El Ciudadano en el 2057

Autor: Héctor Carlos Reis (PatHec)

 

   El Ciudadano estaba muy cansado. Siempre había vivido en la gran ciudad y conocía todo lo que ella podría brindarle. Sabía que tenía trabajo y diversión asegurados. Sus inquietudes culturales (que no eran muchas) también estaban satisfechas. A propósito, la tecnología lo incitaba a dejar un antiguo hábito: la lectura; prefería la pantalla de un monitor cromático para trabajar pues tenía el recurso de acudir a los lindos juegos cuando el jefe se ausentaba... Trabajo y diversión. Su ciudad era maravillosa y lo había hecho muy feliz pero estaba fatigado de tanto accionar. El movimiento permanente. Por momentos atisbaba una distante idea que había superado pero a veces recurría: ¿no estaría drogado de tanta ciudad?

   Decidió finalmente, luego de muchos escarceos, tomar una buenas vacaciones. Iría al campo. Pero no deseaba viajar muy lejos; había pueblos cercanos que le brindarían el sosiego que tanto necesitaba. Partió una fresca mañana de verano hacia su objetivo: una tranquila aldea a orillas de un gran lago rodeado de montañas. Allí reposaría de tanto ajetreo y el ruido quedaría como un eco lejano por dos o tres semanas.

   El Ciudadano ocupó su butaca en el rapidísimo "bus" y cerrando los ojos imaginó el valle fértil y encantado. Llegó antes de disfrutar a pleno su bucólico sueño. "Estos transportes modernos son más rápidos que mi fantasía pastoril..." meditó nostálgico. 

   La aldea a orillas del lago era una ciudad en miniatura. Tenía de todo lo que el Ciudadano podía apetecer. Tomando una confortable habitación en un Hotel construido en el estilo antiguo (esto le gustó, añoraba pasado), comenzó su recorrida. Con alguna decepción comprobó que su anhelada "Aldea" era igual que su ciudad. Bueno en sentido estricto no era igual; quizá menos ruido y menos apuro en el deambular de los "Aldeanos". Estos trabajaban y se divertían igual que en la ciudad.

   Una fugaz idea pasó por su cerebro: "Este mundo feliz era peligrosamente monótono". La vorágine aturdía en todas partes. Las pantallas pululaban por doquier divirtiendo a paseantes y a atosigados transeúntes que entraban y salían de edificios. Eso sí, éstos eran más bajos que los de su ciudad... 

   Abatido en su recorrida, el Ciudadano decidió buscar sosiego fuera de los límites de la aldea. Transitó por un camino que bordeaba el lago. Paulatinamente el alboroto fue disminuyendo hasta quedar amortiguado por la distancia. Se internó en un bosque de arrayanes y el pasado centenario pareció cobijarlo con nostalgia ancestral. El Ciudadano era descendiente de robustos inmigrantes; buscaba sus raíces... 

   El murmullo de la brisa entre los árboles y el canto de los pájaros lo adormeció en sus recuerdos. Pero todo duró unos instantes. Sólo un atisbo, nada más... Recordó que era la hora de las noticias; él siempre veía las pantallas de la autopista informática; "un Ciudadano probo jamás dejaría de estar informado..." Reflexionando así volvió sobre sus pasos.

   Pronto la algazara de la ciudad, perdón, de la "Aldea" lo regresó a la normalidad. El último día de sus vacaciones observó en una plaza a un pintoresco personaje. Vestía ropas de campesino y recostado en un árbol sacaba arpegios de una flauta. Curioso el Ciudadano se acercó y la música lo fue sumiendo en recuerdos. 

   Súbitamente el campesino se dirigió al Ciudadano con sencilla cortesía: -¿Le gusta la música, señor?- El Ciudadano sonrió; hacía mucho que no escuchaba lo que de niño lo había fascinado: su padre le había inculcado el placer de los bellos sonidos. Vagamente recordaba a Mozart... 

   Dejando la flauta sobre el césped el rudo muchacho quiso entablar conversación pero el Ciudadano estaba más bien en escuchón y sentándose a su lado le preguntó si era feliz viviendo fuera de la aldea. Por toda respuesta el campesino, arrellanándose con satisfacción, relató al Ciudadano la fábula: "La piedra y la flor" que comenzaba así: 

   "En una verde campiña, junto a un riacho de aguas cristalinas había una piedra que se encontraba allí desde hacía mil años; nunca había sido movida pues era muy grande y pesada. Junto a la piedra creció una flor roja. Los pétalos de la flor acariciaban a la piedra y ésta despertó de su sueño. 

   "-¿Qué quieres, le preguntó somnolienta a la flor. Esta riendo le contestó: -Eres una tonta piedra inmóvil que jamás conoció la dicha de crecer, moverse al sentir la caricia de la brisa matinal, aspirando con plenitud el aire que embriaga y la lluvia que baña; pues tú no sientes nada, eres materia quieta y sin vida...,  ¡que triste es tu existencia!- 

   "La piedra, sorprendida, nada dijo. Por la noche una fuerte tempestad desgajó la flor y arrojándola con violencia quedó aplastada en un hueco de la piedra; sus pétalos deshechos y casi sin vida. En la mañana, la flor moribunda vio junto a sí a la piedra que continuaba inmóvil en el mismo sitio; la tempestad nada le había hecho y se encontraba pesada, más inconmovible que nunca.

   "Pero la piedra habló, con voz pausada llena de años dijo: -"Millones de gotas de agua han pasado junto a mí por ese riacho; miles de tempestades embistieron mi cuerpo; manos de humanos quisieron moverme; he visto crecer muchas flores como tú; he contemplado a los pájaros multicolores volando por el cielo azul; he escuchado el plañir de enamorados jurando amor eterno; he visto a los amantes abrazarse y gemir de placer; he sentido la caricia de manos temblorosas jugando con mis rugosidades; el aire siempre me envuelve con aroma de eucaliptos; el sol, ese juguetón empedernido, siempre me baña por las mañanas con su calor suave; en las tardes de verano la sombra de los árboles me brinda su frescura y siento el placer inmenso de contemplar un atardecer con nubes rojas, verdes y amarillas; el sol poniéndose en el horizonte y las primeras sombras de la noche poblando con olor de madreselvas un ambiente embriagador que me adormece; siempre escucho el canto de los pájaros y veo su colorido plumaje reflejarse en el riacho, luego los veo esconderse entre las ramas de los árboles buscando a su pareja; por las mañanas de primavera veo los campos cercanos llenos de plantas y flores que rebozan vida y color; cuando el sol hace brillar las alas de las mariposas y la música lejana de un canto de pastores llena el aire con maravillosas cadencias, siento que la naturaleza es hermosa y aunque yo no me mueva, vibro contemplando y todo mi ser se llena de vida y del placer de observar, admirar y meditar...

   "La flor moribunda alcanzó a balbucear con tristeza: -¿Cómo yo no sentí todo eso?- -Te faltó tiempo, quietud y silencio-, dijo la piedra milenaria".