchan que él también tiene el televisor prendido y por el alto sonido detectan que está viendo el mismo programa. A partir de este dato Uds. pueden hacer variadas suposiciones: A) Que está sentado mirando, con su mujer o solo. B) Que no está en el comedor diario y se halla en otra habitación habiendo dejado prendido el aparato. C) Que se durmió. D) Que al dormirse apretó el botón del control remoto y por eso aumentó el volumen. E) Que está haciendo otros quehaceres en la misma habitación y sólo escucha sin ver, etc., etc. En todos los casos las distintas suposiciones les permiten a Uds. acertar o no con la realidad de los hechos que sólo el vecino sabe, pero él ignora las deducciones que Uds. puedan hacer. Para movilizar estos razonamientos él hizo algo importante: ruido. Dio a conocer su existencia a través del sonido. Sigamos, el programa es de índole periodística con una mesa redonda de científicos que debaten un tema ecológico. Se puede deducir que al vecino le interesa la ecología (caso contrario no lo estaría viendo). El ruido ambiental afecta la ecología, luego el vecino no se concilia consigo mismo, salvo que esté un poco sordo. La cadena de deducciones puede ser interminable. El "universo" de los humanos se comunica de alguna forma entre sí pero debe haber un punto de partida. Debe existir algo que permita establecer la comunicación; un nexo, un puente-.

-Supongamos que Uds. están en casa y a dos cuadras se comete un delito: un ladrón asalta a una pareja que transitaba por la vereda. Se produce una batahola por los gritos de los damnificados reclamando; si hay un nexo (puertas y ventanas abiertas que permitan llegar el sonido; la sirena del patrullero policial, etc., etc.) Uds. se enteran de que algo está pasando, en caso contrario el suceso no llega a su conocimiento. Pero siempre existe la posibilidad de comunicación. El "universo" de los humanos está interrelacionado y la comunicación siempre es factible a través de un nexo. La teoría de los niveles permite comprender mejor la realidad. Observando los diferentes niveles y los nexos o puentes es posible entender cómo una especie también consciente pero cultural y tecnológicamente diferente nos podría ver a nosotros...- Enfatizó, con una expresión rara en su rostro, la bióloga Flavia J.

 

 

En este punto me di cuenta de la habilidad de mis amigos para llevarnos, lenta y sutilmente, a su campo, a entrar en la cuestión por tanto tiempo postergada; el relato de lo sucedido en detalle, con la precisión de dos científicos y sin la emoción de nosotros, los seres comunes y corrientes. Este es un punto importante. Yo soy una persona que siente emociones y que también piensa; trato de hacer una síntesis de lo racional y de los sentimientos. Casi todos los seres humanos actuamos balanceando ambas facetas; en algunos privan las emociones (quizás en la mayoría), en otros se privilegian los razonamientos en detrimento de los sentimientos pero siempre éstos afluyen consciente o inconscientemente (en una minoría); en cambio es muy difícil la carencia absoluta de sentimientos o de emociones, casi diría altamente improbable. Mis amigos estaban ubicados entre una minoría tan reducida que no contaba; ellos eran casi todo razonamiento, el pequeño margen de sus emociones lo guardaban para sí, no reprimido sino muy canalizado. Afloraba sólo en sus instantes íntimos cuando daban rienda suelta a sus predilecciones artísticas. Pienso que sólo el arte los hacía más sensibles; más adelante volveré, con más datos, a replantear esto pues se trata de algo muy significativo para comprender el relato que sigue.

 

 

Se produjo un largo silencio. Ambas parejas esperaban que la otra hablara primero. Las miradas se entrecruzaban expectantes. Por un instante tuve la intención de girar la rueda de la conversación hacia un rumbo inverso. Barruntaba que nuestra vida sufriría un vuelco si nos dejábamos apresar por lo ajeno a nuestro quehacer cotidiano. Lo extraño se ve complejo, podría ser inasible y esto asusta. Pero el físico y astrónomo Esteban G. y la bióloga y paleoantropóloga Flavia J. estaban decididos: nosotros, sus mejores amigos, seríamos los destinatarios de un relato increíble y espeluznante. Ambos comenzaron una larga narración.....

 

 

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